La economía, ¿una ciencia idiota?

Julien Canavera
Profesor de Filosofía /El Salto

El sueño de los economistas neoclásicos es convertir su disciplina en una «ciencia económica pura». Pero semejante proyecto, que conlleva un rechazo de las demás ciencias sociales, tiende a naturalizar el mercado y a sustraer la «cuestión» económica a la esfera política.

A la pregunta que le plantea Judith Bernard, con motivo de la publicación de su Capitalismo, deseo y servidumbre, de saber si la economía tiene necesidad de filosofar, y especialmente, de hacerlo en compañía de Spinoza, la respuesta de Frédéric Lordon es contundente: «Los economistas ignoran a Spinoza tanto como a la filosofía en general y, para ir aún más lejos, tanto cuanto ignoran y desprecian a las demás ciencias sociales». Según Lordon, el sueño apenas disimulado de los economistas pertenecientes a la ortodoxia neoclásica no es sino el de convertir su disciplina en una «ciencia económica pura» capaz de decir la verdad toda de los hechos económicos. Henos aquí con una ambición tenaz de la que no hace mucho se hacía aún eco el libro de Guy Sorman (para quien, como bien reza el título homónimo de su obra, la economía no miente), y que desde finales de los años 60 quedó ya plasmada en el premio Nobel —o, mejor dicho, el premio del Banco de Suecia en memoria a Alfred Nobel— que los economistas neoclásicos «se fabricaron» con el fin último de difundir la idea de que ellos «son científicos tan valiosos y serios como lo son aquellos que han sido galardonados por sus descubrimientos en física, química o medicina» (Bernard Guerrien).

La economía y su «deseo de “ser ciencia”»

Pero, ¿a qué se debe semejante «deseo de “ser ciencia”» (Lordon)? Gran parte de los economistas, que a principios del s. XX eran ingenieros de formación, se vieron forzados, como consecuencia de la crisis de 1930, a operar una «reterritorialización» académica y profesional, pues cada vez les era más difícil desarrollar su carrera científica en su campo de origen. Así es como afloró y se fue consolidando una «tradición de ingenieros-economistas» cuyo primer balbuceo, empero, se remonta a Léon Walras, al que se considera con frecuencia como el padre fundador de la economía matemática (corriente de pensamiento económico con la que la teoría neoclásica mantiene fuertes vínculos). Así pues, para Lordon, no es sino esta «cultura científica» —de la que están fuertemente imbuidos— la que permite explicar en buena parte la reticencia de los economistas ante la asimilación de su disciplina a las demás ciencias sociales (historia, sociología, psicología, antropología, etc.). Frente a unas ciencias consideradas demasiado «literaturizantes», los economistas ortodoxos no tienen otra ambición que la de convertir su disciplina en «la ciencia más dura de las ciencias blandas»; vale decir: en una «suerte de física de los mercados» (Lordon), de la que, a cambio, cabría esperar predicciones experimentalmente contrastables. Esperanza comprensible pero sin embargo ilusoria por cuanto la economía, al ser incapaz de domar la incertidumbre, y al acusar asimismo, como es el caso de la ortodoxia neoclásica, una «fragilidad epistemológica» de la que da muestra «la facilidad con la que usa y abusa del “como si”» (Robert Boyer), se limita la mayoría de las veces a «[explicarnos] magistralmente al día siguiente por qué se ha equivocado la noche anterior» (como gustaba de recalcar Bernard Maris citando a Kenneth Boulding).

Pese a los impedimentos epistemológicos que derivan de la naturaleza misma de su objeto de estudio (el mundo social-humano), y que traban de entrada su realización, queda patente que semejante proyecto de convertir la economía en una disciplina «genuinamente científica» o, dicho con otras palabras, que tal intento por llevar a cabo una «revolución galileana» en el campo de la economía no se entiende sin traer a colación la auténtica fascinación que ejerció la ciencia física sobre los economistas, empezando por la figura inaugural de la economía matemática, el ya mencionado Walras, cuyo sueño era elaborar nada menos que una «física social». Al respecto resulta de interés señalar cuánto su concepto de equilibrio económico en uno o varios mercados toma prestadas formulaciones e imágenes que pertenecen a la mecánica clásica. Tal admiración por la física se debe, no sólo a sus logros teóricos, sino también a sus aplicaciones técnicas como las máquinas (autómatas, relojes, etc.) por cuanto «fomentan una concepción determinista en un mundo ordenado y autorregulado» (Maris). No es, pues, de extrañar que Walras haya concebido el mercado a imagen de la canica que siempre acaba volviendo al fondo del bol, es decir, como un «sistema natural» capaz de autorregularse y alcanzar el equilibrio mediante unas «leyes inmanentes» matemáticamente formalizables.

Tal intento por llevar a cabo una «revolución galileana» en el campo de la economía no se entiende sin traer a colación la auténtica fascinación que ejerció la ciencia física sobre los economistas.

Bajo el dominio de una teoría neoclásica en buena parte heredera del «esquema walrasiano», y cada vez más adherida a los «estándares anglosajones de cientificidad indexada sobre la intensidad matemática», la economía ha llegado —dice Lordon— a postular una alternativa tan intransigente como ruinosa en lo que al análisis y a la explicación de los fenómenos económicos respecta: no habría más elección que entre «la ciencia suprema» y «las tinieblas de la no-ciencia», esto es, entre la economía matemática y la práctica literaria e histórica de esta disciplina. Si bien no cabe duda de que las formalizaciones matemáticas resultan ser de suma importancia para aclaraciones intelectuales, resta que no se puede aspirar a convertirlas en el único marcador epistemológico sin desentenderse al mismo tiempo de la complejidad propia de los hechos social-humanos. A pesar de dichas advertencias, la economía ha sucumbido a la «tentación por la ciencia matematizada», lo que la ha llevado a renunciar —cuando no «reprimir»— a todo lo que, en la aproximación a los hechos económicos, tuviese algo que ver con (el peso de) las determinaciones históricas y sociales. Así resume Lordon la situación: la economía «[tomó] a la física por referente en el mismo momento en que procedía a la forclusión [represión] de la historia y de su idiografía», convirtiéndose de este modo en el lugar de una hipertrofia matemática de tal magnitud que los hechos económicos terminaron desdibujándose ante la avalancha de ecuaciones y modelizaciones.
La economía más allá de (ciertas) matemáticas

Lordon, entre otros (Boyer, Maris, Guerrien, etc.), arremete, pues, contra cierto uso de las matemáticas en el campo de los estudios económicos, a saber: contra aquel que ha sucumbido al canto de las sirenas de la «autorreferencialidad» y la «endogénesis» y ello hasta el punto de llevar la matemática a prescindir lisa y llanamente de cualquier referente real y, en consecuencia, a producir sus propios problemas, pues ya es cosa sobradamente sabida, subraya Lordon, que «el pensamiento puramente matemático […] no precisa de ningún referente real para desplegar al infinito la exploración de las idealidades y la carrera a la generalización». Así es como la ortodoxia neoclásica ha venido convirtiendo —o, al menos, ha intentado convertir— la teoría económica en un «sistema formal» capaz —en base a un número restringido de axiomas (en realidad, unos meros «como si») y a una sintaxis (definida por las reglas de la inferencia lógica y el cálculo analítico)—, de elevar simples enunciados económicos al rango de «teoremas». He aquí la consecuencia de esa hipertrofia «matematicista»: lo que Lordon describe como una «fagocitosis» de la economía por su instrumento y cuyo nombre es la «axiomatización». De mero instrumento al que recurría el economista para llevar a cabo formalizaciones potencialmente esclarecedoras, las matemáticas, por su sobreabundancia, han pasado a ser una cortina de humo que solapa mal que bien «la indigencia de los enunciados económicos subyacentes y la fragilidad de su certeza». En esas condiciones, existen razones suficientes para sospechar que, bajo esa «ideología del cálculo» —que funciona como «un instrumento de terror, un procedimiento de exclusión del populacho» (Maris)—, se esconde en realidad un intento por ocultar «la fragilidad del vínculo que une a la teoría [neoclásica] con su dominio empírico» (Lordon). Estrategia de camuflaje que traiciona, pues, el sinsentido de la axiomatización, de los razonamientos regidos por el más que temerario «en igualdad de todos los demás factores»; en suma: el absurdo que caracteriza a la aprehensión de un fenómeno económico con independencia de cualquier otra manifestación humana (social, histórica, etc.).

El pensamiento económico —que, bajo el influjo de la teoría neoclásica, ha dejado de ser político para volverse matemático— reprime las determinaciones sociales e históricas.

En resumidas cuentas, el pensamiento económico —que, bajo el influjo de la teoría neoclásica, ha dejado de ser político para volverse matemático— reprime las determinaciones sociales e históricas. Pero lo reprimido, como bien enseñó Freud, no deja nunca de retornar. Y en este caso retorna evidenciando, pese a los intentos de ocultación, unos «rendimientos [explicativos] de una preocupante mediocridad» (Lordon). Así, para tomar prestadas palabras de Deleuze y Guattari, convendría advertir in fine que cualquier enunciado, ya sea económico o de otra índole, siempre «remite […] a unos problemas sin los cuales carecería de sentido», y que, por lo tanto, siempre tiene «la parte y el género de verdad que merece» en función de los problemas planteados, esto es, del «sentido producido». Sentado esto, cuando la teoría neoclásica decide abordar la economía independientemente de la historia, la antropología o la sociología haciendo creer que la matemática y la axiomatización constituyen «el molde explicativo en el que debe fundirse la complejidad social» (Maris), ¿qué hace si no es incurrir potencialmente en problemas mal planteados? Cuando no en «falsos problemas» (Bergson), de donde procede a su vez un tipo peculiar de verdad, esa «criatura bonachona que concede incesantemente a todos los poderes establecidos la seguridad de que no causará nunca la menor incomodidad a nadie, ya que después de todo no es más que ciencia pura» (Nietzsche).

Ante la matematización desenfrenada que acusa hoy en día la economía, no sería sin embargo menos erróneo —subraya Lordon— prescindir sin más del poder esclarecedor de la formalización ahí donde la práctica literaria e histórica de la economía tropieza con límites infranqueables. Haciendo hincapié en la capacidad paramétrica de las formalizaciones, es decir, en su capacidad para establecer inequívocamente las condiciones de validez de un resultado dado, Lordon muestra por ejemplo cómo los desarrollos contemporáneos de la teoría del equilibrio general no dejan de ser valiosos pese a que su contribución positiva al estudio de las economías de mercado sea escasa cuando no nula, pues demuestran negativamente la imposibilidad real para el mercado de alcanzar el equilibrio al evidenciar la larga lista de condiciones harto restrictivas que para ello hace falta cumplir: «economía sin moneda, no crecimiento de los rendimientos, ausencia de efectos externos, competencia perfecta, existencia de un sistema de mercados completos…». Por ello, concluye Lordon en tono irónico: «lo que la heurística de la mano invisible y el entusiasmo literario de Adam Smith habían hecho, han sido las matemáticas quienes lo han deshecho». De lo que se trata entonces es de determinar cuál es el «buen uso» de las matemáticas, sus virtudes tanto como sus límites. «Lo que se encuentra aquí en entredicho no es, por tanto, la matemática en economía sino cierto uso de la matemática en economía». Pero también de comprender que la matematización a ultranza de la economía no es sino el correlato del viejo paradigma walrasiano del mercado autorregulador y capaz de equilibrio. Ahora bien, debemos a Albert O. Hirschman haber mostrado hasta qué punto la naturalización del mercado permite sustraer la «cuestión económica» a la esfera de la política y obtener por consiguiente la resignación de quienes ven en la economía una suerte de fatalidad, pues se les ha hecho olvidar que ésta procedía de la política (Maris), que era indisociable, como dice un Lordon fiel a la teoría de la regulación, de un constructivismo institucional, el cual procura regular el mercado confiriéndole una estabilidad (siempre relativa) que, a consecuencia de las fuerzas antagónicas que lo atraviesan, «es por sí solo incapaz de engendrar» (Benjamin Coriat).

Para que la ciencia económica no permanezca atrapada en la estéril «concatenación de tautologías formales» y deje de esconder bajo esa jerga matematicista ideologías simplistas (como el «darwinismo social»), es preciso rellenar la teoría con algo de «“materia” económica» (una «materia» fundamentalmente «histórica y social», recalca Lordon), y restaurar asimismo los derechos de una economía política ahí donde los neoclásicos sólo pretenden ver ciencia pura. Y lo que nos enseña semejante aproximación científica pero exenta de cientificismo a dicha «materia» social e histórica es que la economía tan sólo puede acceder a una forma más modesta de generalidad, a saber: la de «una nomología local y contingente» o «conjunto de “leyes” históricamente situadas y perecederas que se corresponden con una secuencia particular de la dinámica del capitalismo».

Fuente: El Salto