El síndrome del lamento ciudadano

tvdfEdelberto Torres-Rivas

En toda crisis política hay un factor de sicología colectiva que se confunde con variables políticas y culturales; la crisis en sí misma contiene elementos de descomposición del orden enfermo y que se traduce en un malestar de masas que termina por ser un mal “estado de ánimo” individual, de los amigos, de la gente que frecuentamos.

Resultado de décadas de dictaduras y de recientes años de Estado Terrorista y represión política, el guatemalteco es un ser “desmoralizable”, con una baja autoestima, una hipersensibilidad aguda para discernir primero, lo negativo; hablamos de un personaje promedio y probabilístico que nos permite decir que siempre fue desconfiado e incrédulo. Una personalidad así conformada es fácil para manejar en su vida social estados de ánimo negativos. La crisis política la vivimos también como un malestar personal.

 

 

El malestar político del que hablamos es como ese fastidio corporal, que experimentamos cuando todo nos duele, sin poder precisar dónde y porqué, en la cabeza o en los pies. En la actualidad, ciertamente, hay pocos buenos resultados que nos permitan concluir, por ejemplo, que aumentó el empleo por tercer año consecutivo; o que las alianzas políticas en el Congreso apresuraron la aprobación de la Ley de Presupuesto, que hubo avances en la lucha contra el crimen, en el deporte, le ganamos a Honduras y a Costa Rica. ¡Alguna gestión pública que resulta exitosa! De hecho no aparecen estímulos para ver las cosas favorables. Existen en este clima de crisis causas profundas que alimentan “el síndrome del lamento ciudadano”, desesperante, que nos hace repetir a cada minuto/todos los días/desde hace varios años: “¡Qué mal estamos!”, “¡Esto ya no tiene remedio!”, “¡Ya tocamos fondo!”…

 

 

Una ciudadanía que se obsesiona de esta manera tan fatal, traza el destino de la sociedad en que vive como un túnel sin luz de salida. Con ese ánimo solo conseguiremos derrotas. Se olvida la recomendación de Julio César que “para gobernar a los pueblos hay que darles de vez en cuando, algo positivo”. El pesimismo político del guatemalteco puede cambiar si se le da “algo de pan y algo de circo”.

 

 

El mal estado de ánimo ciudadano, cuyas causas mencionamos arriba, está alimentado por diversos factores, de los que se pueden mencionar dos, para comenzar. Uno, es que no hay peor sensación negativa que el llamado “déficit de gobierno”, lo que se percibe como ausencia de “comando” en la vida pública, la pérdida del sentido de dirección que los ciudadanos esperan del gobernante; sin “norte” no se llega a puerto. En estos años, vivimos una crisis histórica, la acumulación de antiguos problemas, sobre otra crisis, coyuntural, que heredamos de los años de gobierno militar terrorista. La década perdida del desarrollo en América Latina, fueron dos décadas en Guatemala, lo cual se tradujo en que el ingreso “per cápita” en 1982 solo volvió a ser igual en 2001. Estamos experimentando la desmoralización que produce la raquítica gestión de los que manejan el poder.

 

Hay otra causa que enferma el ánimo del chapín, es el “desplome del servicio civil” que se viene acrecentando con cada nuevo gobierno, ¿por qué ahora los peores entran a la administración pública? Es la mediocridad fachuda de la ineficacia y la corrupción. No hay peor alimento para el mal estado de ánimo que exponerse a la prueba de la paciencia “de la ventana mala”, que es la impotencia del público que hace cola, lidia, espera, vuelve, suplica, putea, tras un trámite elemental frente a funcionarios chulos y nulos, que todo lo administran chambonamente. Volver a la ventana por la firma que falta, esperar a la señorita que terminé su café, soportar el paso del tiempo cuando se cayó el sistema y oír una y otra vez el fatídico “…¡Fíjese que…!” En estos últimos tiempos el déficit de gobernanza, el colapso del capital humano, ocurre en un clima de corrupción, con lo cual el síndrome del lamento ciudadano se completa más: Guatemala… ¡¡¡Ya no se compone!!!

Tomado de ElPeriódico

 

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