Y [nunca] vivieron felices para siempre

por Corina Rueda Borrero

Los últimos dos años de mi vida han estado repletos de aprendizajes, y creo que el mejor fue empezar a quererme más a mí de lo que puedo llegar a querer a alguien más. Por más que nuestra sociedad se esfuerce en decirnos que debemos dar todo por el todo cuando de amor se trata —porque «para eso es que las mujeres fuimos creadas: para amar»—, esto no deja de provocarme angustia por lo sumamente agobiante que puede resultar. No entiendo por qué el hecho de despojarnos de nosotras mismas debería traducirse en felicidad.

Y es que además tenemos muchos estímulos a nuestro alrededor que impulsan esta conducta. Desde que somos niñas somos dopadas por cuentos de hadas en donde el propósito es encontrar al príncipe azul y en los que las mujeres dejan todo por irse con el hombre de sus sueños, mientras que a esos mismos hombres se les enseña que para conseguir a cualquier mujer solo deben esforzarse lo suficiente, sin importar si ella así lo desee o no. El que persevera alcanza y si deben enfrentarse a dragones y matarlos, lo hará, porque aparentemente la violencia es una solución fascinante para llegar al corazón de la amada.

En resumidas cuentas, por una parte tenemos a quien se deja llevar para escapar de la tiranía del hogar que ha conocido hasta el momento, y por otro, a quien cree que porque se esforzó mucho merece una recompensa. Talvez esto no es tan obvio a primera vista, pero díganme, ¿qué tan frecuente se han topado con la típica escena del macho alfa violento que cree que los celos desmedidos y la «sobreprotección» es una muestra de lo mucho que ama? Por tratar de justificarnos a nosotros mismos la conducta de nuestra pareja a veces llegamos a perdonar lo imperdonable «en nombre del amor» y hemos romantizado conductas sumamente peligrosas, confundiéndolas con muestras tangibles de afecto.

Nos enseñan que el amor todo lo puede y que todo lo perdona, que sufrir por amor es grandioso y que incluso merecemos medallas por hacerlo. Que si amamos lo suficiente talvez ese hombre que nos hace llorar hasta secarnos el rostro cambiará, que solo debemos esforzarnos para que eso ocurra.

En ningún momento desde que somos niñas, ni en la adolescencia, y ni siquiera cuando somos adultas, nos dicen que las parejas pueden tener problemas. «¿Cómo es posible tener problemas si el amor lo resuelve todo?», nos dicen. Y es ahí cuando tomamos lo que queda de nosotras mismas y, por más enfermizo que sea, creemos que podemos dar más y hacer que funcione porque en esta sociedad, en donde no nos enseñan a amar bien, también nos hacen creer que cuando «el amor no es suficiente» y terminamos una relación, somos un fracaso.

Me pregunto, entonces, qué queda por hacer; cómo miramos hacia el frente y caminamos con optimismo frente al amor sin pensar que somos un fracaso o que debemos encontrar a toda costa un príncipe azul para ser felices. Para mí, aunque suene sumamente obvio y después de haber leído y estudiado las conductas que florecen del amor sentimental, la respuesta siempre ha estado en nosotras mismas, en aprender a querernos mejor, darnos mucho amor propio, darnos nuestro lugar y dejar de ser violentas con nosotras mismas.

Desaprender lo que desde niñas nos han metido en la cabeza es sumamente complicado, pero un primer paso es saber que somos más que esa «princesita» que debe ser rescatada y darlo todo por amor. En realidad, somos humanas fuertes y con capacidad una capacidad transformadora que debe iniciar desde adentro.

Fuente: CasiLiteral
https://casiliteral.com

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