Jerusalén: un ejemplo de no-ciudad

JerusalenMeir Margalit

 

Un velo de niebla envuelve las negociaciaciones de paz que se estan llevando a cabo en estos dias entre israelies y palestinos con el auspicio del secretario de estado John Kerry. Poco y nada se sabe del estado actual de las negociaciones, pero lo que esta claro, y no hace falta ser un gran estadista para percibirlo, es que aunque eventualmente llegaran a acuerdos en todos los topicos en disputa, al callejon sin salida se llegará cuando aborden el tema de la division de Jerusalem. Este será el gran obstaculo de las conversaciones, el escollo que derrumbará todo acuerdo y ello es realmente paradojico, ya que nada mas facil que dividir lo que ya esta dividido.

 

 

 

Jerusalén, al igual que Belfast, Nicosia, Sarajevo o Beirut, puede ser considerada una de las ciudades más conflictivas del globo. «Es posible que Jerusalén haya sido la ciudad más disputada de la historia” sostiene Rashid Khalidi,(1). Y Arthur Koestler afirma que «Ninguna otra ciudad ha sido causa de tantas oleadas de muertes, violaciones y miserias mundanas a lo largo de los siglos que la Ciudad Santa” (2). Fragmentada por barreras étnicas, religiosas, nacionales, socioeconómicas, culturales, lingüísticas, identitarias, psicológicas, por falta de denominador común de su población, por la disparidad de sus componentes, por la ausencia de acuerdos mínimos, más que ciudad, Jerusalén debería ser definida una no-ciudad.

 

 

 

 

Si el sistema llamado «ciudad», por imaginario que sea, requiere un mínimo de coherencia, lazos sociales y denominador común, Jerusalén no cumple con esos requisitos. Por el contrario, en un espacio reducido de 124 Km2, disputan tres sistemas culturales mutuamente incompatibles y enajenados- judíos laicos, judíos religiosos y árabes-, y la combinación de estas tres sustancias químicas, comprimidas en un mismo espacio territorial, conforman la formula infalible para una gran reacción explosiva.

 

 

 

 

La autoridad- cualquiera sea el gobernador de turno-, descansa en el poder pero carece de legitimidad, y no debido a la política circunstancial de tal o cual dirigente, sino por razones estructurales, ya que todo aquel que gobierne la ciudad- sea laico, ortodoxo o árabe, carecerá automáticamente e indefectiblemente de legitimidad de los otros dos tercios de sus habitantes, independientemente de lo que haga o deje de hacer. Por ello, la única forma de gobernar Jerusalén es a través del uso de fuerza y coerción; y el único modelo de gobierno posible en Jerusalén, más allá de sus desmesuradas pretensiones democráticas, será siempre totalitario, autoritario y policíaco: no puede ser de otra manera. En un marco de esta indole, la relacion entre comunidades esta regida por procedimientos, sanciones, burocracia meticulosa, reglas destinadas a doblegar, a imponer, a satisfacer aspiraciones nacionales mas que necesidades humanas. En otras palabras: satisfacer luchas de poder. Una estructura de esta índole es destructiva, desgastante, nada bueno puede resultar de un modus vivendi tan agobiante. Una sociedad de esta índole, en la cual son tantos los residentes insatisfechos, no puede perdurar a lo largo del tiempo, y si pudiera ¡no se lo merece!

 

 

 

 

En esta «no-ciudad» funcionan dos comunidades antagónicas e incompatibles: la israelí y la palestina. Ni siquiera comparten un espacio urbano común, ya que murallas invisibles dividen la ciudad en barrios israelies y barrios árabes, y casi no se encontraran espacios comunes a los dos pueblos: la ciudad es un laboratorio de segregación socio-espacial urbana. Desde el sistema educativo, en el cual árabes y judíos estudian en escuelas diferentes, en idomas distintos y de acuerdo a un curriculum escolar diferente, hasta el sistema económico en el cual pesar de usar la misma moneda, se han generado dos economías diferentes y desconectadas, ambos pueblos viven en su propio planeta y giran por orbitas paralelas. Hay roce, pero no contacto, ni vinculación, ni interacción. La enajenación invade cada recodo y deja sus huellas en el cuerpo, lo que a dado lugar a «prácticas de evitamiento», y de «denegación social» destinadas a esquivar la presencia perturbadora del Otro, las cuales acrecentan recelos y refuerzan estereotipos (3).

 

 

 

 

Por cierto, intereses circunstanciales (generalmente de orden económico) podrían preservar el status-quo durante un periodo determinado, y también es cierto que los palestinos han demostrado a lo largo del tiempo una admirable capacidad de adaptación, pero a la larga, dicho modelo esta condenado a colapsar, por estar minado por un sinfín de conflictos, evidentes o disimulados, imposibles de aplacar, que se retroalimentan cotidianamente y convierten a Jerusalén en un polvorín, o tal vez un volcán, a punto de estallar en cualquier momento.

 

 

 

 

La discriminación estatal es independiente de las intenciones del funcionario estatal. Posee vida propia. No esta supeditada a lo que haga/no haga, – pretenda/no pretenda el funcionario de turno. Puede ser que la actitud del funcionario municipal mantenga una apariencia correcta, pero implícita o explícitamente, esta supeditada a una política de exclusión, inherente al sistema por el solo hecho que los palestinos no tienen acceso a los círculos de toma de decisiones y estan fuera de lo que podríamos denominar, parafraseando a Foucault, «los circuitos reservados del poder». El mensaje que el gobierno transmite a los palestinos jerosolimitanos es que pueden aspirar a todo lo que deseen, salvo a ¡ejercer poder! Este aparato de control es sumamente sofisticado y pasa por canales finos, invisibles. Esta diseminado por un sinfín de agentes de poder, «micropoderes», que operan y articulan desde el seno mismo de la sociedad, a través de mecanismos panópticos, procedimientos tecnológicos combinados con seguimientos personales de antigua estirpe, dispersados por todas las esferas sociales y espacios públicos.

 

 

Precisamente esta es la razón por la cual Jerusalén representa una experiencia única, un laboratorio de relaciones humanas y políticas para sociólogos, politólogos, planificadores urbanos, geógrafos y un desafío en el área internacional de resolución de conflictos. Para afrontar este desafio hace falta mucha creatividad y en eso estamos abocados en estos precisos momentos, y hago un llamado a los lectores de SINPERMISO, a aportar modelos de gobernalidad viables e ideas constructivas de como salir de este pantano.

 

 

 

 

Notas:

 

 

(1) Rashid Khalidi, prefacio en : Asali K.J. editor, Jerusalem in History, NY, 2000

 

 

(2) Arthur Koestler, Citado por Bernard Wasserstein, en el prologo a Divided Jerusalem, Yale University, 2001.

 

 

(3) Practicas de evitamiento, o denegación, son términos acuñados por Adrian Scribano y Emilio Sevezo Zanin, en: La Cabeza contra el Muro, Geopolítica de la Seguridad y Practicas Policiales, Revista de Ciencias Sociales, Vol 25- no,30, julio 2012, Universidad de la Republica, Uruguay.

 

 

 

 

Meir Margalit, cofundador del ICAHD, ha sido concejal del Ayuntamiento de Jerusalén y es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso.

 

 

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