Mayo Fuster: “La economía colaborativa del procomún puede abrir un horizonte de democracia económica”

Genoveva López
@genolomo / El salto

Mayo Fuster Morell es investigadora social y una de las advisors del proyecto P2P Models, un proyecto de investigación que combina la investigación social y las tecnologías libres para fomentar la justicia social y económica. Conocida en el mundo académico por sus amplios estudios sobre la economía colaborativa, los movimientos sociales, las comunidades online y los comunes digitales, hemos aprovechado su cercanía para entrevistarle sobre comunes digitales, blockchain y economía colaborativa. Todo ello con un enfoque de género.

¿Qué es la economía colaborativa?
La economía colaborativa es un tipo de economía de plataforma con características colaborativas. La economía de plataforma es la producción que generan comunidades de personas distribuidas mediadas por una plataforma digital, que haya una plataforma digital es el elemento central para que se pueda considerar economía de plataforma.

Otro elemento interesante es la distribución. Para que sea economía de plataforma distribuida se tienen que dar tres elementos. El primero que haya una gobernanza democrática y compartida y un modelo económico que responda a esa gobernanza. Segundo que haya una política tecnológica y de datos que cumpla principios de transparencia y acceso a los mismos y tercera que haya una actuación de responsabilidad social respecto de los impactos que generan, es decir, que sea inclusivo y que cumpla criterios de sostenibilidad medioambiental. Por ejemplo, en el caso de impacto en las ciudades que no colisione con derechos, como el derecho a la vivienda.

¿Qué crees que es lo más interesante y el mayor reto que nos trae la economía colaborativa?
Lo más esperanzador es que abre un horizonte de democracia económica ya que apunta a una escalabilidad de la economía social y solidaria y del cooperativismo. El mayor reto, que igual que puede traer un horizonte esperanzador puede traer un capitalismo mucho más salvaje y una agudización de las prácticas extractivistas del mismo.

En un artículo reciente comentabas que la economía de plataforma no sólo afectará a las empresas y al trabajo, sino también a las administraciones públicas, ¿puedes desarrollar esta idea un poco más?

La economía de plataforma agudiza la necesidad de instituciones globales, porque la dimensión que se da en el entorno digital favorece mucho más el establecimiento de comunidades internacionalizadas que difícilmente se pueden adscribir a un determinado territorio y delimitar la legislación que les aplica. Por este motivo, la economía de plataforma no casa bien con el actual estructura de gobierno. Por otro lado, pone sobre el tablero el rol de las ciudades porque se concentra en las mismas, pero las competencias de regulación de las plataformas no están en las ciudades, sino en la Unión Europea en nuestro caso. Hace falta revisar un sistema de multigobierno para darle más peso a las ciudades y a las instituciones globales.

Las plataformas además cuestionan el modelo de bienestar porque aplican el modelo capitalista extraccionista de la evasión de impuestos. Pensamos que Uber cuestiona los derechos laborales, pero no es solo eso porque tampoco contribuye allá donde opera. Las ciudades también se enfrentan a un reto muy fuerte, y es que tienen poca capacidad de negociación con actores económicos tan fuertes. Hay que buscar un poder de negociación muchos más fuerte, a través de una unión de las mismas.

Pasando a otro ámbito relacionado, ¿cómo definirías los comunes digitales?
A los comunes digitales les aplicaría las tres categorías de antes: gobernanza, modelo económico, tecnológico y de conocimiento que favorezca el acceso abierto y la responsabilidad social. En este caso, nos referimos más al recurso y no tanto a la plataforma. Por ejemplo, un programa de software sería un recurso mientras que la plataforma lo que permite es el acceso a ese recurso.

En los comunes digitales hay dos vertientes, una que bebe del marco teórico de Ostrom que afirma que para que sea considerado un bien común debe existir la gobernanza compartida y otro que bebe de la vertiente de los cyberscholars que afirman que para que un recurso sea un bien común tiene que ser de acceso abierto, es decir que son las condiciones de acceso lo que define a un común y no tanto la gobernanza compartida. Yo he integrado las dos. Normalmente los bienes comunes digitales tienen una dimensión pública mucho mayor que cuando pensamos en el modelo de negocio de mercado, aunque no siempre son totalmente públicos, en el sentido de que no haya que pagar para acceder.

Blockchain cumple las tres características anteriores. ¿Podría ser considerado un común digital?
No. Blockchain depende de cómo lo uses, es como internet o como una plataforma digital. Blockchain tiene una estructura muy descentralizada interna pero determinados ejercen mucho control. Yo no creo que la descentralización de por sí comporte una mayor democratización. Es importante definir cómo gobiernas la descentralización, no la descentralización en sí misma, dicho de otra manera, no es la tecnología en sí, sino qué uso haces de la tecnología.

Creo que muchas veces lo que ocurre es que hay procesos que aparentemente se descentralizan porque inicialmente estaban centralizadas y pasan a estar descentralizadas, pero en realidad no es que haya una descentralización del poder, sino una reestructuración de lo que queda descentralizado y lo que queda centralizado. En la descentralización no desaparece el poder, sino que se mueve de lugar. Por ejemplo, en Wikipedia el poder se concentra en los servidores, pero el poder está muy descentralizado. En un sistema basado en blockchain parece que, como los datos están distribuidos, desaparece el poder porque los elementos de centralización ya no están. Para mi eso es insuficiente, porque no desaparece el poder, el poder se da en cualquier interacción humana, en cualquier interacción social. Hay que hacer un análisis de esta nueva configuración donde hay unas capas que están más descentralizadas que antes y ver dónde se encuentra el poder, quizás se ha movido a las normas sociales o a la dimensión de reputación o a otras dimensiones… Siempre hay elementos de poder que hay que analizar y ver cómo se gobiernan.

Es como el tema de género en los proyectos de FLOSS (software libre y de código abierto), como son abiertos pensamos que son más participativos, pero en los proyectos de FLOSS hay una participación de mujeres del 1,5% mientras que en los privativos hay un 30%. Al ser más descentralizado puedes pensar que es más accesible, pero en la distribución de saberes, en las dinámicas sociales, eso no cuaja bien y lo que acabas creando es un sistema mucho más excluyente.

Fuente El Salto