Contra los/as paladines de la disciplina

Por Marco Fonseca

Quienes nos hemos entrenado en el quehacer teórico social a partir de los principios teóricos del materialismo histórico, y quienes así lo hemos venido enseñado desde hace décadas, desconocemos, en principio, tal cosa disciplinaria como “el oficio del sociólogo” o “el oficio del historiador”. Bien podemos estar trabajando en departamentos, escuelas o facultades donde tales divisiones sirven para justificar posiciones de poder, discurso de “expertos”, empleos vitalicios y altos salarios. Pero eso no tiene nada que ver con el mundo de lo real.

Creemos que esas divisiones pedantescas y disciplinas artificiales son imposiciones que tienen propósitos ideológicos, discursivos y hegemónicos. El quehacer del/la conocedor/a social sistemático a través del tiempo o del espacio (o su combinación) es más profundo, crítico y práctico. En contra de los/as disciplinarios/as filosóficamente ignorantes, Thompson despliega un saber alternativo, orgánico y más filudo:

“El problema es cómo [un individuo, una institución, una clase social, etc.] llegó a desempeñar este papel social, y cómo llegó a existir esa organización social determinada, con sus derechos de propiedad y su estructura de autoridad. Y estos son problemas históricos. Si detenemos la historia en un punto determinado, entonces no hay clases sino simplemente una multitud de individuos con una multitud de experiencias. Pero si observamos a esos hombres [sic] a lo largo de un período suficiente de cambio social, observamos pautas en sus relaciones, sus ideas y sus instituciones. La clase la definen los hombres [sic] mientras viven su propia historia y, al fin y al cabo, esta es su única definición.”

En el quehacer sistemático del entendimiento e interpretación de lo social, no hay prioridad más esencial que el compromiso con principios que trascienden el fetichismo de lo metodológico. En esto también sigo a Thompson:

“Trato de rescatar al pobre tejedor de medias, al tundidor ludita, al “obsoleto” tejedor de telar manual, al artesano “utópico” e incluso al iluso seguidor de Joanna Southcott, de la enorme prepotencia de la posteridad.”

La “historia desde abajo” no se ajusta, pues, a los métodos y disciplinas del positivismo histórico (en cualquiera de sus formas o encarnaciones) impuestos desde instituciones vinculadas al poder de los de arriba. Grandes pensadores como Pierre Vilar (Iniciación al vocabulario del análisis histórico) e influyentes pensadores latinoamericanos como Ciro Cardoso (ver incluso su manual Introducción al Trabajo de la Investigación Histórica), sin olvidar la contribución de nuestro propio maestro Edeliberto Cifuentes Medina (La aventura de investigar), nos han venido educando, desde los años 70 y 80, e incluso más recientemente, en torno a lo complicado de la investigación social en forma histórica y, al revés, de la investigación histórica en forma social. Visto desde abajo, pues, la vida es el método y el método es la vida misma o, en palabras de Hegel y muy bien digeridas por Marx, el “movimiento de la real.”

Mucha gente, lamentablemente, no ha aprendido las lecciones.