La doctrina peligrosa… en el siglo XXI

Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica

John Bolton, asesor de Seguridad Nacional de EE.UU.
En medio de la histeria antichavista y de la Guerra Fría rediviva por los Estados Unidos en su campaña contra Venezuela, Cuba, Nicaragua y -más temprano que tarde- Bolivia, el asesor de Seguridad Nacional, John Bolton, ha deslizado unas declaraciones en las que delinea con toda claridad el talante imperialista de la agresión que dirige Washington contra los pueblos de nuestra América: “En esta administración no tenemos miedo de usar la expresión Doctrina Monroe” (RT, 03-03-2019), dijo el funcionario, aludiendo así al sustento político e ideológico de las acciones que llevan adelante para reemplazar (¿o asesinar, como lo sugieren los tweets amenazantes del senador Marco Rubio?) al presidente Nicolás Maduro, sustituirlo por un personaje afín a sus intereses y desplazar de la región a potencias como Rusia y China, cuyas inversiones en Venezuela afectan los planes trazados por la Casa Blanca para el saqueo y explotación de los recursos energéticos del país suramericano.

En esta línea, y siguiendo los pasos injerencistas de su antecesor, el presidente Donald Trump renovó la declaración de emergencia nacional por la situación política en Venezuela, argumentando que este país “continúa representando una inusual y extraordinaria amenaza para la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos”. Al mejor estilo orwelliano, Washington hace del recurso de la inversión ideológica una herramienta de su política exterior y de sus maniobras de guerra no convencional: así, tergiversa los hechos y produce matrices de opinión que presentan a las víctimas como agresores, a la plaza sitiada por bases militares y fuerzas especiales como el enemigo a las puertas del imperio. En respuesta a tal disparate, el canciller venezolano Jorge Arreaza denunció que este decreto “es sólo un pretexto para justificar una agresión sin precedente, que incluye la amenaza del uso de la fuerza con el fin de forzar un cambio de régimen para controlar las riquezas del país” (La Jornada, 06-03-2019).

En 1923, en un artículo publicado en la revista Repertorio Americano, editada por el costarricense Joaquín García Monge, el intelectual dominicano Pedro Henríquez Ureña denunciaba cómo cada nuevo gobierno estadounidense “se cree con el derecho de promulgar una nueva interpretación de la Doctrina (Monroe)”, que “no es tan nueva como peligrosa” por sus contradicciones flagrantes (porque declara “que los Estados Unidos no pretenden ejercer el derecho de intervención en los asuntos de la América latina, pero intervendrán cada vez que les convenga”) y por sus falsas pretensiones civilizadoras. “¿Qué razones de defensa obligaban a los Estados Unidos a intervenir en Cuba (después de 1898), en Santo Domingo, en Haití? ¿Quién los amenazaba allí?”, se preguntaba entonces Henríquez Ureña, y concluía su texto con una tesis de incuestionable vigencia: “estas pretensiones ‘paternalistas’ no pueden engañar más que al infantilismo mental del público que se nutre del New York Times y de la Chicago Tribune. En la América Latina, nadie se engaña. (…) Si Washington ‘civiliza’ la República de Haití y no civiliza el Estado de Georgia o el de Alabama, es porque en Haití le urge asegurar el predominio del capital norteamericano mientras que en Georgia o Alabama el predominio está bien asegurado”[1].

Que casi dos siglos después de que fuese elaborada por John Quincy Adamas -en 1823-, los latinoamericanos sigamos sufriendo las consecuencias de la Doctrina Monroe, ahora en Venezuela como ayer en Cuba, República Dominicana o Haití, solo pone en evidencia las dificultades inherentes a nuestro devenir histórico provocadas por la cercanía con el “Norte revuelto y brutal que nos desprecia” -al decir de José Martí-; pero, al mismo tiempo, esa recurrencia de las amenazas y las injerencias nos señala el camino de resistencia política, cultural, económica y militar que debe oponerse a las aspiraciones del imperialismo, como bien lo expresaron y pusieron en práctica las generaciones de intelectuales y líderes políticos que nos precedieron en la búsqueda de la segunda independencia.

En esa lucha se definen las condiciones de sobrevivencia de nuestra América como comunidad de naciones soberanas, capaces de forjar un destino común, o por el contrario, su paulatina deglución en las entrañas del monstruo.

NOTA:
[1] Henríquez Ureña, Pedro (1923). “La doctrina peligrosa”, Repertorio Americano, Tomo VII, n° 4, pp. 49,51.

Publicado por Con Nuestra América

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