Diálogo fundamental

Por Christian Echeverría

 

PDH afirma que hay hoy un déficit de 1 millón 600 mil viviendas en Guatemala, afectando a 7 millones de personas. Pobladores, unos de la guerra, otros de la posguerra; luchan por lo mismo: vivienda digna.

Militares en democracia. Diplomático vinculado con la CIA, nuevo embajador norteamericano. EE.UU. financiaría al ejército y respalda al MP. Ultraderecha difama a izquierda con demandas. Vientos mundiales bélicos. Crisis económica en EE.UU. y Europa.

El 2011 termina con cambios. Una legislatura más finaliza debiéndole mucho al pueblo. Recientemente, me involucro con organizaciones sociales que actúan exigiendo transformaciones. Conocí a Margarita Valenzuela y a Julia Antonio de la Coordinadora Nacional de Pobladores y Áreas Marginadas de Guatemala (CONAPAMG). Estaban recuperándose de la huelga de hambre que habían emprendido por muchos días frente al Congreso, con espíritu intacto, poderoso y audaz hacia el futuro. Las entrevisté para poder escribir. Era una micro-comunidad instalada en la calle. Escuché llorar a una niña que había nacido allí mismo, en medio de la huelga. Era nieta de Margarita, que amamantaba su hija. “En el 76 nos quedamos sin vivienda” –me dijo, cuando indagaba por sus motivos para hacer lo que hizo y para exigir lo que exige- Que vivió en un lote de 10×20, que tiene 7 hermanos. Madre soltera de 4. “A la nena le llamamos Leyla” –contó sonriente sobre su nieta que allí estaba- en alusión a la Ley de Vivienda 3869 que exigen aprueben los políticos. “Cada día que pasaba los abuelos nos daban fuerza” –me aseguró hablando de sus creencias xincas y de la ayuda que pedía para luchar contra el hambre y la calle- Entendí por qué, alguna vez se alzó en armas.

Julia tiene 28, mi edad casi. Recién bañada, la noté ansiosa por hablar conmigo mientras entrevistaba a Margarita, su compañera de huelga. Contó su historia. Que su muy pequeña hija murió en marzo. Cree, por la contaminación de las aguas negras que circundan su champa donde vive. Tiene otra hija mayor que se quedó en casa, a la que quiere inspirar con su lucha. Hoy se siente digna –afirmaba resuelta mientras rodaban lágrimas pero sin romperse-. “Mi familia no me apoya (…) ni me llama para reclamarme ni me dice nada (…) a veces siento que me voy a desmayar pero yo pienso en mi hija y me da fuerza (…) ni mi pareja, no le interesa, se sorprende, no sabe cómo expresarlo (…) a mi hija que no la he visto –decía- (…) la que se fue es la que me da fuerza si hay más luchas”. “Margarita ha sido una gran fortaleza a mi vida”. Julia y Margarita son mujeres indígenas.

Margarita vivió la guerra. Julia y yo somos la generación de posguerra. Todos necesitamos lo mismo: construirnos una esperanza. Recorrer un camino personal y colectivo hacia un lugar mejor del que hay. Necesitamos volvernos hombres y mujeres en este recorrido. Así como lo hacen ellas.

Debemos establecer un diálogo entre la Guatemala de la guerra. Esa de las generaciones que la vivieron en carne. Y la Guatemala de la posguerra. De los jóvenes que no la vivimos directamente, la de los que solo disponemos de un presente distorsionado, de una ficción y de un robo de memoria. Ambas parecen divorciadas. Si no las hacemos encontrarse, dialogar; seguiremos presos en des-esperanza, sin poder ser. Debemos recorrer juntos un camino común como el que recorren Margarita y Julia. Un camino para exorcizar los demonios personales y transformar la sociedad colectivamente. Ese, el reto que nos plantea esta Guatemala de hoy. Esta es la posguerra.

 

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