Ciclos económicos globales

eeuuLeón Bendesky
El Banco Mundial publicó hace unos días un informe sobre la economía global en transición. Huelga decir que la economía siempre está en transición por distintos y variados motivos. Pero el caso es que en ese constante paso de un modo al otro, los países que en una época solían llamarse subdesarrollados y que ahora de manera políticamente más correcta se conocen como emergentes, no logran fraguar un proceso de desarrollo sostenible.

Hay, ciertamente, algunos casos de éxito que tienen que ver con cuestiones que van más allá de las meras fuerzas económicas o de la lucidez de las políticas públicas y se vinculan, en cambio, con las relaciones geopolíticas que surgen de modo periódico. El caso de Corea en la segunda mitad del siglo XX es una referencia posible.

El informe argumenta que las economías emergentes destacaron como generadoras de crecimiento económico a escala global, pero que ahora las perspectivas de expansión vuelven a reducirse debido a un nuevo ciclo en el que caen los precios de los productos primarios, se restringe la demanda de las exportaciones y se tiene en la mira un cambio en las condiciones monetarias y su impacto adverso en las corrientes de los capitales.

La descripción del informe del Banco Mundial es exhaustiva. Lo que destaca, sin embargo, es el permanente flujo de la marea económica, el cual hace que en ocasiones algunos predigan que lo que podríamos llamar como la huida al crecimiento, la generación de riqueza y la superación de la pobreza extrema y la desigualdad esté al alcance. Una predicción que no se realiza y que mantiene a la teoría del crecimiento económico es un estado de zozobra continua.

Apenas hace unos años se preveía que Brasil se convertiría en una potencia global, que la clase media se fortalecía y que el país iba firmemente en la vía del desarrollo. Hoy, Brasil exhibe los mismos procesos que ocurren de manera cíclica en toda la región: el producto cae de modo significativo, la moneda se deprecia, el crédito se encarece y la población se empobrece en un escenario de mayor desigualdad. Y no pueden dejarse de lado los casos de corrupción que cubren tanto al gobierno como al sector privado. Nada nuevo, podría decir un cínico sin mucha equivocación.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) revisó a la baja (¡como no!) el pronóstico de crecimiento del PIB para la región en 2015 a apenas uno por ciento. A escala subregional se proyectan crecimientos de casi cero en América del sur, 3.2 para México y Centroamérica y 1.9 en el Caribe.

Año tras año los organismos internacionales, FMI, Banco Mundial, Naciones Unidas, OCDE y demás, ofrecen este tipo de análisis, que muestran un estancamiento de la forma de pensar equivalente al estancamiento crónico de las economía que describen.

A la larga debe ser, sin duda, una chamba frustrante, que además se reproduce de modo endogámico, pues discuten entre los expertos que han conducido las políticas económicas en los países de la región (ver el informe de la Conferencia de Alto Nivel sobre América Latina del FMI, 1/615). La esencia de los procesos de crecimiento y las fuerzas que lo impulsan y lo concentran entre países y al interior de los mismos están en otra parte.

En el informe sobre la transición en la economía global hay puntos de interés. El Banco Mundial considera que estamos frente a una «desaceleración estructural» –otro término para indicar la recurrencia de las trabas al crecimiento. Esto se debe a la reducción de la demanda de importaciones en los países más ricos; para el caso de México se trata del mercado estadunidense. Pero la cuestión se centra, según ese texto, en la incapacidad de acrecentar la productividad general en la economía.

Los analistas del banco apuntan a que esto se debe a la prevalencia desde 2009 de bajas tasas de interés asociadas con la fuerte expansión monetaria aplicada por la Reserva Federal y a lo que se sumó el alto precio de los bienes primarios (los commodities) que encubrieron la falta de productividad. Otra vez en el caso de México, esto hoy queda expuesto en la brusca caída del precio del petróleo y su impacto adverso en los ingresos del gobierno. En este entorno, Pemex sigue cediendo al gobierno casi 90 por cierto de sus excedentes, haciéndola prácticamente una empresa incapaz de funcionar en el entorno de competencia abierto por la reforma energética. Y quedan las repercusiones del alza de las tasas de interés en Estados Unidos, que provocará, según ya nos han advertido el banco central y Hacienda, una fuerte volatilidad financiera.

El informe insiste en la orientación que debe hacerse del gasto público reduciendo los subsidios para favorecer las inversiones productivas. Señala que las economías emergentes coartan la extensión y profundidad del sector manufacturero a niveles de ingreso o producto mucho menores que en otras etapas históricas de industrialización. Y proponen lo que se conoce como la «trampa de los ingresos medios», en la que las economías se estancan a niveles bajos de producto por habitante debido a la persistencia de «impedimentos estructurales». La lista de éstos es conocida en la agenda convencional: la regulación excesiva, escasez de infraestructura, el atraso educativo, la promoción de mayor competencia efectiva y los espacios para acrecentar el valor agregado de los servicios. De la estructura social y la concentración del poder político y económico no se habla. Hay ecos del Consenso de Washington que no está difunto, sino sólo disimulado.

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