Ceremonias farisaicas

César Antonio Estrada Mendizábal

Hoy, primero de diciembre, oí por la Radio Universidad la transmisión del acto oficial de celebración de la Autonomía universitaria, y no pude sino recordar los vacíos actos conmemorativos del día del árbol, de Tecún Umán, del 15 de septiembre, etc., que se celebraban en nuestras escuelas o colegios, o las pomposas ceremonias que tradicionalmente organizan los organismos del Estado, en las que se resaltan quimeras como los supuestos valores de la Constitución, de las leyes, de la moral nacional, y se repite que el ciudadano común, las mujeres, los niños, los pueblos originarios, el campesinado, la clase trabajadora –en fin, los marginados de esta fincona- son la razón de ser de las instituciones, el objeto de los desvelos y afanes de los políticos, de los funcionarios públicos y de los grandes señores. Los fariseos y los doctores de la ley descritos en los evangelios –sepulcros blanqueados- habrían estado muy a gusto en estos actos, se habrían sentido en su ambiente.

¿Cómo puede ser tanto fingimiento –suena a finjo y miento–? ¿Será que nos quedamos estancados en los momentos más oscuros de la colonia, que la Revolución de 1944 y la guerra interna nunca ocurrieron, que de nada nos sirve la circulación de ideas y de conocimientos de nuestros días? Aparte del lucimiento de los pigmeos que ejercen el poder, ¿qué se pretende con estas estiradas y solemnes exhibiciones?, ¿será posible que alguien tenga la ingenuidad suficiente para creer en ellas? Por supuesto, el himno nacional, la bandera, los vistosos trajes, los quepis y las togas son parte de la parafernalia de este siniestro teatro del absurdo que el poder utiliza para hacerse pasar por lo que no es, para ocultar su verdadero rostro y hacer creer a los demás que, si bien padecemos algunas carencias, las cosas están bien, el sistema funciona, y hay que seguir aceptándolo.

Quién hasta sabe cuándo van a seguir celebrándose estos actos (después de todo, se dice que Guatemala es “el país de la eterna…”). Talvez hasta que la sociedad los rechace por falsos, demagógicos, innecesarios e incluso irrespetuosos ante nuestra realidad. Para ello, tendremos que abrir los ojos y reavivar la conciencia, buscar información, atrevernos a pensar por nuestra cuenta, a ser críticos y activos frente a las múltiples formas que asume el poder, y distanciarnos de la miopía y del conservadurismo de gran parte de los habitantes de este intento de país que no termina de cristalizar.

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