La hegemonía conservadora


Un ligero vistazo a las formas de lucha ideológica de la ultraderecha local.

Mario Roberto Morales

En mi país se libra una torva lucha ideológica en los medios de
comunicación, la cual tiene que ver con el interés de fijar una
versión histórica sobre lo ocurrido durante el conflicto armado
(1960-1996), cuyas consecuencias siguen marcando el paso de la
política y de las ideas hasta el día de hoy. En el marco de una
economía improductiva, un Estado debilitado por las prácticas
mercantilistas y monopólicas de la oligarquía, y con una opinión
pública incapacitada en sus habilidades analíticas por un sistema
educativo irracional, los más recientes gobiernos han tenido que ceder
ante las presiones de la comunidad internacional y permitir que
organismos foráneos y una Fiscal proba se encarguen de ejercer la
justicia nacional. Es por ello que la atónita ciudadanía asiste al
juicio y condena de militares acusados de crímenes de lesa humanidad,
los cuales no prescriben ni están sujetos al perdón de los actos de
guerra en el que convinieron las partes al firmar la paz en 1996.

La ultraderecha fascista, conformada por ancianos que –educados en el
macartismo– desempeñaron roles paramilitares durante el terrorismo de
Estado que impulsó la contrainsurgencia (como financiar escuadrones de
la muerte y prestar sus viviendas para instalar cárceles
clandestinas), y por avejentados yupis de unilaterales ideas
neoliberales, se ha visto decepcionada ante el hecho de que el actual
gobierno civil –integrado por militares que perpetraron la táctica de
“tierra arrasada para quitarle el agua al pez”– no esté impulsando una
vuelta al oscurantismo militarista de los años sesenta, setenta y
ochenta, sino se cuide de interferir en la aplicación de justicia en
cuanto a delitos como el genocidio, la limpieza social y la falta a
los deberes para con la humanidad.

Ante este hecho, su reacción ha sido usar los medios masivos (de su
propiedad) para lanzar una campaña ideológica que pretende fijar en
las masas la idea de que las dos partes en conflicto pueden
considerarse iguales en lo referido a las violaciones de los derechos
humanos, soslayando que el Ejército y sus acciones formaron parte de
una política de Estado en la que el terrorismo fue el eje de todas las
fases del plan contrainsurgente, incluida la fase “democrática” (que
todavía transitamos). Es por ello que el fascismo local produce
discursos que pretenden ecualizar a los bandos que protagonizaron el
conflicto, criminalizando (como terroristas) a los exguerrilleros, los
indígenas, los movimientos sociales y la cooperación internacional
(que al financiar estos movimientos más bien los vuelve inocuos y no
amenazantes para el statu quo); también pretende usar el sistema de
justicia imitando los procesos que han llevado a algunos criminales de
guerra a ejemplares condenas, acusando a personas consideradas por ese
grupo fascista como “comunistas” (al estilo del macartismo) para que
sean juzgados como si fueran iguales a quienes están siendo condenados
por genocidio.

Pero no sólo así libra esta ultraderecha su disputa por la hegemonía
para instaurar su versión de nuestra memoria histórica como sentido
común. También produce discursos que buscan fijar la idea de que la
caridad y la beneficencia pueden sustituir a la justicia social
exigiendo “buenos comportamientos” a las pobrerías, los cuales propone
como “sana” alternativa a sus luchas por la justicia social. Ante esta
coyuntura, es ineludible tomar partido.

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