Restituir el valor a la vida

Jairo Alarcón

Para el humano, saber que está vivo, lo hace distinto a las demás especies del planeta.
La vida ha surgido en la faz de la Tierra tras un largo proceso evolutivo, hace más de cuatro mil millones de años. Complejos procesos de síntesis dieron paso de lo inorgánico a lo orgánico y con ello a la magia que esta representa. Microorganismos posibilitaron la aparición de los grandes reptiles y de estos surgieron los mamíferos, animales de sangre caliente, y con ellos, el Homo Sapiens.

Las condiciones gravitacionales permitieron que lo seres vivos surgieran y se consolidaran en multitud de formas y especies y dentro de estos, los seres humanos, como la variedad más tardía y desarrollada de la evolución.

De tal forma que la vida adquiere conciencia en el humano, ese saber que se sabe que está vivo lo hace distinto a las demás especies del planeta. Pero estar conscientes de la vida, también lo hace de la muerte.

Saber que se está vivo y que se puede estar muerto hace que la existencia humana cobre especial relevancia. No obstante, muchas personas que no se asumen como humanos, tienen un total desprecio por la vida. Para estos la vida representa muy poco y quitarla, nada. Por alguna razón en el ascenso a lo humano, la violencia los ha acompañado desde sus inicios. De ahí que muchas culturas han difundido el culto a la muerte y no a la vida.

Muchas religiones se establecen sobre rituales de muerte y no de vida; en donde al creador o a los creadores, luego de un agravio, se les contenta con sacrificios, cuyo pago es la vida. Así, esta se constituye en el valor máximo de la creación, o ¿será la muerte? Pese a ello, la vida continúa expandiendo sus innumerables formas y colorido, imponiéndose a la nada.

La Tierra sería un planeta lúgubre y desolado sin la vida, si no se hubiera impuesto el ser a la nada. Su grandeza cobra sentido con la aparición de los humanos, son estos los que hablan por ella, los que expresan su colorido. Es el ser altamente organizado que emergió y con él la conciencia, he ahí su importancia.

Una cultura de vida se construye por medio de restituir su importancia en el horizonte cultural de las sociedades, enseñando que por ninguna razón se debe quitar la vida a un semejante, a no ser en situaciones límites. La sentencia bíblica de que el que a hierro mata a hierro muere debe quedar en el olvido a partir del respeto a la vida. El desprecio a la vida se manifiesta en sociedades enfermas que, incapaces de resolver sus problemas con inteligencia, recurren a las prácticas de la muerte.

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