USAC: de mal en peor. ¡Hay que cambiar tanta putrefacción!

sfrPor María del Carmen Culajay –
mculajay621@gmail.com

Durante los peores años de la guerra el Ejército tenía como uno de sus puntos estratégicos (así como tenía, por ejemplo, el llamado Triángulo Ixil) a la Universidad de San Carlos de Guatemala. El objetivo declarado era, lisa y llanamente, golpear ese centro. En su lógica, la USAC era el semillero de guerrilleros, el lugar de formación ideológica de la izquierda nacional.

El objetivo, sin ningún lugar a dudas, se cumplió a cabalidad. En pocos años la represión desatada logró acallar a la universidad pública como bastión del pensamiento crítico. Matando o desapareciendo a cientos, miles de personas (catedráticos y estudiantes), o forzándolas a su exilio, en poco tiempo pudo desarticular todo ese fermento revolucionario que representó la USAC en las décadas del 60/70 del siglo pasado. Hoy día, algunas décadas después, se ven los efectos de esa estrategia.

La universidad pública va de mal en peor. Seguramente nunca se va a terminar de privatizar; o por lo menos, eso nunca se hará abiertamente, rematando el alma mater así como se hizo con otras empresas públicas (electricidad, telefonía, agua potable). El costo político de una medida de esa naturaleza ningún gobierno está dispuesto a soportarlo; pero no hay dudas que la casa de estudios superiores está “privatizada” en su esencia, en su filosofía. Si alguna vez fue un centro de pensamiento crítico y de propuestas alternativas para la solución de los grandes problemas nacionales, eso ha desaparecido. Si antes, en los años iniciales del conflicto, albergaba la casi totalidad de alumnos universitarios del país, hoy atiende a sólo el 70% de esa población (el 30% restante va hacia la casi docena de universidades privadas que ofrece el mercado de la educación superior).

Además, la privatización está en cada rincón de la USAC: parqueos privatizados, seguridad privatizada, post grados privatizados, ¿AEU privatizada?

Aunque sea muy duro decirlo así, toda la Tricentenaria vive un proceso de decadencia, de hundimiento que pareciera imparable. La imagen que transmite hace el exterior, en muy buena medida sobredimensionada por una ideología que busca lograr eso, es de inservibilidad, de parálisis, de desorden crónico. “En la San Carlos roban en los paqueos, o te pueden violar; no se dan clases nunca, hay clases de 150 personas, faltan materiales de apoyo, los alumnos fuman mota por los jardines”, es el discurso que puede escucharse con un declarado tono antisancarlista. Lamentablemente, buena parte de todo eso es cierto. Pero lo peor es que existe una voluntad, por supuesto nunca declarada oficialmente, de que todo esto sea así. Y si en la universidad pública, al igual que en cualquier dependencia del Estado, sucede todo esto (burocracia, corrupción, ineficiencia, dejadez, etc., etc.) la salida “más racional” es irse a una privada. Así nos lo han metido en la cabeza, y así se ratifica día a día. Por supuesto, hay opciones para la élite (con matrículas de 5 mil u 8 mil quetzales por mes) y universidades privadas para pobres. Sucede lo mismo que pasa con la enseñanza media. Valga decir que está por demás de claro que la privatización de esto (¡que no es un servicio sino un derecho de la población!) no asegura una mejor calidad. ¡En absoluto!

Después del vaciamiento intelectual y de compromiso ideológico-social registrado –que, en realidad, fue un vaciamiento físico de personas– hoy día asistimos a un vaciamiento moral. Las autoridades que se vienen sucediendo no hacen más que administrar esta crisis, poniendo su granito de arena para contribuir a una profundización creciente de la corrupción y la impunidad. Como dijo alguien, y seguramente sin exagerar: “En estos momentos la San Carlos está manejada por el crimen organizado”. Quizá no en sentido estricto, pero sin dudas no se está muy lejos de la verdad: la Carolingia, hoy por hoy, al menos en muy buena medida, está en manos de corruptos que benefician a lo peor de la sociedad haciendo sus oscuros negocios.

¿Cómo entender, si no, lo que pasa con la otrora heroica Huelga de Dolores? De una seria protesta ampliamente respetada por todos los sectores, hoy eso se ha convertido en una cloaca de ladrones y matones, sin ninguna propuesta política, avalada por el silencio cómplice de las autoridades. Eso es sólo un pequeño ejemplo, pero útil para ver el grado de descomposición por el que se atraviesa.

Por supuesto que no todo está perdido. En medio de ese mar de putrefacción hay islas alternativas, gente que sigue teniendo principios, valores sanos, compañeras y compañeros que siguen bregando por una universidad que, tal como dice la Constitución de la República: “cooperará al estudio y solución de los problemas nacionales” [elevando] “el nivel espiritual de los habitantes de la República, promoviendo, conservando, difundiendo y transmitiendo la cultura”. ¡Claro que hay de eso todavía! Pero el clima imperante va contra esas posturas, contra toda voz alternativa. Va en contra comprando el silencio, otorgando favores (tráfico de influencias), amenazando cuando es el caso (para eso está la actual AEU, hoy totalmente degenerada en cuanto a su tradición heroica de lucha, convertida en un brazo armado de matones mafiosos), cooptando cualquier forma de protesta (véase lo que pasó con la EPA por ejemplo, muchos de cuyos miembros fueron vilmente comprados).

Es decir: con los peores métodos de la guerra sucia que enlutó al país años atrás, con procedimientos mafiosos, alimentando el clima de corrupción e impunidad generalizado que encontramos en tantas dependencias públicas, la otrora brillante Universidad de San Carlos de Guatemala está hoy sometida a este proceso de enajenación y parálisis a que se ha llevado a todo el campo popular, creando caos, terror, silencio, o si no simplemente comprando voluntades con algunos cargos por aquí o por allá.

¿Hay salida de todo esto? Creemos fervientemente que sí. Por eso escribo el presente texto, para hacerlo circular y llamar a todas y todos aquellos que seguimos creyendo en la necesidad de la educación pública y una universidad con real autonomía, para que nos movilicemos, denunciemos con toda la fuerza esto que está pasando y para que no toleremos más toda esta retahíla de abusos y vejámenes a que somos sometidos a diario en nuestra sagrada alma máter (que gente encapuchada nos exija un pago compulsivo –“exacción”, en términos jurídicos, o “extorsión”, lisa y llanamente hablando–). ¿Hasta cuándo vamos a soportar estas mafias que se reparten puestos y manejan discrecionalmente los fondos públicos, que en realidad son nuestros, son del pueblo?

No tengo una propuesta concreta, pero sé que algo hay que hacer. En casos como éste, el silencio puede terminar siendo cómplice. ¡Movilicémonos por nuestra universidad pública! No sigamos perdiéndola. ¡A recuperarla!

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