MANIFIESTO

maniPor Lorena Medina

El reducido y lúgubre rinconcito que nos acogió,  a duras penas dejaba filtrar un poco de luz y  la risa escondida y quedita, bajo el manto de la complicidad y el techo desvencijado de aquel tugurio, clandestino refugio inalcanzable sin mucha pericia, ni ánimos de hacer nada más que poner o quitar botellas de aguardiente vacías y uno que otro cachivache del bar de mala muerte, en el que por buena suerte llegamos a parar.

Nos acomodamos magistralmente,  haciendo dotes de contorsionistas, aun con los kilos y las chelas de más y la vergüenza  cada vez más reducida. No faltaron las contracciones, las picardías a flor de piel y alguno que otro reconocimento de la topografía humana, previo a darle vuelo a las ganas y a la imaginación. Después de un par de horas, con las botellas clavadas en mi espalda y mis uñas en la tuya,  no solíamos reparar en quien iba arriba o hacia abajo, pues en estos menesteres, como en  todo aquello  que guarda su equidad, no importa el orden de los factores, lo que importa es saber quien es cada cual y nada más!

Mis caderas  amortiguaron el peso de tus deseos, impetuosos, impulsivos, cuasi animales. No hubo ni un leve intento de dar marcha atrás, lo que ha de pasar que pase y que traspase, cada cosa en su lugar, se acomoda, se acopla es armonia pura, música, prosa y culturita de arrabal…

Tus piernas, como hiedra se enredaron entre mis brazos hasta sentir la profunda y profana cuna de mi lengua, aventurera y curiosa por  abrigar tu latitud y longitud de palmo a palmo, sin perder ni una gota de tu sensualidad… No espero saber como  inició esta historia, fue una mirada o un sutil toque de manos, fueron  esto o aquello, me rehuso a analizar lo que por sí mismo ha surgido, sin etiquetas y sin presiones, simplemente un hasta luego y un qué tal cómo te va?

Hoy  solo quiero poner de manifiesto que desde entonces  he cosechado muchos inviernos, en los que busco el calor perdido de tu sonrisa en mis amaneceres, sin conseguir  más que remontarme al agridulce sabor del fugaz momento, en el que escapando por la ventanilla de aquel desván,  encontramos un espacio anegado de  saliva y sudor, llámese aventura, fantasía y también un buen amor…

 

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