El macho que agoniza (deconstrucción de un tango argentino)

Christian Estuardo Echeverría

Hoy escuchaba recitar a un viejo tanguero argentino.
Comenzaba sus versos con un “¡Pido permiso, señor!”.
Pero desde ese primer instante, y por la experiencia de mi vida,
supe que era mentira:
los machos nunca pedimos permiso.
Entonces yo, sin pedir permiso a nadie,
porque sé que no lo necesito,
esta noche tomo la palabra con otra intención.
Que este vino barato, a falta de tango,
que tomo cuando quiero y que relaja mi cerebro tensionado,
que suaviza el cuero de mi piel de buey por el que nada debe escapar ni dejarse ver,
sea mi voz y mi perfume.
Que la música que genera en mi cabeza a escondidas, solo, diga por qué escribo así.

¿Quién es este macho que muere en mí?
Es un niño asustado, colochito y canchito, que llora detrás de la puerta cuando su mamá se atrasa un poco y llega tarde del trabajo por la noche. Es un hombre que siente que, sin su buena mamá, nunca podrá sobrevivir. Por eso se hizo un obsesivo, un controlador. Con ríos de ansiedad en sus manos sudorosas. Con el afán de ser algo en la vida para evitar la nada que sentía detrás de esa puerta fría y de metal.

¿Cómo se siente este macho que muere en mí?
Fuego en la cara. Miradas de dudosa existencia sobre su plumaje de quetzalito en la caja registradora del Walmart, que lo juzgan por ser un pobretón si regresa un poco de comida. Y el vacío que sentía cuando tenía 15 años por nunca tener novia. Porque un macho, para vencer a la nada de la puerta, siempre tiene que tener dinero. Y siempre se tiene que coger a todas.
¿Y qué hace este macho que muere en mí cuando se siente temeroso, cuando se siente bien desprotegido?
Pues intenta que no se mire y se mete en su pupila, como en la caja registradora de todos los domingos. Y en eso es repetitivo y religioso, como el tanguero con su hombría y su tristeza. Como el tanguero con su música que le sale del barro. Pero él, en lugar de un bandoneón, se consigue una computadora taiwanesa con muchos libros digitales. Porque el conocimiento es para este canchito asustado detrás de una puerta en la Ciudad de Guatemala, lo mismo que el tango para un pibe pobre del Gran Buenos Aires: es la música en el silencio de un macho. Es la música en la vida de un débil.

¿Y qué carga este macho que muere en mí sobre su espalda?
Lo peor que puede cargar: un armatoste invisible ante sus propios ojos, y ante los ojos de casi todo semejante, pero que pesa igual. Soledad. Son kilotones de tensión explosiva amarrados por el cuero de su piel. Todos los días. Y que no puede soltar porque no sabe dónde están: le han arrebatado el mapa de su propio cuerpo. Son kilotones potentes como el bandoneón del tanguero. Es la presión de ganar un parqueo. La necesidad irrenunciable de acaparar el aplauso. Es la religión de hacer todo bien, de lunes a domingo, en broma y en serio: de escribir con perfecta sintaxis, de provocar al menos dos orgasmos por caída, de ganar con regates o con un gol en contra en la meta del rival, pero ganar como sea. Es hacer la pregunta perfecta que nadie olvide ni en su corazón ni en su cabeza en medio del infinito ruido de este mundo atribulado. Esa es la carga que llevo yo. Y esa es la carga que lleva el tanguero.
Pero ¿quién y qué le impone estas cargas a este macho que muere en mí?
Pues qué otra cosa sería si no la mano de Dios. La del gol a los ingleses. La que puso su falo gigante en la Tierra y que sus hijos e hijas llamaron “Obelisco del Gran Buenos Aires”. La que talla las procesiones de la Antigua Guatemala y pone color en sus alfombras de aserrín. La que nos viste de cucuruchos todos los veranos mientras otros pueblos del mundo se desnudan en sus playas. La que juramenta presidentes en su primer día de odio y de saqueo. La que convierte a soldados rasos en generales, en Juntitas de Gobierno, en pactos de corruptos. La que te pone como “cabeza de familia” en la cabecera de la mesa, aunque tengas ocho años y tu hermana dieciséis. La que viola monaguillos y mujeres. La que cobra diezmos masivos y lava dinero de los capos. La que inicia el preámbulo de todas las constituciones democráticas de bien. La que pone a niños lustradores de la calle como ejemplo de “honradez” y “emprendimiento”. La que dicta la pena de muerte sobre el delincuente pobre y muestra su perdón al rico. La que defiende la semilla del violador en los cuerpos de las niñas.
Porque Dios es macho, como el tango. “Tiene olor a vida” y “tiene gusto a muerte”, como recita el tanguero. Porque Dios nunca se queja. Porque Dios es fuerte y es un gran patriota. Porque Dios todo lo sabe y Dios todo lo puede. Porque Dios siempre perdona y siempre pone la otra mejilla, como el pobre. Porque solo Él es la verdad, el camino y la vida. Y por eso, el tanguero argentino y yo, queremos ser igual que Él. Especialmente cuando tenemos frío y cuando estamos solos, detrás de una puerta en Guatemala o en un “patio pobre” de Argentina. Cuando tenemos sed de todo y cuando tenemos miedo: el tanguero entonces recita sus versos, cogiendo el bandoneón, y conquista al mundo, antes de que el mundo lo conquiste a él, y conquista (el cuerpo y) el corazón de la mujer, y yo hago lo mismo desplegando mi cerebro y mis poemas. Entonces nos volvemos como Dios en su lucha contra el mal: incendiamos el mundo con nuestro fuego vengativo, con todo y sus hijas. Nunca pedimos permiso.

¿Y cómo se relaciona este macho que muere en mí con los que ama?
Y de qué otra forma puede ser, si no es buscando a la rosa más sumisa para quitarla de su tierra, ponerla muerta en sus poemas y ponerse luego a seducir con ellos.

¿Es este macho un poco libre?
Pues juzgue usted: aún no termina de entender que no necesita escribir un poema después del amor hacer.

¿Y logra sentirse seguro en esta vida sin necesidad de conquistar el mundo?
Le cuesta. Es como el macho tanguero que siempre habla de tangos, pero que no entiende de pausas, pero que no entiende de ritmos, pero que no entiende de cambios.

(Inspirado en “Por qué canto así”, tango de Celedonio Flores)

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