Que el miedo no nos paralice

Por Crosby Girón
El miedo que tiene paralizados a muchos no sólo en Estados Unidos sino en todo el continente provoca, desde cierta perspectiva, una grima incómoda. No hay nada nuevo bajo el sol. De hecho, el electo presidente norteamericano, Donald Trump, aún no lleva a cabo ninguna acción gubernamental oficialmente pero el miedo ha cundido implacablemente. Pero el horror ha estado allí desde hace décadas:: el capitalismo neoliberal no nació ayer.

Las terribles amenazas que hoy asoman a la conciencia de minorías parece develarse ante sus ojos y experimentan la parálisis de quien se siente engañado: Estados Unidos era el país de la libertad. Pero la otra cara del mismo miedo debe verse en los electores de Trump: estadounidenses blancos de ingresos medios o bajos, cuyos niveles de escolaridad son precarios, es decir, otro estrato de las víctimas de este sistema que a todos convierte en objetos intercambiables. ¿Cómo se puede explicar ese miedo? Precisamente porque ese estrato cree que los migrantes latinos les han quitado lo que debería pertenecerles. Quizá sea un miedo absurdo, pero miedo al fin…

No debe olvidarse que la sociedad norteamericana es, en términos generales, bastante conservadora: hasta la fecha muchos creen que el mundo fue creado en una semana y hay millones de personas que esperan la segunda venida de el “Mesías”. En su seno ocurre un fenómeno sui géneris: grupos que defienden ideas de supremacía racial que odian al movimiento feminista y defienden hasta la muerte el derecho a portar armas. Ese odio borreguil, por lo visto, constituye un serio peligro y es altamente manipulable.

En América Latina, por su parte, se han consolidado oligarquías blancas que durante décadas han subyugado a las mayorías empobrecidas. Sus lacayos han sido ejércitos cuyas políticas contrainsurgentes son la herencia directa del poder imperialista norteamericano. Si ayer el gran peligro era el comunismo, hoy se aprestan a vender la idea de que el populismo es el gran enemigo de la libertad. Los llamados “monopolios de la verdad” son capaces de hacer creer cualquier disparate a los racistas: una despiadada batalla por el sentido del mundo se libra en los medios de comunicación.

Para quienes aún resisten, cualquier resquicio de una lógica que pone la vida al centro de la cuestión, se transforma en formas de esperanza. Para quienes aún piensan que la toma del poder estatal-gubernamental es el único horizonte político, llevan en sus manos las palas que cavarán la tumba de aquella esperanza: la izquierda global parece haber perdido el rumbo. La democracia, vaciada de contenido, navega en el océano del capitalismo neoliberal como una bandera falsa. El pluralismo y su falsedad, deberían ser el nuevo nombre para los que legitiman la trampa: los conservadores de izquierda.

El progreso desde la mirada benjaminiana, corre espantosamente cual ciega locomotora, y los desesperados gritos de la resistencia no encuentran, entre el caos, el freno: porque parece estar roto. Es la fiesta neoliberal. Todos quieren su trozo de pastel. Tragar, tragar, tragar. Nadie renunciará a su estilo de vida o a su estatus: es la cultura de la humanidad dogmatizada en las mercancías. Se dogmatiza para aceptar que la democracia es la aceptación de las decisiones que una pequeña elite toma.

¿En qué consisten esas decisiones unívocas? Sencillamente en imponer sus intereses que no son otra cosa que maximizar sus beneficios. No soltar sus privilegios aunque el planeta se vaya al carajo.

Llego aquí al centro de este planteamiento: estamos en manos de elites altamente peligrosas. Noam Chomsky lo dice sin ambagues: “el Partido Republicano es la organización más peligrosa que ha existido en la historia humana”. Pero dice más: “Sus políticas conducirán a la destrucción de la especie”. Lo que quizá no dirá Chomsky es que el Partido Demócrata es la cara izquierda de esa moneda, en tanto que imperio. Es decir, es su correlato.

Diversos intelectuales han advertido y lo seguirán haciendo. ¿Pero qué importancia tienen los intelectuales hoy día? ¿Acaso han sido inmunizados de tal manera que sus criterios son como metales que tañen en la sordera del mundo?

Estoy convencido de que comparar a Trump con Hitler es una ligereza. Sin duda alguna es un canalla, y un oportunista peligroso, como se le ha señalado. Pero lo más peligroso es la renovación del fascismo, lo cual retrotrae a la humanidad un siglo hacia atrás y reactiva los extremismos ideológicos. En el planeta las elites nacionales que concentran la riqueza no superan el centenar de individuos. Insisto: esto no ocurrió de la noche a la mañana, ha sido un proceso.

¿Es posible la emancipación en semejante panorama? Transformación social planetaria o extinción.

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