¿Quién salvará el sistema?

cacifEdelberto Torres-Rivas

La burguesía y los trabajadores se tensan en la feroz defensa de sus intereses, que deben entenderse como los haberes, utilidades, salarios, provechos, pérdidas y ganancias que se ponen en juego. Es difícil desentenderse de las razones que animan la distinción política de derechas e izquierdas, el lenguaje que permite diferenciar las variadas formas de identidad ideológica. Hay una aceptación implícita de la burguesía como clase propietaria y de los partidos de la derecha como su filiación política. Y los trabajadores, los pobres, como la clase explotada y a las izquierdas como su expresión política. En este juego de luces y oscuridades a la ideología de izquierda se le atribuyen ideas de modernización y progreso, y a la derecha, el respeto a las costumbres, inmovilismo, la cultura de la tradición. Atrás de todo esto hay algo más sustantivo, pues lo que determina las diferencias son las concepciones que los hombres tienen de la sociedad y de la historia; quienes entienden la sociedad como un cuerpo que se mueve conforme leyes internas, la asimilan con la naturaleza; la historia es una ruta trazada que se desarrolla conforme una lógica inaplazable. Pero frente a esta visión conservadora hay otra que define a la historia como el resultado de la interacción humana en la sociedad, de ciclos de conflictos sociales que dictan el desarrollo. Esta es una perspectiva revolucionaria, pues admite como ideología, el cambio en manos de los hombres.

A partir de la filosofía de la historia que explica las identidades ideológicas, está la que separa al sujeto revolucionario antisistémico de los conservadores, que defienden el statu quo. La crisis de que hablamos se plantea como tensiones que surgen de la acción de ciudadanos que desafían la historia, y tienen urgencias de poner al día la economía y la política, ya es tiempo de modernizar la vida social, en última instancia, civilización o barbarie. Pero en Guatemala hay muchos, a quienes no les importa el retraso y el cambio porque perciben a la sociedad como una entidad sometida a leyes naturales inevitables, a un orden que a su tiempo llegará. El pensamiento conservador, de derecha, no es que no admita el cambio pero lo sujeta a la gradualidad natural que lo rige internamente. El pensamiento revolucionario, de izquierda, no puede esperar el cambio, lo promueve externamente, sobre todo en sociedades como Guatemala donde el retraso es dañino para millones de personas.

Se dice que atravesamos una coyuntura crítica porque la sociedad se tensa críticamente para recomponerse, es decir, para alcanzar el crecimiento económico que permita el desarrollo social y la estabilidad política hasta lograr el Estado de derecho. Hasta hoy día y sobre todo en los últimos años, “la recomposición se convierte en descomposición”, la burguesía confunde los signos del progreso con los logros de un lento crecimiento. Los gobiernos de derecha no han podido aprovechar el tiempo favorable al cambio que se produjo en la posguerra, cuando los ánimos internos y la cooperación externa coincidían de hecho con proyectos de cambio. La debilidad orgánica de la burguesía reside en su mentalidad oligárquica, la herencia finquera, con el peón atado a la tierra y con bajos salarios. En su versión de clase, los empresarios y de manera particular, los intereses corporativos, han carecido de “una estrategia de crecimiento de clase” para transformar “la descomposición” que dejaron las dictaduras militares y el conflicto fratricida, en una “recomposición modernizadora” del conjunto de la sociedad. El advenimiento de la paz coincidió con la crisis mundial y el modelo neoliberal se convirtió desde 1985 en el proyecto económico de la derecha.

En el ámbito político, la derecha guatemalteca se encuentra organizada en una docena de partidos políticos, que crecen y mueren, no tienen programa sino agendas electorales, sin estabilidad orgánica y con “fluidez” que delata deslealtades, sin cultura legislativa. El papel de los políticos está decayendo hasta llegar a ser gestores administrativos, agentes o intermediarios de negocios con recursos públicos. El fiasco histórico de la derecha guatemalteca se acentúa más en la política que en la economía; hay varias razones para que así sea, pues las ganancias de la clase propietaria nunca decaen, aun en tiempos de crisis. Puede tener reveses como clase dirigente pero la acumulación de capital no se detiene; en los años del conflicto armado la burguesía no dejó nunca de ganar.

Ninguna sociedad puede alcanzar un clima democrático, si solo hablan las derechas y si ellas, como en Guatemala, son conservadoras y tradicionales. Pero hasta hoy día la izquierda está ausente, muchas son las causas, la historia no se apiada fácilmente de los vencidos. El primer castigo es experimentar sin respuesta la muerte de dos generaciones jóvenes, el asesinato político que cercenó potenciales intelectuales; el segundo castigo es separarlos, los grupos de izquierda han sufrido el síndrome de la diáspora, que es la fuga hacia delante, desorganizarse para perderse; el tercer castigo es la confusión, no comprender bien el sentido de la derrota que fue menos militar que política, y que esta, a contrario sensu, es una victoria ideológica del anticomunismo. Los actores de la izquierda armada no salieron de la guerra con recursos políticos, y les golpeó la dinámica infernal de las fracturas seudoideológicas, que afectó a todos pero en especial a la URNG que debió ser el partido de la izquierda nacional. En este momento de crisis de recomposición política debieran existir grupos revolucionarios reivindicando los derechos e intereses de las clases pobres. La coyuntura es favorable, con un escenario de derechas que dejan espacios para pelear.

Y todo esto ocurre cuando las fuerzas de la incertidumbre, de la modernización conservadora, de la globalización que debilita más a los débiles, aparece por todas partes. Sucede que la izquierda guatemalteca todavía no asimila el fin del socialismo como utopía y que un debate universal refuerza y divide la tradición liberal. Más allá de escuelas y denominaciones, hay una derecha liberal y una izquierda liberal, a la que no hay que ver como una tabla oportunista de salvación, sino como una posibilidad de cambio. Volvamos al inicio. De la descomposición en que estamos a la recomposición que queremos la derecha no puede hasta ahora ni siquiera plantear una estrategia históricamente coherente y razonada; la izquierda se retrasa y solo existe como proyecto envuelto en la ilusión. Esperar es el peor consejo. ¿Una izquierda liberal y/o una derecha moderna podrían abrir la brecha? Soñar es bueno, pero sin pesadillas.

Tomado de ElPeriódico

 

 

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