El fin del mundo como oportunidad

José Antonio Rojas Nieto

Una vez más comparto la escritura de esta nota con Raúl Rojas, mi compañero que coordina las investigaciones sobre inteligencia artificial en la Universidad Libre de Berlín. Y es que –junto con nuestras labores cotidianas del auto sin conductor y de la energía en México y el mundo– reflexionamos con admiración sobre la cultura maya-quiché, la de la genealogía de los hombres de maíz. Sí, la que –a decir del Popol Vuh– está destinada a trascender la vanagloria de plumas y riquezas, y adquirir una vista que observe más allá del horizonte y se extienda sobre todo el mundo.

La cultura de los hombres erguidos en el tiempo, el de hoy y el que está por venir, entre el cielo, la tierra y el vacío –a decir del admirado Miguel Ángel Asturias– destinados “a limpiar la tierra de los que brotan los árboles con hacha, de los que chamuscan el monte con las quemas, de los que atajan el agua del río que corriendo duerme y en las pozas abre los ojos y se pugre de sueño… los maiceros…”. Y es que sembrado para comer, el maíz es sagrado sustento, pero sembrado por negocio es hambre del hombre que fue hecho de maíz.

Para esta cultura, el próximo 21 de diciembre se cumplen 13 baktuns del inicio del mundo, del día cero. Habrá transcurrido un millón 872 mil días. ¡Qué oportunidad para relanzar la nueva cuenta de los días! ¡Para hacer una gran celebración e invitar al mundo a México, incluso en coordinación con Guatemala! El Jet Propulsion Laboratory (JPL), en Pasadena, ya publica un video donde intenta demostrar que el 21 de diciembre no se acabará el mundo. ¡Mucha literatura internacional habla –con admiración– de esta cultura! Pareciera que la vorágine electoral nos hace olvidar la riqueza de la celebración. Y su enorme capacidad de convocatoria internacional que, evidentemente, podría traducirse en un año de visitas y de turismo sin precedentes. ¡El calendario maya es una riqueza cultural invaluable! En el mundo se comercializa lo inventado en México. ¿Cómo celebrar –con enorme orgullo y a propósito de este fin de época– el calendario maya? Una muestra de su valor. El calendario gregoriano que nos rige es muy inferior en un sentido muy concreto: la cuenta de los días y de los meses se realiza usando números del 1 al 31, o del 1 al 12. ¿Por qué? Por la ausencia del cero en los números romanos utilizados en Europa por muchos siglos. Los mayas, por el contrario, conocían el cero. Y supieron aplicarlo al calendario. En contraste, las cuentas del gregoriano son esquizofrénicas: años en decimal; meses con base 12; días alternando base 30, 31, 28 y hasta 29 en los años bisiestos. El calendario maya cuenta los días uno por uno. Con base numérica 20, como muchos otros pueblos mesoamericanos. Por ejemplo, la fecha maya del 11 de marzo de 2012 se escribe como 12.19.19.3.17. Se lee de derecha a izquierda: 15 días, 3 grupos de 20 días, 19 grupos de 360 días, 19 de 7 mil 200 días y, finalmente, 12 baktuns de 144 mil días. Así, el numero de días en cada grupo avanza multiplicando por 20, excepto al pasar de 20 a 360 días (7 mil 200 es 20 por 360 y 144 mil 000 es 20 por 7 mil 200). Como 360 días es casi un año, la pequeña desviación de 400 (20 al cuadrado, por cierto) resulta conveniente. Del 11 de marzo al 21 de diciembre faltaban sólo 285 días para que la fecha del calendario maya se transforme en 13.0.0.0.0. Una fecha con cuatro ceros al final. A pesar de lo que dicen algunos (es como el año 2000), esto no puede suceder en los calendarios occidentales. ¿Por qué? Porque no existen ni día cero, ni mes cero, ni año cero. Los mayas, con la introducción del cero, crean un calendario basado en un sistema numérico con preminencia en dicho número. Ni siquiera los ilustrados revolucionarios franceses se atrevieron a usar el cero. El año 1792 fue declarado como año uno de la revolución en el calendario republicano. Hay que decir también que esta fecha 13.0.0.0.0 ya se dio una vez, precisamente al comenzar el tiempo. La mitología maya cuenta de un proceso de varias creaciones. El mismo Popol Vuh nos las cuenta. En la primera los animales –sin habla– fueron incapaces de alabar a los dioses. En la segunda y la tercera los hombres de barro y de madera eran muy débiles o simplemente no tenían alma. Sólo en la cuarta apareció el hombre de maíz. Con tantas facultades que hubo que recortarlas para que no se convirtiera en concurrente de los dioses. Esa es la actual creación que alcanzará la fecha clave 13.0.0.0.0. Los arqueo-astrónomos se han ocupado durante muchos años en dilucidar el calendario maya, sobre todo la correlación entre nuestro calendario y el día cero de ese calendario. Según la correlacion Goodman-Martínez-Thompson, el día cero fue el de agosto de 3 mil 114 antes de Cristo. En la concepción mesoamericana del tiempo cíclico, el 13.0.0.0.0 es también el inicio del tiempo (Avery, Skywatchers). Así, y efectivamente, el 21 de diciembre podemos darle reset al reloj. Y volver al 0.0.0.0.0. Y comenzar a contar el tiempo de nuevo. ¡No hay que hacerle caso al JPL! Y vivir de aquí al 21 de diciembre como si se nos fuera el tiempo. ¡Realizar lo pendiente! ¡Completar lo incompleto! ¡Concluir lo inconcluso! Va una modesta proposición: convertir el 21 de diciembre en una gran fiesta. En Chichén-Itza, en Mérida, en Progreso, en Valladolid, en Cancún. También en Teotihuacán. Y en todas nuestras sagradas ruinas arqueológicas. En todo México. En Guatemala. Si el mundo entero celebró la transición al primero de enero de 2000 con grandes fiestas, démonos y démosles la oportunidad de celebrar aún más estruendosamente la fecha 13.0.0.0.0. ¿Qué esperan las secretarías de Educación, Turismo, el INAH para impulsarla y valorarla como la gran oportunidad que es? En el día uno de la nueva creación podremos exclamar desde cualquier lugar de México o Guatemala el canto maya de la creación: ta tschawäschoq, ta saqiroq kâch, ulêw: que aclare, que amanezca en el cielo y en la tierra. Sin duda.

NB. A un año, un fuerte, enorme y apretado abrazo a Javier Sicilia.

rojasags@yahoo.com.mx