En Memoria de Enrique Cisneros, el llanero solitito

En este ensayo se sustenta la conferencia que impartiré el próximo jueves 13 a las 11 horas en Regina # 66 cerca del Metro Pino Suárez.

Hacia un Teatro “Trascendente
Por Enrique Cisneros
Escrito desde la perspectiva de un espectador.

Por casi 40 años he sido “amante del teatro” y un apasionado espectador. Sin embargo, siento que en ocasiones he perdido mi tiempo pues no son muchas las obras de teatro que he visto, que considero “trascendentes”


Y cuando uso ese término, no me refiero solamente a su connotación lingüística de trascendente, que según el diccionario advierte: “Que está más allá de los límites de cualquier conocimiento posible”. No. Me reviso, repaso mi vida y siento que en muchas ocasiones el teatro me hizo perder mi tiempo, pues la “realidad teatral” que compartí con los actores, dándoles a cambio mi “realidad real”, no me fue retribuido de manera equitativa.
Por ello, especialmente a los jóvenes espectadores, al igual que a los jóvenes teatristas, permítanme sugerirles sobre la necesidad de producir un “teatro trascendente”
Este término no pretende sustituir ni entrar en confrontación con otras caracterizaciones con las que algunos catalogan al teatro: teatro de sala, teatro de calle, teatro de cámara, teatro popular, teatro alternativo, teatro brechtiano, teatro clásico, teatro independiente, teatro universitario, teatro experimental…… hacer un teatro trascendente pretende involucrar a todas las categorías, pero tomando en cuenta dos factores fundamentales: el momento histórico en que se realiza, y a mí.
Perdón por la petulancia de mencionarme así, en primera persona, pero lo hago con toda la intención de llamar la atención (quizá hasta para molestar), y recordarle a los teatristas que hay un elemento que muchos no toman en cuenta cuando escriben o representan sus obras: el público. No valoran que sin él, no es posible el fenómeno teatral, si, el público, el llamado espectador.
Antes de argumentar sobre “el teatro trascendente” es preciso clarificar los conceptos de realidad real y realidad teatral, pues en ello va implícito que se entienda la responsabilidad que asume quien se sube a un escenario y dispone a su voluntad del tiempo de uno, diez o miles de seres humanos que lo observan.
Le llamo “realidad real” a la cotidiana, es el tiempo que vivimos todos los seres humanos, marcado por los relojes. La “realidad teatral” es otra, distinta: es la que el oficiante del teatro crea en el escenario. Es una realidad dual, mentirosa, mágica.
Dual, porque por un lado transcurre en los tiempos convencionales, esos que como digo, en el párrafo anterior está marcado por los relojes, es el tiempo que dura la representación. Pero también es mentirosa y mágica porque se crea otra realidad que transcurre en otros tiempos y espacios, resultado de la convención entre el actor y el espectador.
En dos horas de representación teatral pueden pasar años, siglos, de la vida de un grupo de seres, inclusive de toda la humanidad. Podemos convenir que juntos, espectador y actor, recorramos, y hasta nos entrometamos, en parte de la vida de Romeo y Julieta, por ejemplo.
Esa realidad teatral es mentirosa porque no existe realmente, pero a la vez es mágica, ya que si entramos a la sala a las 8 y salimos a las 10, pasaron dos horas reales de nuestra realidad, real (valga la redundancia).
Esto implica una gran responsabilidad por parte del que oficia la representación, inclusive en el teatro que es parte de la comunidad, que es fiesta, donde el responsable primario es quien planifica y organiza.
Es irresponsable hacerle perder el tiempo a la gente, porque ese tiempo ya no se recupera, ese tiempo es vida, es su vida. Los espectadores nos dan su tiempo y como depositarios de su vida, seremos irresponsables si no hacemos buen uso de ella.
Quizá algunos digan: nos la dan porque saben lo que van a ver. En la mayoría de los casos no es así. Sobre todo en las salas, el espectador da su tiempo a ciegas, pues de haber visto la obra ¿qué caso tiene que acuda?
En este sentido la calle es más justa pues si el espectáculo no responde a las expectativas, el público sigue su camino al romperse la magia de la realidad teatral; al zafarse el espectador de los hilos mágicos del teatro, se despierta y recupera su capacidad de ejercer su realidad real.
Por ello, porque nos hacemos depositarios de parte de la vida de la gente, es preciso responder con responsabilidad haciendo que esos momentos se conviertan para nuestros cómplices en tiempos trascendentes.
Para que un teatro sea trascendente, para que pueda ir “más allá de los límites”, para que puede impactar artísticamente, influya, e inclusive, transforme la cotidianidad de un ser, es preciso pensar de manera primordial en esos dos factores: momento histórico y destinatario.
He visto muchas representaciones de la obra Fuente Ovejuna de Lope de Vega, sólo una me impacto y la recuerdo como si la hubiera visto ayer. La obra se montó con toda su belleza literaria, pero el grupo cambió el final. El crear un final que respondía a los tiempos actuales de lucha de los campesinos latinoamericanos por la tierra, prescindiendo de la realidad histórica en que se escribió la obra, la hizo tremendamente trascendente, no sólo para mí, sino para muchos campesinos que la gozaron….. y la hicieron suya, pues el pregón de ¿Quién mató al Comendador? era tan vigente en la España del siglo XVI como lo es ahora, en el “Atenco” actual. En el siglo XVI respondió a la transformación social de la caída feudal y el advenimiento capitalista europeo; en la actualidad responde a la crisis capitalista actual en búsqueda de nuevas formas de organización social.
Vivimos tiempos de grandes convulsiones sociales que según muchos estudiosos nos pueden conducir a la debacle ecológica y/o social ¿no será necesario que los teatristas, como corresponde a la esencia del arte, intenten “ir más allá de los límites” y ser trascendentes en su contexto histórico, para que esa probable debacle pueda ser vista como un vergonzoso pasado de la humanidad y los seres humanos sobrevivientes recuerden con aprecio las obras de teatro que les permitieron transformar y trasformarse?
Un “teatro trascendente” no propone la utilización de una forma en especial ni el tratamiento preferencial de algún tema. No es la propuesta del Teatro Político que en su momento defendió Erwin Piscator, ni el teatro reflexivo y analítico de Bertold Brecht.
Es, que los que participan del hecho teatral, en cualquiera de sus instantes de creación, tengan como brújula el momento histórico y como puerto, el espectador.
Desde luego que esto implica que para poder interpretar el momento histórico, además de la sensibilidad, de la vivencia, es preciso como sugirió Bertold Brecht, que los creadores se preocupen por obtener los instrumentos científicos que les permitan interpretar de manera, igualmente científica, la realidad.
Tal cual lo expresó el dramaturgo alemán en su escrito “5 Dificultades para quien escribe la Verdad” al mencionar que es preciso saber discernir la verdad científica de la verdad aparente y de allí encontrar las verdades que valen la pena decirse.
En este sentido, para realizar un teatro trascendente no hay limitación en los temas (en los contenidos), ni en las formas. Hablar del amor en momentos en que el hambre y la muerte de millones de niños ya es un hecho socialmente intrascendente; hacerlo cuando la mayoría de la gente está más preocupada por el resultado de un partido de futbol que por el apocalíptico calentamiento global, atreverse a tratar el amor con una perspectiva trascendente, es altamente subversivo (entendido como lo que subvierte, cuestiona, trastoca lo establecido).
Pero no basta con pregonar la necesidad de amar, sino que hay que encontrar la manera en que, dramatizando inclusive una relación de pareja, ésta pueda mover la humanidad del espectador y llevarlo más allá de los límites del conocimiento superficial de la realidad que lo circunda, impactándolo, transformándolo, cuestionándolo, moviéndolo para que no sea testigo mudo de la realidad.
Plantearse este reto no es sencillo. Mucho más fácil será dejarse llevar por el conformismo y auto convencerse de que afuera del escenario, más allá de la realidad teatral, no pasa nada. Quien esto piense se conformará con producir obras, inclusive que aborden temas sociales, pero intrascendentes, que sólo servirán para que el reducido círculo de los “amigos del teatro” se junten, quizá se diviertan….. y olviden.
En este sentido, más allá del tema que trate la obra, un teatro que se proponga como trascendente, debe de plantearse lo que hicieron Molière, William Shakespeare, Lope de Vega, los juglares de la Comedia del Arte, Ibsen, Brecht, o Darío Fo, como tantos otros en la historia del teatro: ser teatralmente consecuentes con las exigencias de su momento histórico.
Para lograr un teatro trascendente, tampoco es necesario ceñirse una camisa de fuerza en las formas. Todas son válidas, siempre y cuando se tome en cuenta a los destinatarios.
Permítanme ejemplificar al respecto. Cuando me iniciaba en estas lides de tratar de ganarme el título de “amante del teatro”, tiempos en que estaba de moda lo que se llamaba el teatro guerrilla o de protesta, conocí a un grupo que defendía a capa y espada las propuestas de Bertold Brecht, criticando las obras “panfletarias” que terminaban en “catarsis revolucionarias”. Argumentaban que esas obras no generaban reflexión en el espectador y por lo mismo, eran antibrechtianas.
Me interesó su propuesta y seguí por un tiempo sus pasos. En una ocasión fueron a presentarse en un “plantón” que un grupo numeroso de obreros hicieron frente a una céntrica dependencia gubernamental. Por equis circunstancias, cuando iban a iniciar su espectáculo, dieron las dos de la mañana. En esos momentos la policía cerró por ambos lados la calle y con megáfonos conminó a los manifestantes a retirarse. Entre amenazas y negociaciones fueron transcurriendo penosos y largos minutos hasta que dieron las 4. El grupo de teatro se mantuvo firme, junto con los obreros, desde luego sin poder iniciar su representación.
Pasadas las 4 de la mañana los jefes policíacos ordenaron a sus subordinados golpear de manera rítmica sus escudos con los toletes, mientras avanzaban con paso militar. Cundió el miedo y todos se replegaron a unas escalinatas que semejaban fauces de un lobo. Del grupo cada vez más compacto de manifestantes no salía ni un grito, ni una palabra, ni un susurro. El miedo había hecho callar a todos.
Los dirigentes, casi en tono de súplica le explicaron al director del grupo de teatro que no le convenía a las autoridades reprimir, que bastaba con que la gente no se dispersara y que aguantara hasta el amanecer, para que esa lucha se ganara.
El director del grupo de teatro, con un miedo que le cerraba la garganta, como a todos los asistentes, empezó a palmear de manera rítmica. Lo siguieron sus actores y poco a poco se fue sumando más gente.
Sin explicar más fueron formando un semicírculo e inició la representación. Ese día, mejor dicho esa madrugada, fueron metiendo al público en la “realidad teatral” con tal intensidad, que todos, a excepción de los dirigentes (y los actores), olvidaron su “realidad real”. El grupo de teatro deliberadamente uso sus conocimientos sobre Brecht para lograr que se diera un fenómeno contrario a las propuesta brechtianas y el público se olvidar de su realidad real.
No lo hicieron con obras que llamaban a la lucha y que terminaban con obreros triunfantes cantando el himno de Venceremos. Tampoco con obras que reflexionaran sobre la importancia de la unidad para el combate. No. Fueron estructurando un guión que iba desde fragmentos de las partes más cómicas de los Misterios Bufos de Darío Fo, hasta chistes que se acercaban a las actuaciones baladíes de Polo Polo.
Con ello, no sólo se rompió la tensión y el miedo, sino que la gente se abstrajo totalmente de su realidad y los otrora pesados y largos minutos, volaron….. así como vuelan cuando la vida nos sonríe.
La representación terminó cuando los primeros rayos de luz matutinos empezaron a despertar a los espectadores. Hasta ese momento los obreros se percataron de que los granaderos se retiraban sigilosamente. El único ruido que se escuchaba era de algunos automovilistas que empezaban a circular por un carril contiguo.
Entonces se oyeron los gritos de júbilo, los abrazos, los aplausos. A pesar del frío, los actores que no habían tenido ni un segundo para tomar aliento, sudaban y se desmoronaron como les sucede a los futbolistas cuando escuchan el silbatazo final de un aguerrido partido de futbol.
Cuando le preguntamos al director sobre Brecht nos dijo irónicamente: “hoy fuimos más brechtianos que nunca”
Actualmente a ese director yo le diría: más allá de Brecht o no-Brecht, ese fue un ejemplo de “teatro trascendente”. Estoy seguro que ninguno de los espectadores de aquella obra, que se estructuró en ese momento, que se representó una sola vez, que pudo haber tenido muchas deficiencias técnicas (desde el punto de vista convencional), que trató temas intrascendentes, adquirió su trascendencia a partir de dos factores: supo responder a las exigencias de ese momento histórico y fue creada pensando en esos espectadores.
Entiendo que el ejemplo que estoy dando es extremo, excepcional. Pero ¿acaso los teatristas no pueden accionar para que se den condiciones para que su teatro sea una actividad lo más trascendente posible?
Desde luego que no es el caso de aquellos que escriben o montan una obra teniendo como brújula, lo que los medios de comunicación digan de ella y como puerto de llegada el éxito económico. Quien así prouce el teatro, difícilmente se puede plantear objetivos más …….. trascendentes. Cuando mucho pueden aspirar a nutrir su ego, iniciando el ascenso en los raitings de popularidad intelectual; pueden plantearse ser tomados en cuenta por algún grupo de creadores reconocidos, pero nada de eso les garantiza una verdadera trascendencia social.
Y aquí seguramente llegamos a una discrepancia ¿Por qué pregonar la trascendencia social como la verdadera trascendencia?
Es claro que en esto hay varias opciones y por lo tanto una diversidad de opiniones. Apelo, convoco a la revisión histórica y concluyo que no es lo mismo ser bufón que ser juglar. Y que los verdaderamente trascendentes fueron los juglares, más allá de que en la actualidad se conozcan o no sus nombres, o que en vida, hayan gozado o no, de las miles del reconocimiento convencional que en muchas ocasiones se lo apropian los bufones.
Molière, Shackespeare, Lope de Vega, fueron juglares de su tiempo, no bufones, más allá de que algunos poderosos hayan usurpado sus obras, las hayan osificado y metido en museos que algunos llaman teatros.
Pero así como ellos (por solo mencionar algunos), entendieron su tiempo y respetando las propuestas del teatro griego supieron trascenderlas; en la actualidad es preciso ser trascendente creando un teatro que responda a fenómenos relativamente nuevos como la existencia de los medios masivos de comunicación, la internet, las grandes concentraciones en las ciudades, los pueblos en las calles luchando por su emancipación, en fin, responder trascendentalmente a nuestro tiempo.
Estoy seguro que ninguno de los espectadores que estuvimos en la representación callejera de la madrugada que narré, olvidamos lo que allí sucedió. Fuimos impactados por un teatro trascendente, como mucho del que actualmente se hace (conciente o inconscientemente) en muchas calles de este mal llamado planeta. Pero también se está haciendo en las salas, en los mítines, en las fábricas, en las manifestaciones, en las comunidades, en las plazas. Inclusive, en algunos lugares donde hay condiciones, se hace en los medios masivos de comunicación.
Hace unos meses, cuando los trabajadores oaxaqueños tuvieron acceso a la televisión (porque tomaron las instalaciones del canal local), llegó al estudio un malabarista que les hizo un breve “comercial” para apoyar su lucha: malabareaba con 5 pinos y se le caía uno. Lo veía y decía: ya cayó. Lo volvía a levantar y eso lo repetía en dos ocasiones. Al final se enredaba y se le caían todos. La cortinilla terminaba con el malabarista viendo los pinos en el suelo, mientras en el fondo se escuchaban los gritos de marchistas que coreaban: ¡Ya cayó! ¡Ya cayó! ¡Ulises ya calló!
Para lograr un teatro trascendente no se trata de llegar a una transformación dogmática de contenidos ni a una aplicación convenenciera de las formas. No. Actualmente muchos grupos hacen “teatro de calle” porque está de moda en Europa, o teatro circo, porque hay trabajo bien remunerado en bailes y antros. Hagamos teatro de calle o teatro de sala, o de cámara, pero que sea trascendente y para ello es preciso estudiar, ensayar, ser muy crítico y auto crítico.
Desde luego que elegir la opción de hacer un teatro trascendente implica, en muchas ocasiones el desprecio de los poderosos, pues todo lo trascendente va contra el orden establecido y más ahora por los momentos de profundas contradicciones que estamos viviendo. El hacer un teatro trascendente es finalmente una elección personal, pero ayuda mucho el hacerla de una manera conciente, pues hay quien elige esta opción porque los acontecimientos lo llevan a ella. Hay que estar claros que finalmente esta elección no es una decisión teatral sino una decisión política personal.
Para honra del teatro, a nivel mundial, cada vez son más los teatristas que con su producto escénico se suman de manera consecuente a la realización de un teatro trascendente, aunque no faltan los que en nombre de la moda, de las vanguardias, de la experimentación….. inventan sus justificaciones para intentar suplantar la labor de los teatristas verdaderamente comprometidos.
Ellos, los oportunistas, serán apoyados por los sectores dominantes, siempre y cuando su trabajo no afecte lo establecido, ni vincule el teatro ni a los teatristas con la cotidianidad de lucha de los pueblos.
Muchos de ellos presentan super espectáculos populares que en el fondo cumplen la tarea tan sólo de distraer: son nuevos paliativos que pretenden entretener el descontento de los pueblos.
Pero a la par, en los sótanos, en las catacumbas de la sociedad, los pueblos están produciendo ese teatro trascendente que siempre se ha hecho, aunque algunas veces más sumergido que en otras.
No se necesita buscar mucho para encontrarlo ni tener muchos conocimientos para poder incorporarse a esas propuestas. Pero si es necesario no llegar desarmado. Ya se terminaron los tiempos en que la improvisación, producto de la falta de conocimiento, era una disculpa que podía ser suplida por el voluntarismo.
Para poder despertar a amplios sectores de la enajenación televisiva, del engaño de cascarita producido por la saturación de elementos técnicos, se requiere una profunda formación artística, un manejo profesional de los conocimientos teatrales (más allá de que estos se adquieran en las escuelas o de manera didáctica). Pero también se necesita un conocimiento científico de las ciencias sociales.
Cuando empecé a ver teatro, el pueblo aplaudía a aquellos que con mucha voluntad se subían a un escenario y suplían sus carencias con ingenio. Más allá de que todo se vale en la orfandad de un país como México, donde hay tantas desigualdades, los teatristas deben de esforzarse diariamente para manejar mejor sus herramientas de trabajo.
En la actualidad en México, hay cientos de grupos integrados por gente que maneja muy bien los elementos técnicos. Especialmente jóvenes.
A ellos, desde la butaca del espectador, los invito, a que analicen la responsabilidad que asumen al subirse a un escenario, para que asuman de manera consecuente su tiempo.
Para ello no tienen que abandonar la hermosa trinchera del teatro, como lo tuvieron que hacer otros que abriendo el camino, para ser consecuentes, tuvieron que “campechanear” o dedicarse a otras tareas necesarias.
La manera más plena y más eficiente de ser trascendentes es desde las trincheras que nos gustan, desde aquellas donde queremos “profesar” nuestra profesión (lo escribo así aunque parezca una redundancia). Ahora es cuando el teatro está “volviendo por sus reales”, no permitamos que tanta energía, tanto conocimiento, tanta voluntad juvenil se desvíe de su obligación histórica.
Teatristas ¡a los escenarios!, pero a realizar un teatro trascendente, consecuente con su tiempo y respetando a su público.