Los términos de la libertad de expresión

Antonio Lorca Siero
Rebelión

Pudiera resultar paradójico decir que en la época del progreso tecnológico incontenido, de los derechos humanos crecientes y de un conglomerado de ilusiones más, la libertad de expresión no existe, porque no sería exacto. Sabido es que para alabar a quien se sienta afectado por su libre ejercicio, esta forma de practicar la libertad no tiene límites, mientras que para criticarle, la cosa se complica. Por lo que en este caso el cacareado progreso, si se desciende a la arena de la realidad, por un lado, puede ser que avance —en lo que se refiere a la tecnología—, mientras que, por otro —en lo que afecta a la civilización no prefabricada—, está detenido, y a ratos caminando hacia atrás.

Para examinar los términos en los que se hace posible practicar la libertad de expresión hay que echar un vistazo al tema desde el punto de vista de dos posiciones sociales clásicas: las elites del poder político y las masas gobernadas.

Los que ejercen el poder apenas tienen problemas con la libertad de expresión de los individuos, porque si surgen, pronto dejan de serlo, ya que para resolverlos cuentan con el instrumental de la censura, siempre vigente, pese al mito de la libertad que flota en el ambiente. No se emplea con la misma intensidad, ya que se mueve conforme a las necesidades del momento; si la cosa puede resultar preocupante, se torna enérgica, y si solo es meramente anecdótica, pasa a ser laxa, para que pueda decirse que eso de la libertad es algo más que simple publicidad. Cuando el tema toca los planteamientos básicos del poder, se acude a las leyes represivas para que rueden cabezas. Lo habitual es que si se emplea la censura para imponer la ley del silencio, basta con colocar la mordaza a cuanto pretenda difundirse en términos que contraríen la doctrina del grupo que a la sazón ejerce el poder. Para declarar la vigencia del mito de la libertad de expresión algunas veces no es preciso acudir a la censura, basta con hacer uso del silencio para con el contestatario. Es el caso de los francotiradores, a los que si se les cortan los cauces de expresión, si se consigue que nadie les escuche, a base establecer cotos cerrados para la opinión y zancadillas para la difusión, ya no hay problema. Si se escapan de control o hay interés en ejemplarizar, los gobernantes echan mano de las leyes e incluso, cuando se contravienen los intereses doctrinales acuden a la sanción penal. Finalmente, si el asunto les desborda abiertamente, no dudan en perpetrar un crimen de Estado —ejemplos palmarios de este último recurso para silenciar la libertad de expresión los hay, basta con que quieran verse—. Tales crímenes se tratan de cometer con suma discreción, a cobijo de la propaganda y de la publicidad, y pretenden justificarse en base al peso del dinero y los intereses políticos. En suma, la libertad de expresión es una realidad formal siempre presente y permanentemente ausente en lo esencial, condicionada a seguir los mandatos de la doctrina oficial.

En el caso de que los protagonistas de la contralibertad de hablar se encuentren entre las masas, los ataques frente a la libertad de expresarse vienen desde los individuos o los grupos de intereses pidiendo amparo al poder porque se ha ofendido su honor, su dignidad o su buen nombre. Entonces se aplica la justa represión —la cárcel, las multas, las indemnizaciones, las injusticias, el ostracismo moderno,…— , simplemente por expresar alguien lo que piensa. Incluso parece intuirse que a lo que se aspira con la represión no es restablecer el imaginario y trasnochado derecho al honor de la víctima, sino a imponer el pensamiento acrítico por decreto, si se desliza al margen de la doctrina oficial. Así el ofendido ve restablecido su honor desde la venganza y se siente satisfecho, porque al culpable se le ha metido en prisión por ofenderle o se le ha dado un escarmiento, a menudo simplemente por opinar sobre el mundo y sus personajes. Se habla del honor, pero el honor no está en lo que piensan los otros, sino en uno mismo, en su propia convicción, lo otro es apariencia. Los demás son libres de pensar y de decir lo que quieran; si dicen que digan, aunque pudiera ser que no dijeran, en todo caso ese sería su problema. No hay ofensa si nadie se da por ofendido, y aún así, las ofensas son como el humo, porque se las lleva el viento, y solo permanecen en aquellas mentes donde anida permanentemente el resentimiento, la envidia y el ánimo de venganza. En consecuencia, para la particularidad, la libertad de expresión suele ser entendida como un derecho que permite opinar sin limitaciones, en general de los otros, pero pasa a ser una prohibición si la de los otros afectada desfavorablemente a su propia sensibilidad.

A pesar de lo que digan los entendidos —que hay muchos, variados y sabios— las palabras son inofensivas por sí mismas porque no tienen vida propia ni portan el germen de la violencia, simplemente son instrumentos que transmiten ideas, poca cosa más. Decir se puede decir, pero no basta con decir, se trata de hacer, que es algo más palpable y real. En caso contrario la palabra oral o escrita queda flotando en el aire como parte de la contaminación ambiental que afecta a la existencia. Y así resulta que, pese a lo que diga la doctrina oficial, no hay apología del mal ni del bien ni calumnia ni injuria ni mentira ni odio, solo debilidad mental del que se siente ofendido, porque no tiene en cuenta que se trata de simples palabras. La violencia solo reside en el espíritu de quien se siente violento y permanece dispuesta para utilizarla como disculpa para ejercer su propia forma de violencia. En el caso del poder, la mordaza o la pena son simples actos de venganza contra el crítico del sistema y, en los demás afectados, se trata de la misma venganza, pero en esta ocasión no por razones políticas, sino por no haber sido alabados. Lo que no pasa de ser un sentimiento, y allá cada uno con sus cosas y sus credos.

Lo trascendente es que cuando falla la libertad de expresión o se ponen obstáculos para exteriorizar las impresiones individuales, al final resulta que no hay crítica, y sin ella no cabe progreso real. Si no hay posibilidad de opinar, se encierra al individuo en su individualidad, se cultiva la hipocresía como valor social y se fomenta la apariencia confundida como exponente de civilización. Opinar no siempre es cantar las virtudes, sino trasladar al otro lado las impresiones razonadas del individuo, por lo que privar de la opinión supone retornar al oscuro pasado de la humanidad. Sin embargo, el hecho es que hablar en términos de opinión ha quedado reducido a invitar a expresarse en línea con la apariencia dominante, con lo que parece ser que la única vía que se ofrece es no opinar, no decir nada, o seguir los mandatos de la doctrina oficial sin rechistar y dedicarse a los complacientes ecos de sociedad.

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