La doble cara política de una misma América Central

Bernard Duterme

CETRI

«Los resultados contrastados de este domingo, donde un general de mano dura encarna el cambio y un antiguo guerrillero sandinista la continuidad, son reveladores. América Central es el eslabón débil de las Américas«, se podía leer en un blog del diario Le Monde el pasado Noviembre, al día siguiente de las elecciones presidenciales de Guatemala y Nicaragua. Es cierto que entre la «mano dura» de Otto Pérez Molina, el alto militar guatemalteco retirado -elegido en la segunda vuelta con un 53,8% de los votos-, y el «socialismo, cristianismo y solidaridad» de Daniel Ortega, presidente nicaragüense saliente -ampliamente elegido desde la primera vuelta con un 62,4%-, hay más que una diferencia de tono. Y lógicamente, la estrategia electoral del primero, recientemente incorporado a la política, no puede confundirse con la del segundo, en busca de un tercer mandato. Es cierto también que la región centroamericana presenta -en materia de pobreza, desigualdad, criminalidad y debilidad de las instituciones democráticas- resultados peores que los registrados en el resto de América Latina.

Sin embargo, ¿«revelan» los resultados contrastados, véase las disimilitudes entre estas dos escenas político-electorales -la guatemalteca y la nicaragüense- la fragilidad del istmo centroamericano? Bien visto, realmente no. Excepto si consideráramos América del Sur -donde otros ex-militares de mano dura encarnan “el cambio” (Venezuela, Perú) y otros antiguos guerrilleros “la continuidad” (Uruguay, Brasil…)- como ejemplo de otro «eslabón débil» de las Américas; lo que ya empezaría a ser demasiado para un solo continente. La fragilidad de América Central reside más bien en lo que tienen en común Guatemala, Nicaragua y sus vecinos inmediatos: un mismo esquema de extroversión económica que mantiene a estos pequeños países, sin consistencia político-financiera de cara a los inversores externos, en una relación de dependencia estructural con respecto al mercado norteamericano, así como asiático y europeo.

El «crecimiento» centroamericano

Ricos en recursos naturales -de suelo y subsuelo-, Guatemala y Nicaragua no se han negado precisamente a romper con el antidiluviano modelo agroexportador, siempre dominante (azúcar, café, plátanos, cardamomo, tabaco, carne…). Débilmente industrializado el primero (confección textil…), muy débilmente industrializado el segundo, los dos países participan incluso en una cierta «reprimarización» de la economía latinoamericana ; trabajando en estos últimos años por una multiplicación de los proyectos mineros y el impulso de los agrocarburantes. Y ello, en esencia, en manos de grandes grupos privados, nacionales o transnacionales. Así como por la industria turística que florece en Guatemala sin obligaciones reales en los ámbitos fiscal, social, medioambiental y cultural. Envidiosa, Nicaragua intenta atraerla, a su vez, nivelando aún más a la baja toda forma de regulación.

Si estas dos economías -endeudadas y siempre a las órdenes del FMI- registran, sea un buen o un mal año, tasas de crecimiento «correctas» (3-4%), fracasan en cambio, y lamentablemente, en alimentar al conjunto de su población. Nicaragua figura entre los países más pobres del continente, y Guatemala -donde un niño de cada dos sufre de desnutrición- figura entre los más desiguales. Servicios públicos amputados; instituciones del Estado anémicas, débiles, impregnadas por los poderes fácticos y el narcotráfico en Guatemala; fiscalidad directa ridículamente baja (¡menos del 10% del PIB!); corrupción de las élites; nepotismo; alargamiento social y sanitario de importantes «bolsas de pobreza»; saqueo del medio ambiente… El último informe de la Secretaría de la Declaración de Ginebra (Octubre 2011) ha sido el colmo: «América Central es hoy la región más violenta del mundo«, última confirmación del clima de descomposición social que prevalece.

La “alternancia” guatemalteca

En realidad, es sobre todo Guatemala (junto con El Salvador y Honduras) la que está afectada por unos niveles de violencia alarmantes; mucho menos Nicaragua. Es una diferencia notable entre los dos países, no sin un vínculo con aquello que distingue su escenario político respectivo. Una media de 18 homicidios al día en Guatemala, que suponen entre 6.000 y 7.000 al año en este país de menos de 15 millones de habitantes. Según Naciones Unidas el 98% de esos crímenes quedan impunes, como siguen la mayoría de los responsables de los «actos de genocidio» perpetrados contra las poblaciones indígenas durante la interminable guerra interna (1960-1996). Hoy en día, el Estado habría perdido el monopolio de la violencia en regiones como el Sur de Petén y la Franja Transversal de Norte (donde Guatemala se vuelve más estrecha entre el Mar del Caribe y la Chiapas mexicana), presas tanto de los cárteles de la droga como de las artimañas de los maestros del petróleo y de las nuevas plantaciones de palma de aceite. El discurso electoral ultra-securitario del nuevo presidente ha hecho, por tanto, diana. Poco importa su propia implicación en la política de la «tierra quemada» en Quiché a principios de la década de los ochenta, su papel como cabeza de los servicios de inteligencia militar a principio de la década de los noventa, los vínculos actuales de su partido de extrema derecha con el crimen organizado, etc.

Analizándolo, el general Otto Pérez Molina es el séptimo presidente electo desde el regreso a un Estado de Derecho «de fachada» en Guatemala. Invariablemente apoyados y financiados por uno u otro sector de la oligarquía nacional, cada uno de sus predecesores montaron, para su propio beneficio, un partido político ad hoc; máquina mediático-electoral efímera que ha sido aplastada sistemáticamente, como su candidato, durante las elecciones siguientes. Siete partidos y siete presidentes distintos a la cabeza del Estado guatemalteco en siete mandatos. Volatilidad política récord y al mismo tiempo insólita que, añadida a la importante abstención (40%), a la atomización de la oferta partidista, a un electorado desarticulado, a la continuidad conservadora y ultraliberal del poder y la ausencia de fuerzas progresistas federadoras a nivel nacional, hipoteca el sentido realmente democrático de la «alternancia» guatemalteca.

El «sandinismo» nicaragüense

En Nicaragua, de hecho, la nueva victoria electoral del ya quincuagenario Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) aparece como la expresión de una cierta estabilidad política. Y su secretario general, Daniel Ortega, ¡como un estratega confirmado ! Líder de la revolución sandinista que derroca la dictadura somocista en 1979, presidente electo en 1984, reelecto en 2006 (1) después de tres elecciones presidenciales perdidas (1990, 1996, 2001), y por último, el citado cuasi plebiscito en Noviembre pasado con una cómoda mayoría absoluta (62,4%), ¡en la primera vuelta! Si de múltiples «irregularidades» han estado señaladas -sin duda con razón- antes (2), durante y después del escrutinio, el aumento de popularidad del presidente sandinista se basa más en el impacto de las políticas sociales llevadas a cabo desde 2006, gracias especialmente a la ayuda de la Venezuela chavista en el marco de la ALBA (Alianza Bolivariana de los pueblos de nuestra América) y a la ausencia de una candidatura alternativa creíble.

Más bien a la izquierda en sus prioridades sociales, sus discursos y sus relaciones internacionales, el antiguo revolucionario Ortega, sin embargo, ha realizado en otros ámbitos una serie de torsiones ideológicas y algunas vueltas de tuerca oportunistas. Ha perdido el apoyo de la mayor parte de la intelligentsia sandinista, que le reprocha también el acaparamiento personal de un FSLN no democratizado. Pero ha ganado sobre todo su «des-diabolización» en los sectores antiguamente hostiles. La prohibición de toda forma de aborto (3) votada, por los sandinistas, ha tranquilizado a los diferentes conservadurismos cristianos, dominantes en Nicaragua ; entre ellos al viejo cardenal Obando en persona, que anunció a partir de ahora su apoyo a la familia Ortega. Por su parte, la patronal, los inversores externos y los organismos financieros internacionales han encontrado alivio en la gestión ortodoxa de la economía por parte del FSLN: respecto a los programas del FMI, reprivatización de empresas nacionales, ratificación del muy liberal Tratado de Libre Comercio entre América Central y Estados Unidos… Hasta tal punto que el presidente sandinista es hoy considerado como un «populista responsable«… Un garante de la paz social en cierto modo.

Por lo tanto, si bien es cierto que no se puede confundir las configuraciones socio-políticas nicaragüenses y guatemaltecas, se impone la idea que América Central sigue dominada por sus demonios, tanto interiores como exteriores.

Notas

(1) Desde la primera vuelta, con apenas un 38% de los votos, y paradójicamente, ¡uno de sus dos scores más débiles en seis candidaturas presidenciales! Modificada a favor del «pacto» anterior entre Ortega y Aleman (Presidente liberal de Nicaragua desde 1996 hasta 2001, condenado por corrupción y después puesto en libertad por la Corte Suprema de Justicia…), la Constitución permite a un candidato que reúne el 35% de los votos, con una ventaja de 5 puntos, ser elegido en la primera vuelta.

(2) Prohibiendo la Constitución toda reelección inmediata y más de dos mandatos presidenciales a una misma persona, Daniel Ortega ha tenido que contar con una «derogación» otorgada por la Corte Suprema para poder concurrir.

(3) Chile, El Salvador, Malta, El Vaticano y, desde 2006, Nicaragua, son los únicos países del mundo donde la interrupción del embarazo es ilegal sin ninguna excepción, cualesquiera que sean los peligros expuestos o las violencias sufridas.

Fuente: http://www.cetri.be/spip.php?article2520&lang=fr

Traduccion del francés: Natalia Sagrario

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