Un 8 de marzo también nuestro: ¡ni atadas ni drogadas, locas liberadas!

Marta Plaza

Y que les mate el asco mientras nos amamos,

y sin nada con que atar;

ya no hay cuerdas, solo hay locas

y razones, no son pocas,

si estamos dispuestas a soñar.

(extracto de Dispuestas a Soñar, de Sthela)


Ilustración: Carol Caicedo

Que el activismo loco avanza y está dando unos pasos que hubieran sido impensables hace unos años es una realidad difícil de negar. Dentro de este activismo en salud mental hecho desde la experiencia de convivir con sufrimiento psíquico de cierta intensidad, y de la de haber sido psiquiatrizadas y etiquetadas con un diagnóstico que nos ha situado como ciudadanas de segunda, muchas mujeres no concebimos que se pueda obviar la necesidad de que el feminismo sea uno de los ejes del movimiento. A pesar de las tensiones y resistencias que puedan surgir al señalar las conductas machistas que perviven en el activismo loco (como en la práctica totalidad de movimientos sociales), compartimos la alegría de ver cómo colectivos como el Orgullo Loco Madrid firman manifiestos compartidos con colectivos no mixtos de marcada óptica feminista como InsPIRADAS. Lo hicieron el pasado 25 de noviembre, Día Internacional para la Eliminación de las Violencias contra las Mujeres.

A la vez que en el activismo loco muchas trabajamos por incluir y extender una visión feminista, es de agradecer que tantas hermanas feministas también busquen cómo hacer de la sororidad y las gafas violetas unas herramientas de transformación social realmente inclusivas y para todas, permeables a diferentes discursos y necesidades sin perder de vista nuestra enorme diversidad interna.

Esto resulta en complicidades y trabajo conjunto que nos da aún más ganas de seguir adelante, nos refuerza, amplía y facilita el camino que recorremos. Y echando la vista atrás podemos ver además cómo en solo un año (contando el tiempo de 8 de marzo en 8 de marzo) hay avances que podemos sentir significativos.

Tanto para el 8M de 2018 como este año se ha trabajado de forma colectiva en el argumentario que difundir explicando los motivos para la movilización feminista. En el argumentario que se elaboró desde la Comisión de Contenidos del 8M para el 2018 obviamente ya había muchos puntos en los que las mujeres locas podíamos vernos representadas. También nos queremos vivas, y no queremos ni una compañera menos, ni una compañera más agredida, abusada, violada, asesinada. Suscribimos que “formamos parte de las luchas contra las violencias machistas, por el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo y nuestra vida, por la justicia social, la vivienda, la salud, la educación, contra la explotación y muchas otras luchas colectivas”. O el párrafo donde el argumentario de 2018 explicaba que las mujeres “formamos parte de un proceso de transformación radical de la sociedad, de la cultura, de la economía, de las relaciones. Queremos ocupar el espacio público, reapropiarnos de la decisión sobre nuestro cuerpo y nuestra vida, reafirmar la fuerza política de las mujeres, lesbianas y trans y preservar el planeta en el que vivimos.”

El feminismo pocas veces ha abordado los derechos reproductivos de las mujeres psiquiatrizadas, señala @Gacela1980.
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Las locas y psiquiatrizadas, como mujeres que convivimos con todas las demás en esta sociedad patriarcal, somos destinatarias también de las numerosas violencias, discriminaciones e injusticias que ya se denunciaban el año pasado y desde tantos años atrás, y por eso también llevamos años saliendo a la calle a sumarnos a las reivindicaciones feministas cuando nuestras fuerzas y energías nos lo han permitido (y cuando hemos contado con los cuidados de nuestras redes y las propias convocantes para facilitar nuestra participación). Hemos estado reclamando codo a codo con tantas de vosotras nuestro derecho a decidir sobre la maternidad ante las amenazas de recortar aún más las condiciones para acceder a un aborto gratuito desde la sanidad pública. Siempre que hemos sido capaces, hemos salido a concentrarnos en protesta contra sentencias judiciales que minimizan las agresiones sexuales o nos responsabilizan a nosotras de provocarlas y contra los asesinatos de compañeras cuyas peticiones de ayuda fueron desoídas desde la institución judicial que supuestamente iba a protegerlas. También nos unimos al grito feminista que denuncia cómo se olvida el bienestar de los y las menores cuando regímenes de visitas impuestos desde el sistema judicial patriarcal permiten que padres maltratadores sigan encargándose de sus cuidados.

Nos hemos sumado a acciones donde se visibilizaba cómo el patriarcado capitalista cosifica y sexualiza nuestros cuerpos, a los que además impone un canon de belleza homogéneo, uniforme, restrictivo y limitante, que normativiza, genera exclusión y agudiza nuestro malestar. Nos indignamos junto a las compañeras trans que también el sistema sanitario castiga y patologiza, y nos solidarizamos con ellas cuando se encuentran con trabas, obstáculos y rechazo social, que llega al mundo laboral, y lamentablemente, también es palpable en los activismos. (Los sectores que se dicen feministas excluyendo a las mujeres trans deberían replantearse si pueden pretender coger el feminismo para hacerlo solo suyo, dejando a nuestras hermanas trans fuera, y si creen que el resto permitiríamos algo así).

Construimos junto a este movimiento feminista amplio, del que sin duda somos también parte, todos estos cambios sociales que queremos ver. Pero a veces, mientras compartíamos esas luchas con tantas compañeras, quizá también nos hemos sentido algo solas. Porque pocas veces sentíamos que el feminismo como movimiento se estuviera implicando a su vez en batallas que nos dan de lleno a nosotras, las locas. En las que a veces nuestras vidas llegan a estar literalmente en juego.

Pocas veces desde el feminismo se hablaba de que la vulneración de nuestros derechos reproductivos también se da cuando compañeras psiquiatrizadas nos vemos obligadas a renunciar a nuestro deseo de ser madres, ya sea por haber sufrido una de las inhumanas esterilizaciones quirúrgicas forzosas que siguen dándose en nuestros días, o por la más sutil y extendida esterilización social bajo el discurso de que nuestros problemas de salud mental nos hacen incapaces de una maternidad responsable; o que mejor no lo intentemos porque dejar el tratamiento médico supondrá una recaída asegurada; o porque nuestre peque heredaría nuestro trastorno (a pesar de que el derroche de tiempo y recursos económicos para dar con los supuestos genes que desencadenan los trastornos mentales siguen resultando en una búsqueda infructuosa). Las agresiones y abusos sexuales son aún más puestos en duda cuando los denuncian mujeres etiquetadas como “enfermas mentales”.
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Rara vez se nos ha incluido como un colectivo especialmente vulnerable a recibir violencias (al contrario, en el imaginario social es ejercer violencia lo que se asocia a ciertos diagnósticos psiquiátricos), o a que las agresiones sexuales y otros abusos recibidos sean aún más puestos en duda que las de cualquier otra mujer (nuestra credibilidad en prácticamente cualquier tema ya está bajo mínimos desde que nos colocan la etiqueta de “enferma mental” encima; más aún ante denuncias como estas en las que en general cualquier mujer ya es puesta en duda). A menudo se olvida mencionar a los psiquiátricos en el listado de espacios como los CIEs, las prisiones o los centros de menores en los que las vulneraciones de los derechos de las allí encerradas son cotidianas. No siempre hemos tenido suficiente altavoz cuando hemos denunciado que las violencias y abusos sexuales también se ejercen por parte de profesionales en los propios servicios de salud mental y en unidades psiquiátricas de ingreso, valiéndose de su especial situación de poder sobre nosotras en esos espacios; o cuando hemos señalado que las violencias que sufrimos las mujeres por parte del sistema psiquiátrico están invisibilizadas y que son intolerables los intentos de aislarnos, de invalidar nuestras voces, de impedir que tomemos decisiones sobre nuestras propias vidas imponiendo tratamientos médicos, ingresos, y hasta con quién debemos relacionarnos o no afectivamente.

Y esto no lo digo hoy como reproche sino, al contrario, como reconocimiento del avance y el enorme camino recorrido. También para explicar por qué resulta emocionante encontrar dentro del argumentario del 8M elaborado este 2019 desde la Comisión 8M de Madrid numerosas referencias explícitas hacia nuestro colectivo. Parece que ahora sí (¡por fin!) la lucha de las mujeres locas empieza a ser una lucha compartida, que el “no estamos solas” que podemos decir hoy es mucho más grande, real y tangible de lo que había sido nunca… y esto es un logro que muchas sentimos enorme, una pequeña victoria de tantas más que tendrán que llegar, que construyendo juntas vamos a hacer que lleguen.

Y por esto, porque para mí y para tantas de nosotras, estos son pasos importantes, quería celebrarlos hoy aquí y también rescatar algunos de esos puntos incluidos en el argumentario que hacen referencia explícita a reivindicaciones del activismo loco que el feminismo está haciendo por fin también suyas, en esta construcción de un feminismo plural y más potente que nunca en el que cabemos tantos feminismos, también el feminismo loco. Por ejemplo, en los diversos bloques temáticos (violencias, cuerpos, cuidados, laboral, consumo), alguna de las respuestas a la pregunta “¿por qué hacemos huelga?” son:

Porque las violencias patriarcales nos afectan a las mujeres de forma diferente en función de nuestro estatus migratorio, nuestra edad, si somos racializadas, gitanas o payas; si somos mujeres con diversidad funcional; si somos psiquiatrizadas, mayores; si somos trans, hetero, lesbianas; si somos asalariadas o no, trabajadoras del hogar, prostitutas, si somos madres o no. Si negamos esa diversidad, invisibilizamos la especial crudeza con que las violencias nos afectan a algunas de nosotras.
Porque debemos poner fin a un sistema psiquiátrico y a un modelo biologicista que patologiza las emociones y las consecuencias de las condiciones de vida sociales, económicas y laborales de las mujeres.
Porque a las mujeres psiquiatrizadas nos vulneran nuestros derechos en la práctica psiquiátrica: ingresos involuntarios, medicalización forzosa, aislamientos, sobremedicación, etc. Porque sufrimos abusos sexuales dentro del sistema de salud mental y estamos deslegitimadas por nuestros diagnósticos psiquiátricos.
Porque la institución psiquiátrica patriarcal se asegura que las mujeres locas no tengamos derecho sobre nuestro propio cuerpo, identidad y maternidad.
Porque la normativa laboral y en muchos casos los convenios colectivos no tienen en cuenta las realidades propias de cada colectivo (diversidad funcional, personas trans, psiquiatrizadas, migrantes y racializadas), provocando una mayor precariedad en los mismos y precipitándonos, en muchos casos, a la indigencia.
Porque la industria farmacéutica nos medicaliza y nos impone un modelo de cuidado de la salud que sostiene un negocio privado regido por los valores y principios del mercado capitalista.

Y entre las respuestas a la pregunta “¿para qué hacemos huelga?” están:

Para que nuestros derechos sexuales y derechos reproductivos estén reconocidos y sean efectivos para todas nosotras, independientemente de nuestra edad, condición migrante e identidad sexual y/o expresión de género o diversidad funcional y consigamos acabar con todas las formas de control que ejerce la sociedad en el ámbito reproductivo, incluidas las prácticas que vulneran nuestros derechos humanos como son las esterilizaciones forzadas.
Para que la salud mental de las mujeres no sea concebida y tratada desde una visión patriarcal y biologicista. Para que las mujeres psiquiatrizadas dejemos de sufrir una doble opresión por mujeres y locas.

Me sale también compartir una felicitación amplia, porque creo que estos pasitos hacia delante son de nuevo logros colectivos (como casi todos los logros en luchas sociales, por otro lado). Es un logro de todo el activismo en salud mental, y muy particularmente del activismo loco, estar haciendo ruido y denunciando las vulneraciones de derechos, las violencias del sistema psiquiátrico, la pretendida anulación de la toma de decisiones sobre nuestras vidas, la patologización y medicalización de la diversidad mental y de procesos habituales en nuestras vidas o de otros que van asociados a problemas sociales y no individuales, como la precariedad, la explotación, la competitividad, el aislamiento, las distintas violencias y opresiones sufridas. Creo que también es un logro (y una necesidad imperiosa) la construcción de feminismos en plural en los que todas tengamos nuestro espacio, y nuestras voces y reivindicaciones más propias encuentren hueco y altavoz para llegar a hacerse realidad. Y creo que es un logro colectivo estar encontrándonos, como feministas y como mujeres psiquiatrizadas que podemos estar orgullosas de ser mujeres locas, y de construir en común.

El año pasado escribí en Pikara sobre mi experiencia en el 8 de marzo. Este año, además de estos logros colectivos tan grandes tengo también logros colectivos más pequeños, pero enormes a la vez, que celebrar: estoy aquí y estoy aquí encontrándome mucho mejor. Lo nombro como logro colectivo y no personal porque no hubiera sido posible sin mi red de apoyo. Con todo, mientras escribo esto aún no sé si iré a la manifestación grande del viernes 8. Vaya o no yo, seguro que hay compañeras presentes. Y quiero pensar que entre los lemas de la manifestación, esos que gritaremos juntas también en nombre de todas las que no puedan estar ese día, como no pude el año pasado yo… podrá haber cánticos que unan nuestras voces y reivindicaciones, esos que recuerden que, por supuesto, si tocan a una nos tocan a todas; que aquí estamos las feministas; que el patriarcado y capital son alianza criminal, que la calle y la noche también son nuestras; que la mani será un espacio para ver que hay esquizos y hay autistas, en la lucha feminista; donde oírnos exigir menos Risperdal y más lucha social, y recordar que además de querernos vivas, nos queremos ni atadas ni drogadas, locas liberadas.

Por mí, por ti, por ella, por todas. Feliz 8 de marzo.

Un 8 de marzo también nuestro: ¡ni atadas ni drogadas, locas liberadas!