Los fallos del neoliberalismo van más allá de la política

Mike Konczal

La editorial Vox publicó una excelente discusión con el economista Brad Delong donde argumenta por qué los neoliberales alineados a la izquierda (que “usan el mercado para fines democrático-sociales cuando éste es más efectivo, y a menudo lo es”) deberían sentirse cómodos “con el hecho de que la batuta haya pasado a nuestros colegas de izquierda. Todavía estamos aquí, pero no es el momento para que lideremos”.

Delong se centra en el aspecto político de este cambio, señalando que no hay ningún punto de encuentro entre la derecha conservadora y los neoliberales de izquierda en el que pudieran tratar de negociar políticas basadas en el mercado. “Barack Obama se incorpora al gobierno con la política de salud de Mitt Romney, con la política climática de John McCain, con la política fiscal de Bill Clinton y con la política exterior de George H.W. Bush” y, sin embargo, los conservadores no le dan crédito, le llaman socialista y atacan cada una de estas ideas tanto como lo harían con políticas más de extrema izquierda.

Me sitúo justo en medio de esta transición, en un espacio en el que hay personas mayores, que tienen ideales igualitarios, pero cuyos instintos fueron moldeados por esta era neoliberal, y también personas más jóvenes, cuyos instintos son moldeados por la crisis financiera, el estancamiento secular y la creciente precariedad. También he llevado un rifle en esta batalla, intentando mover el partido a la izquierda, y está sucediendo. Pero este movimiento está ocurriendo en gran parte porque la historia que los neoliberales de izquierdas nos contaron sobre la economía misma, no solo su política, se ha derrumbado.

Aquí hay dos afirmaciones sobre las compensaciones aceptables de la economía de mercado que asocio con el neoliberalismo de izquierda, las cuales no han podido describir la economía tal como es actualmente. La primera es que las políticas neoliberales crearían más crecimiento. Claro, la desigualdad podría aumentar, pero también lo harían los salarios; e incluso si éstos no crecen, la movilidad sube y baja en la escala de ingresos. Delong lo expresa así: “El crecimiento económico primero, la redistribución y la red de seguridad después”.

La segunda idea es que, si terminamos con la injerencia del gobierno en las empresas, el mercado se volverá más dinámico, competitivo e innovador. Claro, puede haber cierto nivel de ganancias y comportamiento cuestionable en el corto plazo, pero el propio mercado lo arreglaría, de modo que a largo plazo el sector corporativo se viera mucho más saludable en términos de ganancias y dinamismo.

Quiero fundamentarlo de esta manera, en dos declaraciones intelectuales sobre las compensaciones de un régimen de políticas, para ayudar a comprender por qué se derrumbó la confianza que el neoliberalismo de izquierdas mostró alguna vez sobre los supuestos básicos de la economía. Una razón es fundamentarla en un conjunto específico de ideas. El neoliberalismo es una palabra engañosa, que a veces significa un centrismo triangular, o un proyecto político para “encapsular” el mercado contra los desafíos democráticos, o simplemente la euforia asociada al pensamiento mercantilizado. Aquí, podemos discutir dos cosas que la gente creía, ideas que motivaron todo un aparato político, que ya no son convincentes. Otra posibilidad es mostrar que esto no es (solo) una cuestión de que los trabajadores tengan salarios bajos, o que el comercio haya tenido más obstáculos de los que se concebían anteriormente, o que esta u otra cosa sean malas. Esto es una cuestión de ideas: las ideas han fallado y necesitamos otras nuevas.

Los fallos económicos del neoliberalismo de izquierdas

Vamos a investigar un poco. La primera compensación es que la economía se volvería más desigual bajo la política neoliberal, pero que las políticas neoliberales también conducirían a un aumento del crecimiento del PIB. Esto, a su vez, también conduciría a un mayor crecimiento salarial, mayor movilidad y mayor dinamismo económico. Esa era la teoría. La desigualdad realmente creció en este período de tiempo, primero en el lado de los ingresos en el mercado laboral y después en las rentas del capital.

Los efectos positivos de una mayor desigualdad nunca tuvieron lugar. A partir de 1980, la tasa de crecimiento de la economía se desaceleró. Mientras que la economía creció a un 3,9 por ciento al año desde 1950 a 1980, desde 1980 solo ha crecido a una tasa de 2,6 por ciento. El crecimiento salarial también se desaceleró, divergiendo del crecimiento económico general y del crecimiento de la productividad.

Las cifras de movilidad, sin embargo, son más reveladoras. La tasa de aumento de la movilidad relativa —la tasa a la que las personas subirían y bajarían en la escala económica— mengua en comparación con los aumentos observados a mediados del siglo. Lo que es peor, la movilidad de ingresos absoluta, que alguien esté mejor que sus padres, también se ha reducido. Según una investigación dirigida por el economista Raj Chetty, el 90 por ciento de los niños nacidos en 1940 ganaría más que sus padres. Esto solo se aplica al 50 por ciento de los niños nacidos en la década de 1980. Incluso si aumentara la tasa de crecimiento del PIB a tasas más rápidas de mediados del siglo, esto no restablecería la movilidad absoluta. En su lugar, encuentran que podría restaurar más del 70 por ciento del descenso al cambiar la distribución del crecimiento a lo largo de la distribución del ingreso para que coincida con la de mediados del siglo. La compensación negativa entre el crecimiento y la redistribución nunca se encontró en los datos. Una investigación reciente realizada por el Fondo Monetario Internacional revela que esta compensación no existe en la práctica; en todo caso, la relación es la opuesta.

En cambio, estamos viendo un resurgimiento de los argumentos estructurales de que los salarios están cada vez más determinados por estructuras institucionales en lugar de medidas individuales. La sindicalización impulsó el crecimiento salarial de mediados de siglo, especialmente para la población negra. Las tasas impositivas más altas comprimieron la distribución de los salarios a la que apuntaba el mercado. Las ideas sobre la medida del “capital humano” individual de los salarios, donde las personas venden su trabajo en un mar indiscriminado de negocios, se debilitan en presencia de las llamadas “superfirmas”. El ciclo económico ha vuelto a aparecer como una característica central de la lucha económica. Gran parte de esta confianza del neoliberalismo de izquierdas, en mi lectura, surgió de la idea de que las recesiones severas y prolongadas eran cosa del pasado. Y el uso de incentivos del mercado para tratar de proporcionar seguridad social y bienes en esferas clave de la vida es deficiente a la hora de cambiar los ingresos, además de ser políticamente débil.

La segunda fue también la sensación de que si el gobierno se despojara de los negocios, innovarían y crecerían para salir de los problemas sociales. La relajación de la aplicación de la ley antimonopolio llevaría a una mayor competencia e innovación, como se dijo. Los sindicatos ya no se interpondrían en el camino de las empresas. Un sector financiero desatado financiaría y lideraría a toda la empresa. La idea de poder de mercado, o concentración, fue vista como un concepto ridículo en la órbita de otras ideas como el supuesto poder disciplinario de los mercados.

Vimos lo que pasó con el sector financiero. Pero hay dos cosas más amplias que sucedieron a su lado. Primero, a nivel de las empresas individuales, su dinamismo ha caído drásticamente. La tasa de nuevas empresas ha caído. A su vez, esto ha cambiado la curva de edad de las empresas, ya que las empresas de más de 11 años de edad representaban el 70 por ciento de los trabajadores en 2000, pero el 75 por ciento de los trabajadores en 2014. En las dos últimas décadas el dinamismo del mercado laboral también ha disminuido, así como la probabilidad de que los trabajadores dimitan o cambien de trabajo.

Pero lo más revelador es el efecto sobre la economía en general. La Q de Tobin es una medida de la equidad sobre el valor contable de una empresa. Si alguna vez supera el 1, significa que las empresas son demasiado rentables y deberían invertir más para reducirlo a 1. La Q de Tobin se ha duplicado a más de 1 y no muestra signos de desaceleración. En términos más generales, hay varias complejidades que, en conjunto, apuntan a un amplio poder del mercado en la economía. Como han resumido la economista Gauti Eggertsson y otros, ha habido un aumento sostenido en la tasa real de ganancia, una disminución en la tasa de interés, que se redujo aproximadamente a la mitad desde 1980, aun cuando el rendimiento promedio medido del capital es relativamente constante, y una ruptura de la conexión entre beneficios e inversiones. Otra forma de verlo: las ganancias corporativas siguen siendo altas, incluso cuando las tasas de interés reales han disminuido en las últimas décadas. El hecho de que las ganancias sigan siendo tan altas en términos nominales, incluso a medida que disminuyen las tasas de interés, ha llevado a los economistas a discutir una “participación en los beneficios” que ha aumentado a expensas de la participación tanto del capital como del trabajo. Todos estos factores juntos (altas tasas de ganancia y beneficios, bajas tasas de interés, inversiones débiles) apuntan a un importante problema de poder del mercado que afecta a la macroeconomía.

Dónde nos deja esto

Estas suposiciones de fondo han estado perdiendo fuerza desde la mitad del gobierno de Obama. Si alguna vez fue razonable creer en ellos es una buena pregunta, pero está al margen de la cuestión, ya que estas ideas ya no son capaces de convencer a los liberales, hasta el punto de que hacen oídos sordos a ideas alternativas. ¿Por qué presuponer siempre que los negocios y los mercados son los líderes en innovación y dinamismo si el sector corporativo parece un hinchado mecanismo de generación de rentas dominado por los accionistas? ¿Por qué suponer que los multimillonarios son una bendición para nuestra sociedad si la mayoría de las personas no están mejor que sus padres? ¿Por qué molestarse en apoyar este régimen económico si no puede demostrar que estas compensaciones han merecido la pena?

Tampoco hay muchas respuestas convincentes a la derecha. Una reacción es decir que nada ha cambiado, o que los últimos 40 años desde Reagan han supuesto más gobierno y socialismo en lugar de un giro hacia el neoliberalismo. No creo que la gente lo encuentre convincente. Otra opción es tratar de ubicar la disfunción en la política gubernamental afirmativa, y si solo conseguimos que el gobierno se salga del camino, progresaremos. Estos argumentos no son muy convincentes y, ciertamente, no están a la altura del desafío de describir o mitigar lo ocurrido. El conjunto de la gobernanza conservadora no hizo nada significativo para corregir estas ideas fallidas. El actual cambio a la izquierda habría ocurrido incluso sin Trump, aunque éste acelera la necesidad de un nuevo conjunto de ideas, porque lo que necesitamos ahora son ideas sobre todo un régimen económico.

Mike Konczal: es un ex ingeniero financiero, miembro del Instituto Roosevelt
Fuente: http://rooseveltinstitute.org/the-failures-of-neoliberalism-are-bigger-than-politics/
Traducción: Sergio Vega Jiménez

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