Trump vs Xi

León Bendesky
A mediados de 2018 el gobierno de Estados Unidos impuso tarifas a una serie de productos chinos equivalentes a 250 mil millones de dólares (mmdd). China amagó, a su vez, con tarifas del orden de 110 mil millones. Esta es la base para que se hable de una “guerra comercial” de grandes consecuencias.

Las tarifas han incrementado los costos para las empresas y los consumidores estadunidenses, y han provocado fluctuaciones en los mercados de capitales. Para China representa una carga adicional en un entorno de desaceleración del crecimiento de su economía.

La teoría propone que el libre comercio sustentado en la especialización acrecienta el bienestar en una economía. También señala que las ganancias del comercio pueden derivar en una muy desigual distribución, con grandes ganadores y perdedores.

Estos argumentos aparecen en las críticas que hoy se producen de las consecuencias del proceso de la globalización desde la década de 1980. Son, también, un elemento clave del proteccionismo que se promueve como parte de lema Make America great again.

Una justificación para imponer las tarifas es que abaratan los productos hechos en Estados Unidos en relación con los importados, así los consumidores preferirían comprar productos locales y se atraería mayor inversión. Además, se pretende contener la desleal transferencia de tecnología a China y salvaguardar la propiedad intelectual.

Los ajustes que se quieren conseguir se basan en el comportamiento de la oferta y la demanda en los mercados, aunque no ocurren de manera inmediata. A esto hay que agregar los efectos de las represalias de la contraparte.

Los datos oficiales del gobierno estadunidense indican que en 2018 el comercio total de bienes y servicios con China tuvo un valor de 737 mmdd (60 por ciento del PIB de México en ese año); las exportaciones fueron por 180 mmdd y las importaciones por 558 mmdd. Es sobre el déficit de 378 mmdd que está enfocada la disputa comercial.

China no fue el único objetivo de las tarifas, aunque sí es el caso más significativo. Éstas se impusieron sobre las importaciones de acero y aluminio provenientes de la Unión Europea, México y Canadá.

La amenaza es imponer a China tarifas por un total de 325 mmdd. La política del gobierno de Trump se esbozó desde su campaña por la presidencia para reforzar la economía, pero ésta tiene, necesariamente, que ponerse en el marco de la confrontación de poder entre ambos países, misma que se advierte como una pugna creciente.

La estrategia china en el orden geopolítico es muy proactiva, con relaciones y alianzas con otros países. Un caso que lo ilustra es el enorme y ambicioso proyecto para financiar infraestructuras a lo largo de la extensa “Nueva ruta de la seda”.

El poderío chino es parte relevante de la reacción que se impulsa desde Washington. La guerra comercial es una expresión de la creciente competencia que no se limita al comercio e incluye los movimientos de capitales y los desarrollos tecnológicos. Una muestra es la disputa en torno a la compañía Huawei y su predominancia en el desarrollo de la tecnología G5 y a la que se atribuye ser instrumento de espionaje del gobierno chino.

No se ha conseguido establecer un nuevo acuerdo comercial entre los dos países y hace unos días el gobierno estadunidense elevó las tarifas sobre un total de 200 mmdd de productos chinos e incluso señaló que se podrían imponer sobre prácticamente todo el comercio con ese país. Este es un dilema que el líder Xi tendrá que resolver. El impacto del alza de sus tarifas es menor, pues China importa mucho menos de Estados Unidos. La situación se asemeja a un “juego de la gallina”.

El episodio de confrontación comercial exhibe uno de los rasgos típicos de la manera de negociar de Trump. Suele subir la intensidad del conflicto para luego desinflarlo y cambiar las expectativas de los participantes, sean éstos directos o indirectos.

Se ha comentado que las posibles repercusiones adversas de esta pugna no han ocasionado un descalabro mayor en las bolsas de valores debido a que esas expectativas se acomodan y evitan fluctuaciones de grandes proporciones.

Puede ser. Mientras tanto, el gobierno recibe mucho dinero por concepto de los aranceles que se han impuesto. Sin embargo, ante la incertidumbre que existe del desenlace del conflicto podría haber efectos más notorios en la medida en que el acomodo de los productores, los consumidores, los mercados financieros, los trabajadores y otros actores se alteren. Los agricultores que exportan soya del medio oeste, por ejemplo, serán perjudicados y se ha ofrecido que se elevarán los subsidios que reciben.

El impacto de todo esto no se restringe a los dos países protagonistas, y esta es una cuestión que no debe perderse de vista en México.

La Jornada

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