El poste, la mariposa y el barquito

Mario Roberto Morales

Miles de listillos y millones de sabelotodo han intentado en su momento definir la poesía, el amor, la fe y otros conceptos abstractos, pretendiendo alcanzar para éstos definiciones “universales”. No caen en la cuenta de que el concepto de universalidad se reduce, en Occidente, a desarrollar criterios europeos acuñados sobre todo a partir del movimiento cultural francés llamado Ilustración, ocurrido en el siglo XVIII. En otras palabras, quien pretenda definir grandes abstracciones necesita hacerlo con criterio histórico, pues no es lo mismo la poesía, el amor y la fe en la China del siglo III que en la Cuba o la Guatemala del siglo XXI, y esto, ciñéndonos sólo a la occidental era cristiana.

En Amor se escribe sin hache, el novelista humorístico español Enrique Jardiel Poncela –a quien releo ahora después de muchos años– afirma que “definir el humorismo es como pretender clavar por el ala una mariposa, utilizando de aguijón un poste del telégrafo”. Esta novela fue hecha en 1928, cuando Asturias escribía Leyendas de Guatemala y en París hervían las vanguardias. Escapando a la condición de sabelotodo, Jardiel nos ofrece aquí una contradefinición, pues al expresar la imposibilidad de disecar un concepto tan frondoso como el de humorismo, lo no-define mediante una metáfora desaforada. Bastante surreal, por cierto, como era la moda. Pues un poste de telégrafo clavando por el ala a una mariposa, no le envidia nada al barquito de vela pintado en el muro de la prisión en el que escapa de ella un personaje de las leyendas de Asturias.

Siguiendo la misma no-lógica, Jardiel nos ofrece también una contradefinición del amor cuando hace decir a un personaje: “Siempre creí que el amor era un producto fruto de una elaboración, igual que la seda, y que va creciendo lentamente a semejanza de la úlcera de estómago”. Si la metáfora del humorismo es desaforada, el símil del amor es de una corrosividad de ácido de batería. Lo cual de seguro le caerá mal a más de un sabelotodo de esos que creen en la tolerancia, el amor y el odio “universales”. Quizá para esos especímenes, Jardiel hace decir a su entrañable personaje Zambombo (Zamb, de cariño) lo siguiente: “Es que si todo el mundo fuera original, no sería original nadie”. O sea, nada puede ser absoluto sino la diversidad de lo relativo.

Lo mismo pasa con la tonta apelación a la bondad de todos para superar los males del mundo. Pues lo único cierto es que todos somos de todo a la vez. Y apelar a que sin excepción nos volvamos buenos, es tan ridículo como endilgarle maldad sólo al enemigo. Al hacer esto nos situamos ante el poste de telégrafo y la mariposa, y ante el barquito en la pared. Es decir, ante la imposibilidad que sólo es no-definible mediante la ironía, la sátira y el surreal humor desaforado.

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