La reconquista de Guatemala

 Foto: Human Rights Film Festival
Foto: Human Rights Film Festival
Por: Luis Adrian Mora

“Este Dios Verdadero que viene del cielo sólo de pecado hablará, sólo de pecado será su enseñanza. Inhumanos serán sus soldados, crueles sus mastines bravos.” Chilam Balam

La memoria colectiva de los pueblos mayas quedó marcada por la violencia de la conquista. El dolor, la humillación y la imposición forzada de una cultura buscaron desaparecer al mal llamado indio.

La conquista fue sadismo y sed de sangre que convertía a los españoles en lobos hambrientos. Metáfora fuerte que quedó retratada claramente en un texto como la Brevísima. Ya en su época, muchos cuestionaron la veracidad del relato. La hipérbole de la muerte, la cadencia de las masacres, el detalle de los cuerpos destrozados sirvió a críticos y estudiosos de Las Casas para descalificarlo.

Exageración e imaginación justificaban entonces el horror de lo escuchado y lo leído. El fraile dibujó una bestialidad llena de lujuria que se acercaba curiosamente a los cuadros infernales del Bosco. Un hambre alimentada por el oro, por la vejación del otro, por el poder divino del exterminio. Las guerras contra los indios, nos dice Las Casas, fueron guerras nunca vistas, guerras nuevas que acompañaban la cruz y el Evangelio, que en nombre de la civilización practicaban la barbarie, el sacrificio y el genocidio:

“Y así las mujeres preñadas y paridas e niños y viejos e cuantos podían tomar echaban en los hoyos hasta que los henchían, traspasados por las estacas que era una gran lástima ver, especialmente las mujeres con sus niños. Todos los demás mataban a lanzadas y cuchilladas, echábanlos a perros bravos que los despedazaban e comían”.

Es en el cuerpo del otro donde las huellas de la violencia permanecen. La tortura expresa ese máximo ejercicio del poder donde el dolor se inscribe en la piel, en los genitales, donde el absurdo del sadismo penetra en las psiques. Hoy, quinientos años después de estas masacres, se actualiza la voz de las víctimas. El cuerpo mutilado, golpeado y humillado revive en los testimonios -vivos y directos- de los indios ixiles guatemaltecos. Se enjuicia a Ríos Montt y se le acusa de genocidio.

Curiosamente, los medios nacionales han guardado un pesado silencio sobre este juicio. Como si lo que sucedió en Guatemala hace treinta años no dijera también algo de nosotros. Quizás es por eso mismo. Los relatos de la barbarie moderna, tecnificada y planeada con esmero por los militares interrogan a los actores de ese periodo, siembran un mar de dudas sobre aquellos que estuvieron cerca, que escucharon y callaron. Cuestionan nuestro racismo latente.

Y por supuesto, hacen temblar el poder hegemónico de un presidente, ex-general, señalado también como culpable de las masacres: Otto Pérez Molina.

Un ex-general que se codea ahora con los grandes de este mundo, cierra manos y cocina negocios en toda Centroamérica.

Mientras tanto en la sala de juicio se repiten en voz autóctona los relatos de mujeres violadas, asesinadas, de niños quemados, mutilados, de aldeas enteras borradas del mapa. Arrasadas… como la tierra entera que las circunda.

Este juicio revive la colonialidad que estructura el poder en Guatemala y -en distintos grados- en el resto de América. Los indios son la alteridad absoluta, el legado de un pasado que se rehúsa a morir. Son vistos como el lastre que impide a Guatemala ser un país de verdad. Los militares los consideran menos que un gato cagado (Gallardo), una raza inferior cuya subsistencia nadie se explica y cuyo único destino cierto es el de perecer.

Así los veía también Pedro de Alvarado cuando sus huestes conquistan esa tierra y él le escribe a Hernán Cortés:

“Y viendo que con correrles la tierra y quemárselas yo los podía atraer al servicio de S. M determiné de quemar a los señores, los cuales dijeron al tiempo que los quería quemar, como parecerá por sus confesiones, que ellos eran los que habían mandado hacer la guerra y los que la hacían… Y como conocí de ellos tan mala voluntad al servicio de S. Majestad y para el bien y sosiego de esta tierra, yo los quemé y mandé quemar la ciudad y poner por los cimientos.”

Similar estrategia tenían los hombres de Ríos Montt. Quemar los cimientos de la vida de los ixiles, “quitarle el agua al pez”, como decían con cinismo en sus documentos estratégicos. Aquí, el trabajo para “Su Majestad” residía en extirpar el cáncer del comunismo- para el bien y sosiego de esta tierra- cáncer implantado supuestamente en los indígenas por curas radicales, teólogos de la liberación, soporte de los guerrilleros guatemaltecos.

El “mito de la modernidad” en su máxima expresión, los indios culpables de su propio exterminio al ser una amenaza a la civilización, al “bien” y al rechazar tercamente el yugo que se les impone.

Como lo señaló acertadamente en estas mismas páginas Gabriela Miranda, nada asegura que muerto el perro se acabe la rabia. Este juicio sin precedentes tiene delante de sí todos los obstáculos imaginables. Su suspensión reciente así lo comprueba. Y peor aún, parece ser que la lógica genocida de los militares -representantes del Bien, la Justicia y el Orden- se reaviva. El documento de la Fundación contra el Terrorismo lo indica claramente, dejando en el aire un tufo golpista inconfundible al calificar todo el proceso como una conspiración de la izquierda internacional que busca desestabilizar a Guatemala.

En este país se juega, hoy por hoy, nuestro compromiso con la memoria y con el futuro. Y digo nuestro porque lo que ahí suceda nos marcará como centroamericanos, del lado de las víctimas o del lado de los victimarios.

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Revista Paquidermo

Luis Adrian Mora Autor: Luis Adrian Mora Luis Adrián Mora (enero, 1979) Estudió filosofía y letras en Francia, donde emigró a los 18 años después de una lectura romántica de Rayuela. Desde el 2006 trabaja en la Universidad de Costa Rica. Lee y escribe sobre pensamiento decolonial, filosofía latinoamericana y chismes de la farándula. Colabora con Paquidermo desde su fundación en 2010. Fiel lector de los poemas de Camilo Rodríguez y la prosa de Jacques Sagot

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