Sobre la situación nacional ¿Y ahora qué hacemos…?

César Antonio Estrada M.

Hace años, cuando le ocurría alguna eventualidad, la gente con ingenio se preguntaba “¿y ahora qué hacemos…?” y se respondía jocosamente: “¡pan y vendemos!”. La misma pregunta nos podemos formular en estos días en Guatemala, aunque la respuesta no pueda ser graciosa ni tomada a la ligera. El gobierno de J. Morales, la casta política que le rodea y sus patronos están regresando el país a la época oscura y represiva en la que casi siempre ha estado. No les bastó echar a Iván Velásquez; entre todos los enredos de los sabiondos abogados, prácticamente se han deshecho de la Cicig, desobedecen flagrantemente los fallos de la Corte de Constitucionalidad con la complicidad del Ministerio Público, y ahora quieren aprobar una ley para exculpar o liberar a los criminales de lesa humanidad, y pretenden desaparecer la Coordinadora Nacional para la reducción de desastres (Conred) para crear un órgano que dependerá del ejército como si estuviéramos en tiempos de los represivos gobiernos militares de décadas pasadas que se apoderaron del aparato estatal. Es como si los años de terrorismo de Estado desde 1954, como si la guerra contrainsurgente y el genocidio, como si la firma de la paz en 1996 y las manifestaciones en “la plaza” desde 2015 nunca hubieran ocurrido o hubieran sido una especie de sueño colectivo. La población, la ciudadanía (si es que realmente somos ciudadanos), la sociedad civil, está impotente e inerme ante este Estado oligárquico, paramilitar, reaccionario y excluyente.

Por si fuera poco, esa perversa alianza de politiqueros, funcionarios, diputados, abogados, militares y prominentes empresarios mafiosos, el llamado pacto de corruptos, se aprovechará de un poderoso distractor pues nuevamente llegó la hora del sainete de las elecciones, con todos los llamados, ahora sí, dicen, de votar concienzudamente para elegir a los próximos administradores o gerentes de este gran negocio o finca con aspiraciones de país. Como de costumbre, los partidos que defienden el statu quo, que están al servicio del poder económico tradicional o emergente, de la explotación y de la exclusión, llevan las de ganar por sus recursos materiales y por la escasa formación política de los votantes. Lamentablemente, la izquierda electoral y las posiciones moderadas del centro no logran levantar vuelo ni unirse. Acaso la esperanza resida en los pueblos indígenas y campesinos cuyos movimientos políticos pueden irse fortaleciendo y atrayendo la atención y la adhesión de las poblaciones urbanas y de clase media.

Y entonces, los hombres y mujeres de a pie, hoy que parece que se cierran las puertas que conducen a un país donde todos podamos vivir una vida digna y no simplemente sobrevivir, donde el autoritarismo, los abusos y el expolio den lugar a una auténtica democracia participativa y popular, ¿qué hacemos? Difícil responder, pero me animo a decir que en este sistema económico-social y político en que nos encontramos, las elecciones no son la salida; en todo caso nos servirán para evitar que lleguen a los poderes gubernamentales siniestros personajes que sólo empeoren las cosas. Con miras a más largo plazo pero que nos pueden conducir a fundar un Estado y una Nación que respondan a nuestra gente, habría que seguir la labor ideológica, educativa, con una práctica consecuente, que ayude a tomar conciencia de nuestra situación con el fin de superarla, y tratar de organizarnos social y políticamente, y tender puentes con los pueblos indígenas, el campesinado y la población desprotegida. Por allí podría estar la salida del lóbrego túnel en que desde sus orígenes transita la historia de nuestra violentada Guatemala.

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