Ciber-Lenin

Enrique Cano
Jorge León Casero
Profesores de Ingeniería Mecánica y de Filosofía. Universidad de Zaragoza.

Tal y como intentamos mostrar en nuestra anterior entrada en el blog “Karl Marx, técnico de la diferencia”, la base de la política y el potencial revolucionario del marxismo materialista debería ser buscado en la capacidad de control y manejo de las dos principales palancas susceptibles de incrementar exponencialmente la producción de (plus)valor de uso mediante la introducción de innovaciones diferenciales: la tecnología y la cooperación social. A este respecto, la cibernética constituye precisamente la unión más integrada de ambas producida hasta la fecha, razón por la cual se ha transformado rápidamente en el nuevo ámbito hacia el que se están desplazando progresivamente todas las disciplinas tradicionales relacionadas con el poder tales como las instituciones militares, políticas, jurídicas y financieras, las ciencias experimentales, la administración, el poder médico, la logística de transportes y –aunque en mucha menor medida– también la ideología política de izquierda, si bien en este último caso suele ser acusada de ingenuidad tecno-optimista desde sus propias filas cada vez que intenta hablar de cibersoviets, cibermarxismo o cibercomunismo. Lejos de asumir una posición tecno-optimista que considere la cibernética como la realización en la tierra del paraíso comunista, el presente artículo se limita a considerarla uno de los ámbitos primordiales en la lucha de clases por la conquista del poder, situándola al mismo nivel de importancia estratégica en el que el leninismo situó la toma del Estado.


LA INTELECTUALIDAD LENINISTA EN DECLIVE

Comparado con la vigencia y fecundidad que la obra de Marx continua teniendo en la actualidad, el pensamiento de Lenin parece que ha quedado definitivamente obsoleto. Después de un último intento de actualización de su pensamiento a la situación propia de las décadas de los sesenta y setenta del pasado siglo por parte de pensadores como Mario Tronti, Louis Althusser o Antonio Negri, la mayor parte de menciones a su obra han sido realizadas desde una óptica puramente histórica, cuando no desde posiciones academicistas más propias de un intento de salvar la figura tradicional del intelectual humanista de izquierdas que de una verdadera apuesta de reactualización de su pensamiento.

Propia de esta última tendencia han sido los cuatro libros dedicados a Lenin por el actual gurú massmediático de la filosofía sociosimbólica, Slavoj Žižek: A propósito de Lenin (2003), Repetir Lenin (2004), Lenin reactivado (2010) y Lenin 2017. En todos ellos el punto clave de la cuestión radica en realizar una defensa de la Verdad –por supuesto concebida desde posiciones lacanianas– como punto desde el cual poder oponerse a cualquier forma de multi-culturalismo y/o populismo, hasta el punto de llegar a afirmar que “la mera insistencia en un aperturismo multicultural es la forma más capciosa de lucha contra la clase trabajadora” y que cualquier tipo de populismo “esconde, en última instancia, una tendencia protofascista a largo plazo”. Frente a ellos, la lucha de clases entendida en su forma más tradicional sería la única capaz de proponer un grupo social en particular como agente político privilegiado. Esto es, un “singular universal” capaz de liderar la revolución.

Lo que no deberíamos perder de vista en esta supuesta recuperación del leninismo es precisamente lo que más falta: Cualquier tipo de análisis técnico, material, socio-laboral, económico y jurídico-administrativo que permita identificar el (o los) sujeto(s) que puedan tener una mayor eficacia en la lucha contra el régimen que supuestamente se desea derribar.

Los intentos de recuperación del leninismo realizado en las últimas décadas reproducen un modelo completamente obsoleto de revolucionario propio de una ideología humanística decimonónica agotada.

EL LENINISMO CIBERNÉTICO EN EL HORIZONTE

Según el padre de la cibernética de segundo orden Heinz von Foerster, esta última no sería una técnica neutra a disposición de cualquier tipo de ideología política que pretendiera utilizarla, sino que implicaría un “mandato ético” ineludible consistente en “actuar siempre para aumentar el número de alternativas”. Concretamente, von Foerster explicita cuatro principios generales necesarios para cualquier tipo de organización social y/o administrativa que pretenda utilizar sistemas cibernéticos como su plataforma o infraestructura de control y comunicación: 1. Las jerarquías son esqueletos inapropiados, 2. Importancia creciente de la flexibilidad y la adaptación, 3. Limitada capacidad de control del sistema, y, 4. Imposibilidad de que esta capacidad limitada de dirección del sistema pueda ser realizada desde un único centro soberano, quedando únicamente la posibilidad de una multiplicidad de centros “catalizadores y cultivadores de un sistema auto-organizador en un contexto en evolución”. Como horizonte o límite de sentido de la cibernética afirma entonces que “en un sistema administrativo auto-organizador, cada participante es también un administrador del sistema”.

A primera vista, estas características de participación, flexibilidad y multiplicidad se nos presentan completamente contradictorias tanto con la concepción centralista del Partido leninista como con el programa propuesto por Lenin en sus famosas Tesis de Abril, lo cual es completamente cierto. Desde luego, cualquier propuesta de definición del ciberleninismo realizada como un simple Repetir Lenin está condenada al fracaso, pues tanto la tecnología como la forma de cooperación social hegemónicas en la actualidad ya no tienen absolutamente nada que ver con aquellas analizadas por Lenin hace más de un siglo, y a partir de las cuales definió tanto el objetivo a tomar (el Estado), como el sujeto (el proletariado) y la herramienta (el Partido) necesaria para hacerlo, así como el programa inmediato de acción (las Tesis de Abril). O lo que es lo mismo, el centralismo no es un elemento ineludible, “esencial” o a priori en la teoría leninista. No existen a prioris en la teoría leninista. Existe análisis concreto de la situación concreta, identificación de los centros neurálgicos del poder –es decir, de los ámbitos desde los que se puede controlar las palancas con las que incrementar exponencialmente la producción de plusvalor–, e identificación del sujeto y la organización necesarias para poder tomarlos. En otras palabras, el centralismo del Partido era subsidiario del centralismo del Estado. Quien quisiera poder utilizar el Estado en todo su potencial tenía que adaptarse a su modo de funcionamiento centralizado y burocrático.

La cibernética aúna las dos principales palancas existentes con las que incrementar exponencialmente la producción de plusvalor antagónico: la tecnología y la cooperación social.

A finales del siglo XIX, cuando la tecnología mecánica impuso el sistema industrial como paradigma hegemónico de la producción, el espacio de cooperación-social predominante fue la fábrica, y su producción subjetiva el obrero-masa. Por su parte el Estado centralizaba en una única instancia de poder la capacidad de regular absolutamente todos los ámbitos necesarios para la producción: la propiedad, los transportes, el comercio exterior, las finanzas, e incluso los cuerpos de los trabajadores.

A comienzos del siglo XXI, la principal tecnología hegemónica de producción –aquella capaz de lograr incrementos exponenciales de plusvalor con la introducción de mínimas diferencias en su sistema– es la cibernética. Ello conlleva que el espacio de cooperación-social predominante ya no sea la fábrica, sino la red o rizoma de interconexiones que configuran Inter-net, y su producción subjetiva predominante lo que Antonio Negri denominó “multitud”. Como consecuencia, en la actualidad no existe ya un centro unitario de poder –no existe arché de la política– sino que el poder como capacidad de acción efectiva ha sido diseminado en un entramado de gobernanzas público-privados infra- (administraciones públicas, empresas privadas, asociaciones comunes) y supra- (Unión Europea, FMI, Banco Mundial, BCE, Reserva Federal, OMS, ONU, OTAN, Tribunal de la Haya…) estatales, cuya capacidad de acción individual en el sistema no es ni con mucho parecida a la de los antiguos Estados-nación de hace un siglo. En esta situación, el leninismo ha de ser reconvertido en ciberleninismo.

Ahora bien, a diferencia del análisis realizado por Negri, el ciberleninismo no reconoce un proletariado inmaterial homogéneo sin vanguardia, ni un General Intellect sin centros neurálgicos de subjetivación política. En una sociedad tecnológica, existe una vanguardia de personas que tienen conocimientos técnicos avanzados y que no por ello son jerárquicamente superiores a la multitud que conforma el proletariado material e inmaterial. Ningún tipo de Tecnocracia o Tecnoestructura como la descrita por Mumford es posible en el ciberleninismo. El mismo prefijo “ciber” está en contra de ello. La vanguardia ciberleninista es inmanente a la multitud y constituye sus diferenciales o “micropliegues” estratégicos. Es decir, aquellos a través de los cuales la cooperación social propia de los movimientos sociales puede funcionar como una palanca de incrementación exponencial del plusvalor antagónico. Sin ellos la palanca pierde radio de acción y se vuelve ineficiente. El postulado Soviets + Electrificación debe ser reconvertido en Movimientos Sociales + Cibernética.

Del mismo modo que antes de Lenin existían revolucionarios aislados como Netchaiev o Kaliayev que empleaban la violencia terrorista sin una organización ni un programa estratégico común frente al poder hegemónico, hasta el presente únicamente han existido algunos grupos de hacktivistas como Andrew Weed, Jeremy Hammond o Barrett Brown brutalmente reprimidos por los Estados Unidos durante las conocidas como the hacker wars. En un momento en que la mayor parte de los programadores informáticos son instantáneamente reclutados por Estados y empresas privadas antes de que terminen siquiera su formación universitaria e Internet está comenzando a militarizarse abiertamente, la única disidencia cibernética posible ha sido reducida a una nueva disyuntiva: Ciberleninismo, o ciberdelincuencia.

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