Sal de tu área de confort, ¡atrévete a luchar!

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Gabriela Castillo Turcios.

Estamos hundidos en un ambiente de injusticia en el que, quien quiera alzar la voz, quien no esté de acuerdo con las políticas sucias y quien no siga el patrón establecido, se convierte automáticamente en un rebelde que hay que eliminar. Este rebelde tiene dos opciones, si es que se le da escoger. La primera es callarse y regresar, inmediatamente, a la sumisión y ser uno más del montón que viven bajo la suela del zapato de todos aquellos con el “poder” de controlar, a su gusto y gana, a la sociedad. La segunda es aferrarse a sus creencias y derecho de libre expresión para denunciar las injusticias que se viven en el país, y tarde o temprano acabar callado.

Este tema se ha convertido en algo redundante e incluso cliché, ya que no es nada nuevo y se sabe desde muchísimo tiempo atrás. Pero ¿hemos hecho algo en realidad significativo para cambiar esto?

Muchos de nosotros no hacemos más que permanecer sumisos y temerosos ante aquellos que abusan de su poder para promover o detener los movimientos que amenazan su posición tan privilegiada. Nos quedamos en casa, donde consideramos que estamos “seguros”. Otros deciden unirse y apoyar a las personas dispuestas a realizar un cambio, pero en cuanto se presentan problemas, muchos optan por retroceder y compadecerse de aquellos que se vieron dañados en su intento de denunciar las injusticias.

Recientemente asistí a una conferencia impartida por el Dr. Carlos Díaz, quien habló sobre la política y el cristianismo unidos, con el fin de incitar a los jóvenes a ser políticos, o simplemente ciudadanos, con una moral concreta y definida. Esto no necesariamente quiere decir ser devotos a algún tipo de religión. No es necesario pertenecer a determinada religión para ser ciudadanos conscientes y dispuestos a tener valores que permitan cumplir, de una manera correcta, nuestros deberes en la sociedad. Estos valores y moral deberían de estar también llenos de valentía, para que en nuestro actuar defendamos nuestro honor y denunciemos nuestras inconformidades con el sistema político que nos oprime y estanca nuestro desarrollo como país.

Con esto no quiero decir que no podemos temer. El temor, el miedo, el pánico, es algo inherente al ser humano. Ante situaciones peligrosas o amenazantes es normal que sintamos miedo, esto no es malo, siempre y cuando el miedo sea realmente ante una situación que nos rete.

Muchas personas temen sin ni siquiera estar actuando. El Dr. Carlos Díaz decía, que somos cobardes si las piernas nos tiemblan en nuestras casas. Estamos en todo nuestro derecho de sentir miedo y ese temblor en las piernas, cuando estamos realmente enfrentándonos al enemigo. Debemos agruparnos, alzar la voz, atrevernos a fracasar, y atrevernos a volverlo intentar. No debemos olvidar que somos nosotros los que, en un momento, les dimos cierto poder, a todas aquellas personas que ahora pisotean y abusan de la sociedad, con tal de defender sus intereses. Y somos nosotros los que nos podemos unir y hacer justicia. Que las piernas nos tiemblen donde nos tengan que temblar, no dentro de la seguridad y comodidad de nuestras casas. Hay que temer, fracasar, pero salir de nuestra área de confort y luchar por lo que merecemos, no dejarnos intimidar.

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