Samir Amin: camarada en la lucha

Immanuel Wallerstein
Conocí por primera vez a Samir a principios de la década de 1960. Había leído sus primeras obras, y me habían llamado la atención.

Caminaba por Dakar y le pregunté si podíamos reunirnos. No creo que supiera quién era yo o que hubiera leído alguno de mis textos.

No obstante, con amabilidad me invitó a cenar con él. Muy pocos de sus admiradores en todo el mundo mencionan siquiera su amabilidad. Para mí, este es uno de los elementos claves de su personalidad.

Tan pronto comenzamos, nos dimos cuenta de lo cercanas que eran nuestras visiones. Ambos creíamos que vivíamos en un mundo capitalista. Y sentíamos que debíamos organizarnos para destruirlo. Ambos creíamos que el pensamiento marxista seguía siendo algo esencial. Pero pensábamos que no era un dogma y que debía actualizarse.

Poco tiempo después conocí a Gunder Frank. Había leído mi borrador de lo que después sería el volumen uno de El moderno sistema-mundo. Fue muy entusiasta y ofreció escribir una reseña para su publicación. Luego conocí a Giovanni Arrighi y descubrí que él también compartía nuestros puntos de vista.

Giovanni, Gunder, Samir y yo nos convertimos entonces en la Banda de los cuatro. Escribimos dos libros juntos en un formato especial.

Cada libro constó de cuatro capítulos individuales, en los que compartimos nuestras visiones sobre el asunto central. Los libros tenían una introducción común que relacionaba las premisas que compartíamos. Había también una conclusión común que indicaba nuestras diferencias.

La intención era mostrar que concordábamos en algo importante. Yo diría que en 80 por ciento del todo. Al abordar nuestras diferencias había varias alineaciones en todas las cuestiones. Samir y yo concordábamos en la mayoría.

Samir y yo nos mantuvimos en estrecho contacto durante los años subsecuentes. Vivía en los aviones dando la vuelta al mundo. No tenía yo su energía, pero me mantuve siendo su camarada en la lucha.

Sólo hay una lucha. Debemos transformar el mundo.

Traducción: Ramón Vera-Herrera

© Immanuel Wallerstein

La Jornada

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