La historia, la economía y la ética

Manuel Pérez Rocha
Actuar sensatamente, construir racionalmente el futuro exige comprender el presente y juzgarlo de manera certera. Para ello debe servir la historia, acerca de la cual se ha iniciado en estos días un intenso debate.

Hoy, una realidad evidente es la dictadura universal del capital, que se manifiesta, de manera pública, en acciones de apariencia «técnica», pero de innegables implicaciones sociales y éticas (otorgamiento de créditos, definición de las tasas de interés, operaciones bursátiles, calificación de deuda, políticas salariales, políticas de inversión, por ejemplo). Esto no lo ignoran quienes dirigen al mundo, los funcionarios de los organismos financieros internacionales, de los grandes bancos, de las «calificadoras», los «capitanes de empresa» y no pocos gobernantes. Las eventuales objeciones de la ética las resuelven con argumentos técnicos, en los cuales no caben el deterioro del ambiente, la destrucción del planeta, la pobreza de la mayor parte de la población, las guerras y la violencia cotidiana; o las ignoran con un cinismo semejante al «para mí, moral es un árbol que da moras», como dijo muy orondo el cacique potosino.

Como legitimación de sus decisiones esgrimen incluso un argumento con máscara de ética: nuestra responsabilidad, dicen a coro, es aumentar la (nuestra) riqueza, la «mano invisible» se ocupará de que esto beneficie al mayor número. Para ello, afirman, competimos en un juego leal (fair play) legal, y por lo tanto justo. Las utilidades que se derivan de este juego están, así, plenamente legitimadas, no tiene por que haber problemas de conciencia, ni reconocer otra obligación que la de «crear esa riqueza».

Basta un poco de información histórica para constatar que ese juego leal (fair play) es un engaño y un autoengaño. Sin duda hay ejemplos de construcción de empresas productivas que con razón enorgullecen a sus creadores, hay incluso casos épicos de fundadores de «pymes»; pero este no es lo que acontece con el sistema como tal, y mucho menos de los formidables capitales financieros que hoy dominan al mundo. La idea del juego leal, de la libre y justa competencia y de la posterior acción magnánima de la «mano invisible» para repartir la riqueza es un cuento que, para creerlo, se hace necesario olvidar la historia.

Algunos historiadores contemporáneos reconocen como aportación de Marx la incorporación de la perspectiva «económica» en el análisis histórico; es necesario reconocerle otra aportación: una visión ética de la historia de la economía. Veamos lo que dice en El Capital:

“Hemos visto cómo se convierte el dinero en capital, cómo sale de éste la plusvalía y de la plusvalía más capital. Sin embargo, la acumulación de capital presupone la plusvalía; la plusvalía, [presupone] la producción capitalista, y ésta, la existencia en manos de los productores de mercancías de grandes masas de capital y fuerza de trabajo. Todo este proceso parece moverse dentro de un círculo vicioso, del que sólo podemos salir dando por supuesto una acumulación ‘originaria’ anterior a la acumulación capitalista (‘previous accumulation’, la denomina Adam Smith), una acumulación que no es fruto del régimen capitalista de producción, sino punto de partida de él. Esta acumulación originaria viene a desempeñar en la Economía política más o menos el mismo papel que desempeña en la teología el pecado original. Adán mordió la manzana y con ello el pecado se extendió a toda la humanidad. Los orígenes de la primitiva acumulación pretenden explicarse relatándolos como una anécdota del pasado. En tiempos muy remotos –se nos dice–, había, de una parte, una élite trabajadora, inteligente y sobre todo ahorrativa, y de la otra, un tropel de descamisados, haraganes, que derrochaban cuanto tenían y aún más. Es cierto que la leyenda del pecado original teológico nos dice cómo el hombre fue condenado a ganar el pan con el sudor de su rostro; pero la historia del pecado original económico nos revela por qué hay gente que no necesita sudar para comer. No importa. Así se explica que mientras los primeros acumulaban riqueza, los segundos acabaron por no tener ya nada que vender más que su pelleja. De este pecado original arrancan la pobreza de la gran masa que todavía hoy, a pesar de lo mucho que trabaja, no tiene nada que vender más que a sí misma; y la riqueza de los pocos, riqueza que no cesa de crecer, aunque ya haga muchísimo tiempo que sus propietarios han dejado de trabajar … (subrayado mío). Sabido es que en la historia real desempeñan un gran papel la conquista, la esclavitud, el robo y el asesinato, la violencia, en una palabra. Pero en la dulce Economía política ha reinado siempre el idilio. Las únicas fuentes de riqueza [para ella] han sido desde el primer momento el derecho y el ‘trabajo’ (…). En la realidad, los métodos de la acumulación originaria fueron cualquier cosa menos idílicos”.

Las decisiones «técnicas» tienen implicaciones sociales y éticas. Los logros en los negocios, en la contienda comercial, no pueden legitimarse sin más, ni equipararse con «méritos». Es tramposo «olvidar» la historia. Ese «hoy» del que habla Marx (1867), es también el hoy de 2019. Recordar la historia no tiene sentido para reabrir heridas, pero es indispensable para entender la realidad actual y para juzgar con criterio ético las decisiones «económicas». El llamado del gobierno a hacer un uso ético de la riqueza, que vaya más allá del mero cumplimiento de la ley, es pues un acto político legítimo.

flaque038@gmail.com

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