La pobreza y la metáfora de la tortuga

indigenasTobías Roberts

Rebelión

 En el campo donde pasé mi niñez, una de las actividades más emocionantes que surgía de nuestra creatividad infantil fueron las competencias de voltear tortugas. Este deporte inusual involucraba una carrera hacia el río más cercano, la búsqueda de un par de tortugas desprevenidas que caminaban lentas entre el rastrojal que dejó la última inundación, y eventualmente volteando las tortugas en sus espaldas para ver cual daría la vuelta más rápida. Por lo general, una moneda que sobraba era la apuesta en marcha. Casi siempre habría una de las dos tortugas cuyas piernas aleteaban con tanta rapidez que encontraran la tierra y diera vuelta en menos que un minuto, mientras que la otra miserablemente retorcía y tambaleaba sin éxito. Después de unos minutos, nuestra capacidad de atención infantil se desviaría hacia otra criatura inocente para torturar y dejaríamos el pobre en su espalda arañando al cielo.

Al día siguiente, sin embargo, y muy a nuestro pesar, la tortuga «perdedora» ya no estaba. Siempre estábamos impresionados por cómo incluso las tortugas con las patas más cortas, a pesar de la aparente imposibilidad de la hazaña, podría volcarse y encontrar terreno firme sin ninguna ayuda externa. Pero nuestra malicia juvenil no se quedaba atrás. Una tarde, diseñamos nuestra propia trampa tortuguera colocando unas grandes rocas en un círculo más o menos del tamaño del caparazón de la nueva víctima y la dejamos estratégicamente equilibrada entre las rocas. Suspendido en el aire sin ninguna manera de encontrar tierra firme, al final vencimos a la naturaleza porque esa pobre tortuga sin suerte pasó toda la noche mirando a las estrellas. Casi veinte años después, me encuentro todavía reflexionando sobre el significado detrás de ese juego malicioso de mi infancia y cómo se relaciona con algo que he luchado por años: el problema de la pobreza.

Después de casi una década de vivir y moverse en el mundo de las organizaciones internacionales de desarrollo, la tengo incrustado en mi cerebro que la clave en torno al cual gira todo nuestro trabajo es la «sostenibilidad». Esa palabra, especialmente cuando se agrega como adjetivo al concepto de «desarrollo», ha sido usada, re-usada y abusada en tantas maneras que hoy parece perder todo significado o credibilidad. Sin embargo, como un buen trabajador de desarrollo internacional, he tomado a pecho que todo mi trabajo debe centrarse en la creación de la «sostenibilidad». Nuestro ambicioso objetivo es ayudar a los pobres a encontrar el camino hacia un estilo de vida sostenible que les permita salir de la pobreza y así alejarse de la dependencia de nosotros. Intentamos lograr este noble objetivo ayudando a los pobres a ser mejores agricultores, mejores empresarios, o mejores “lo-que-sea” dependiendo del enfoque de nuestro actual proyecto. A través de nuestros proyectos, queremos que los pobres tengan los recursos suficientes (preferiblemente con un ingreso suficiente) para cubrir sus necesidades básicas.

Aunque hay una escala de credibilidad y mérito entre las organizaciones de desarrollo que van desde las más ridículas y paternalistas que estimulan la dependencia con el fin de nutrir su complejo como «salvador-de-la-pobres», a los que sinceramente buscan entender y enfrentar la complejidad de las múltiples causas de la pobreza, hay algo que me inquieta acerca de la naturaleza de nuestro trabajo. ¿Qué pasaría si nuestra obsesión con la «sostenibilidad» en sí mismo carecía de fundamento? ¿O sí, a pesar de todos nuestros indicadores de cambio y líneas de base e investigaciones contextuales, los pobres, sin nuestros proyectos e intervenciones, ya estaban viviendo una vida sostenible?

Entiendo que muchos me acusarán de idealizar a los pobres y admito que la espiritualidad franciscana y su reverencia por la “hermana pobreza» ha tenido su influencia en mi vida. Sin embargo, sostengo que muchas de las personas que las estadísticas oficiales se declaran estar viviendo «bajo la línea de pobreza», de hecho viven vidas que son, o al menos tienen la capacidad de ser, muy sostenibles. Dado que la sostenibilidad dice mucho sin decir nada en absoluto, en este ensayo me lo llevaré en el sentido de la capacidad básica de las familias de crear un estilo de vida que satisfaga sus necesidades más esenciales. En pocas palabras, creo que la concepción del mundo «desarrollado» de la pobreza está fuertemente influenciada por nuestra riqueza, que difumina la línea entre la austeridad y la miseria y no distingue entre la frugalidad y la escasez.

Dicho esto, reconozco que sería absurdo negar la pobreza generalizada y abrumadora que afecta a tantas familias y personas en el mundo «en desarrollo». De hecho, existen muchos casos de pobreza en que fuerzas externas se combinan con una mentalidad derrotista que caracteriza a tantos pobres. Esa mentalidad, junto con la abundancia de las organizaciones de asistencia y desarrollo tan dispuestas a ser el benefactor con sus infinitos regalos, ha creado una dependencia enfermiza que afecta a innumerables personas en todo el mundo. Esa mentalidad obviamente no es sostenible.

Pero lo que deseo objetar no se relaciona con los casos individuales de desaliento o particularizada actitudes de dependencia, sino más bien la afirmación infundada y generalizada de que los estilos de vida culturalmente definidas de tantas personas supuestamente «pobres» son de por sí insostenibles e incapaces de proporcionar un estilo de vida digno y decente. Esta afirmación de la naturaleza insostenible de la forma de vida de los pobres se hace eco de mayor intensidad cuando se dirige hacia el estilo de vida de las poblaciones rurales y campesinas de todo el mundo.

En la historia de los Estados Unidos, vemos que esta intolerancia hacia estilos de vida rurales y agrarios surge después de la Segunda Guerra Mundial con el Comité para el Desarrollo Económico. El propósito de este comité gubernamental, según el escritor agrario Wes Jackson era «conseguir que dos millones de personas dejaran las fincas familiares y evitar que los hijos de los agricultores permanecieran en el trabajo agrícola.» La supuesta razón de este plan era evitar el desempleo masivo de los jóvenes que regresaban de la guerra en Europa, pero pudo haber sido igual de bien una estratagema para asegurar una mano de obra barata para los crecientes centros industriales del país. Para un país como los Estados Unidos que después de la Segunda Guerra Mundial surgió como la única superpotencia mundial pero que todavía tenía gran parte de su población viviendo en las zonas rurales, la vida campesina debe haber sido considerada por las autoridades como atrasada, insostenible, y que inevitablemente conducía a la pobreza; algo que no se encajaban con la imagen proyectada del super-potencia moderna e industrial. Por lo tanto surgió la necesidad de cambiar a la fuerza la demografía rural para asegurar un éxodo del campo hacia la ciudad.

Los Estados Unidos y gran parte del mundo desarrollado ha abandonado en gran parte su pasado agrícola para una vida moderna, industrial y urbana. Por eso, el enfoque de la lucha contra la pobreza se ha pasado al Sur. En Guatemala, la USAID, Save the Children, y Green Mountain Coffee Roaster se han asociado con una organización de Guatemala llamada FUNDA AGROS para enfrentar el problema de la pobreza en el altiplano indígena de la región Ixil Maya.

El Centro de Producción Caprina del Altiplano (Ceprocal) es un proyecto grande enfocado a la cría de cabras que se ha implementado en la región Ixil por las organizaciones antes mencionadas. Este proyecto, que dona una cabra por familia y da asistencia técnica sobre cómo mejor criar al animal, tiene como objetivo mejorar la raza de cabras y luego industrializar la producción de leche de cabra con el fin de generar más ingresos para las familias que participan en el proyecto. Las familias venden la leche de la cabra de raza mejorada de nuevo a FUNDA AGROS que dirige un negocio de comercialización de productos de valor agregado, como el yogur y los quesos gourmet. Cuando el centro esté en pleno funcionamiento, hasta mil litros de leche podría ser procesado diariamente en productos lácteos de alta calidad.

En una reciente visita al proyecto, no estaba claro cómo se distribuía el ingreso de los productos de valor agregado. Sin embargo, FUNDA AGROS ha ganado una reputación en la región Ixil por ser los que impulsan una agricultura de exportación con los agricultores locales a través de productos como el café y la arveja china. En estos acuerdos, el pequeño agricultor indígena pone sus tierras y mano de obra, mientras FUNDA AGROS ofrece apoyo técnico e insumos. Después, el pequeño agricultor se ve obligado a vender su cosecha de vuelta a FUNDA AGROS quién determina por separado el precio para luego exportar las cosechas a los mercados extranjeros sin revelar nunca su margen de beneficio ni compartir alguno de los supuestos beneficios con las familias campesinas. Esta forma de agricultura por contrato también deja muchos pequeños agricultores en situaciones de vulnerabilidad porque las pérdidas debidas a la disminución de la producción o el daño a los cultivos son asumidas exclusivamente por el pequeño agricultor.

El proyecto de CEPROCAL dirigido por FUNDA AGROS y financiado por USAID ha recibido mucha cobertura mediática en Guatemala como un éxito abrumador y un camino seguro para derrotar a la pobreza en la región Ixil. Escondiéndose detrás del diseño del proyecto, sin embargo, es el mismo supuesto fundamental de que los pobres son incapaces de resolver sus propios problemas y que la forma de vida ancestral del pueblo Ixil es, en sí mismo, insostenible e imperfecto.

El presidente de FUNDA AGROS, Alfred Kaltschmitt, escribió recientemente un editorial para el diario guatemalteco Prensa Libre que «es nuestra responsabilidad… de cargar a los más débiles de nuestra sociedad, porque simplemente no pueden hacerlo por ellos mismos (el énfasis es mío).»

En otros artículos de opinión Kaltschmitt afirma que padecer hambre en Guatemala es “producto de la ignorancia y las costumbres empobrecedoras.” Es muy enfático en que las prácticas agrícolas tradicionales centrados en la siembra de maíz, frijol y calabaza, junto con otras hierbas y verduras locales, no es una opción de vida sostenible a pesar de que el pueblo maya-ixil con esta tradición de agricultura de subsistencia ha sobrevivido por 2.500 años. Se declara resueltamente que «la agricultura de subsistencia es igual al subdesarrollo y pobreza rural» y que esto se demuestra por teorías económicas irrefutables.

Para justificar su certeza inquebrantable de que los pobres son incapaces de crear un estilo de vida digno ni superar la pobreza a través de sus medios de vida ancestrales, Kaltschmitt se refiere al problema de la desnutrición. Afirma que los pobres “están limitados desde la concepción en el vientre de su madre, víctimas de haber vivido esos primeros mil días con desnutrición y después criándose en ese entorno de falta de acceso a los aspectos más básicos que permiten el desarrollo humano.”

Dicho de otra forma (o menos oculta detrás de la jerga técnica), Katschmitt está diciendo que los pobres rurales han sufrido daño cerebral causado por la desnutrición y que son básicamente estúpidos; que se aferren a un estilo de vida atrasada y primitiva que los condena a una vida ineludible de pobreza y que el único camino para que ellos superen la pobreza es a través de programas y proyectos dirigidos por personas ajenas e iluminados como FUNDA AGROS, Save the Children, USAID, etc. Está claro que el proyecto de CEPROCAL se basa en este postulado.

Muchas personas ixiles, sin embargo, tienen una opinión bastante diferente en cuanto a sus capacidades y potencial como pequeños agricultores. Cuando le pregunté a los agricultores locales en el pueblo Ixil de Salquil sobre FUNDA AGROS y su proyecto de cría de cabras, Gaspar Cobo Corio respondió: «¿Por qué necesitamos a FUNDA AGROS para enseñarnos cómo criar cabras? Nuestra gente ha estado criando cabras durante cientos de años en estas montañas y sabemos lo que estamos haciendo.»

La idea de FUNDA AGROS que el estilo de vida de los pobres como agricultores de subsistencia es inevitablemente errónea, también se comparte con la mayoría de organizaciones internacionales de desarrollo y de instituciones gubernamentales por igual. El Gobierno de Guatemala, siguiendo esta conjetura de que los medios de subsistencia agraria de la población maya no es sólo malo para los individuos pero malo para el país también, ha desarrollado un plan llamado Katun 2032 (un Katun es un período de 20 años en el calendario maya). En este plan de desarrollo estratégico de 20 años, el objetivo es convertir a Guatemala en un país «urbano, industrializado y de servicios.” En lo que concierne a la zona rural, la agricultura de subsistencia será reemplazada por métodos agrícolas modernizados, formales e innovadores que muy probablemente significa la agricultura orientada hacia la exportación.

El gobierno también ha tomado la libertad de dividir las áreas rurales del país para determinar cual actividad económica liderada por las inversiones transnacionales reemplazará la agricultura a pequeña escala. En algunas regiones será la minería, en otros es la silvicultura intensiva de monocultivos para biocombustibles. En la región Ixil es el desarrollo de mega-hidroeléctricas para exportar energía al mercado regional y para cumplir con la creciente demanda energética en los centros industriales urbanos que sustituirán a las zonas rurales como el centro del crecimiento demográfico. El actual gobierno de Otto Pérez Molina en su Marco General de Política para la Promoción de la Inversión Privada en Territorios Rurales” afirma que “se reconoce la necesidad de la inversión privada, nacional y extranjera, para el desarrollo rural integral.”

Desde este paradigma de desarrollo nacional, se hace evidente que los proyectos de «desarrollo» como el protagonizado por FUNDA AGROS se obedecen más a una estricta colaboración con el plan nacional para rediseñar las zonas rurales del país. Este plan de desarrollo, además de buscar abrir los recursos naturales de las zonas rurales del país a la inversión extranjera transnacional, también intenta transformar a la fuerza el paradigma de las economías rurales alejándolas de la subsistencia y dirigiéndolas hacia una nueva mentalidad empresarial donde el mercado global determina que será cultivado y a que precio. En muchos sentidos, proyectos como el protagonizado por FUNDA AGROS se asemejan a una especie de feudalismo moderno, donde los vasallos pobres tienen que depender de la buena voluntad de un señor filantrópico y benigno, mientras que al mismo tiempo pierden un estilo de vida de relativa autonomía y soberanía alimentaria.

Esta dilema sobre cómo las zonas rurales deben enfrentar el problema de la pobreza nos devuelve a la cuestión planteada por la tortuga que mis amigos y yo torturamos con tanta frecuencia en nuestra juventud. ¿Son los pobres, como una tortuga balanceada en su caparazón, intrínsecamente capaz de encontrar maneras de conseguir que sus pies re-encuentren con la tierra, o deben de depender de la buena voluntad de un transeúnte? Por otra parte, ¿es el medio de vida tradicional y agraria de la población rural el suficiente para hacer frente a la realidad de la pobreza y crear las condiciones necesarias para una vida digna y decente?

Insisto en que la gente no es estúpida, incluso a pesar de tal vez haber sufrido de la desnutrición durante su niñez. Más bien, la gente siempre busca la manera de sobrevivir, ser feliz y satisfacer sus necesidades básicas. Supongo que eso es un rasgo evolutivo que comparte todas las formas de vida. Los medios de vida ancestrales, en especial de las poblaciones rurales e indígenas, son formas de supervivencia que se han formado durante miles de años donde las actividades económicas y productivas y su correspondiente cultura han sido moldeadas para adaptarse a las demandas y oportunidades de un lugar y eco-sistema específico. La situación de hoy es que estos estilos de vida tradicionales no han sabido responder adecuadamente a los nuevos desafíos que impone nuestra sociedad global. Sin embargo, lejos de ser la causa de la pobreza, creo que estos medios de vida tradicionales deben de ser rescatados, re-valorados y mejor adaptados para enfrentar a los desafíos como la pobreza que son creaciones de una sociedad en transición. Así, la pobreza no es necesariamente un signo de un estilo de vida o cultura no sostenible en sí, sino más bien, en la mayoría de los casos, el resultado de fuerzas externas que no permiten que tal estilo de vida se ponga en práctica.

El problema de la pobreza, en mi opinión, está más relacionado con la tortuga cuyo caparazón nos situamos entre dos rocas para que sus pobres piernas quedaran suspendidas en el aire e imposibilitando que encontrara la tierra que necesitaba para dar la vuelta y volver a su pies. Atrapado en esta posición obviamente dejaba la tortuga en una posición de gran vulnerabilidad donde un halcón que sobrevolaba fácilmente podría atraparla en sus garras para la cena.

En la sociedad de hoy gobernada por una economía global y competitiva y donde los siniestros planes gubernamentales como el Katun 2032 buscan socavar, debilitar y enérgicamente reemplazar los estilos de vida agrarios y tradicionales, los pobres, al igual que nuestra tortuga proverbial, se quedan en una situación de vulnerabilidad donde la pobreza y la opresión hacen que sea imposible «volver sobre sus pies» y responder de manera eficaz a la pobreza que enfrentan. Al igual que la tortuga, los muchos campesinos sin tierra son incapaces de enfrentar la pobreza que enfrentan, no a causa de «la ignorancia y costumbres empobrecedoras», sino porque no tienen tierra (o tierra insuficiente) bajo sus pies para vivir o poner en práctica estilos de vida tradicionales.

Para terminar, tal vez hay que preguntarse por qué organizaciones como FUNDA AGROS o el gobierno de Guatemala desprecian tanto las formas de vidas tradicionales y agrarias de las poblaciones rurales y por qué buscan reemplazarlos. Y qué mejor manera de hacerlo que con otra analogía de la tortuga.

Al igual que la tortuga, las poblaciones pobres o rurales por lo general se mueven lentamente. Esa lentitud es a menudo interpretado por los grandes como una debilidad inherente y una condición que imposibilita el «salir» o «ir más allá» de la situación de pobreza que enfrentan. Vivimos en una sociedad que tiene miedo y castiga a la lentitud. Premiamos a la rapidez y siempre andamos en búsqueda de la siguiente horizonte; algo supuestamente mejor, superior, y más prometedor. Rara vez somos felices en el lugar donde estamos.

Eso es precisamente por eso que tantas poblaciones campesinas e indígenas que son enraizadas en su lugar se mueven tan lentamente, porque no están necesariamente en camino a ningún lugar diferente. Mas bien, están contentos donde están y con lo que están haciendo. Eso no quiere decir que ellos no tienen ninguna visión, sino que la visión se fundamenta bajo sus propios pies. Y cuando la visión se fundamenta bajo los pies, entonces no hay necesidad de apresurarse hacia las promesas del próximo horizonte.

Las características de una vida vivida lentamente y cerca de la tierra y de la comunidad, pueden parecer a muchos como atrasada y arcaica. Sin embargo, es hora de que empecemos a dudar y a cuestionar la suposición de que este estilo de vida es en sí insostenible e inherentemente pobre.

 

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