Poemas críticos

Christian Estuardo Echeverría
UN LÚCIDO MEDIOCRE

Pido de esta noche calurosa la palabra
y le arranco un pedazo de silencio.
Soy psicólogo y poeta.
En esto consiste mi trabajo:
Un tipo me paga por hacerle preguntas
que él mismo no se quiere hacer.
Malvivo de la cobardía ajena.
Soy un siervo más en el reino de la incertidumbre
cuando, en realidad, soy uno de los pocos elegidos que mira que sus reyes y sus nobles
andan entre plebe desnudos y cagados, y no vistiendo sedas, como cree el resto de mortales.
Llevo puestos, en mis órbitas, los ojos del viento,
pero mi voz es el chillido de un ratón en un palacio de reyes decadentes.
En eso consiste mi tragedia.
Ese es el mundo en el que vivo.
Pero gracias doy a un Dios inexistente,
con un vaso de vino tibio y barato entre mi mano, que me sube la presión, que me acorta la vida y no me alivia del calor,
que a todos nos hizo unos cobardes
que no se atreven a pensar, que no se atreven a sentir.
Que sustituyen el amor por la costumbre.
Que no saben caminar sin mapa (y aun con él).
Que se sienten alguien por amueblar un cuchitril cualquiera, concedido como migaja de los reyes,
pero que son incapaces de habitarse a sí mismos.
Gracias, Señor.
Porque el colonizador que nos dejaste a cada uno de nosotros en el interior de nuestra alma, le da sentido a mis preguntas.
Y porque si el cobarde que llega cada sábado a mi clínica fuera en sí mismo un territorio, y no un recurso prescindible,
no tendrían sentido sus respuestas.

Soy poeta y escribo poesía.
Un poema es un mapa del alma.
Pero sigo siendo un siervo más en el reino de la finitud.
Christian Estuardo Echeverría
Christian
marzo 20, 2019
MEMORIA

Hay un concierto de marimba que dura toda una noche.
La noche se alarga.
Sus teclas están podridas.
Los marimberos son buitres disfrazados con hermosas plumas de quetzal.
Las parejas de ancianos y de ancianos-jóvenes bailan sin música alguna.
Por orden de un general y con la bendición de un cura, que les cobran con la vida la entrada al salón.
Con el desprecio de la sangre azul.
Todos se ríen igual.
Y yo soy el niño que patea el pino del suelo, que los ve agonizar. Tienen prohibido dejar de bailar.
Hasta que mueran. Exhaustos. Benditos.
Yo soy el niño que patea el pino del suelo.
Eso es todo lo que necesito recordar.
Christian Estuardo Echeverría
Christian
EL PODER DE LA TERNURA

Soy la pregunta que te hila, que te teje, estando rota tú por dentro; fragmentada.
La pregunta, no la respuesta.
Soy la mano que te salpica la cara con el agua de tu río, que sentías seco.
Soy el lápiz nuevo, con buena punta y borrador limpio, y la libreta en blanco con olor a imprenta que te encuentras por ahí para que escribas el relato de tu vida y de tus muchas muertes.
Soy como tus mejillas, que atestiguan tus lágrimas en silencio, sin juicios. Y como tus oídos, que te escuchan sollozar, sin decir nada a nadie.
Soy el fósforo que necesitas para encender la vela de tu memoria y alumbrar tu noche.
Estoy rodeado de hombres que creen que son rocas y de mujeres que creen que son flores.
Ese es el mundo absurdo en el que vivo.
Pero soy psicólogo y mi clínica es un territorio liberado:
allí me pongo mi armadura.