Viajando ligera

A los 18 años decidí viajar ligera. Tomar un bus, sin saber a dónde me llevaba. No quería estudiar, vivía el acoso de mis padres y me sentía desprotegida en ese mundo de envidias y desencuentros. Así que tomé un bus y decidí no regresar. Pero la primera noche fuera del abrigo de mis padres y el cobijo de mis hermanos, no resulto tan placentero como pensé. Así que llamé y mi hermano mayor que llegó para recogerme. Mis padres nunca se enteraron.

Un año después planifique las cosas mejor. Hable con mis padres, no para solicitar permiso, sino más bien para hacerles ver mis intenciones. No lo comprendieron, pero tampoco se opusieron. Así que tomé un bus rumbo a la playa donde vivía uno de mis mejores amigos y ahí decidí que me quedaría un tiempo viviendo en las playas del pacifico.

Los primeros días fueron de juerga. Celebramos mi cumpleaños 19 en medio de hogueras, guaro artesanal y baile erótico en plena playa hasta el amanecer del otro día. Así estuve por varios días recorriendo la playa, visitando amigos, fumando mariguana de vez en cuando y tuve una aventura con un chavo del lugar. Pero mi amigo regreso a la normalidad de su vida y su trabajo, y yo me quede anclada en aquel lugar, sin saber muy bien que hacer.

Regresar a casa y a mi vida normal era señal de mi fracaso y eso me frustraba. Lo primero que surgió era que debía trabajar, el dinero que llevaba no alcanzaría para mucho más. Después tendría que buscar un lugar para quedarme. Mi amigo no vivía ahí, era su familia y después de 20 días en aquella casa, sus padres ya estaban cansados de mi presencia.

Comencé a buscar trabajo, casa para vivir y cosas por hacer para mantenerme y establecer ciertos parámetros de vida normal. Así que comencé a buscar en los bares de la playa, quién me podía contratar. El primer tipo con quien me tope, me dio trabajo.

Dos días estuve sirviendo tragos y comida a los turistas, gringos y europeos, que llegaban a disfrutar el pacífico guatemalteco. En la noche dormía ahí, entre la cocina, el baño y las mesas, después de medianoche, hora que quedaba vació el bar. A la tercera noche, el dueño del changarro me proponía sexo a cambio del trabajo y la estancia. El sueldo te lo haces con las propinas, dijo, y mira que es mi mejor oferta agrego. De inmediato lo mande a la mierda. Esa noche dormí en el filo de la playa y con el ojo puesto en el cretino.

A la siguiente noche un chavo del lugar me ofreció un espacio en su cuarto. Lo había conocido por mi amigo y era de confiar. Dormíamos en una cama imperial, los dos, juntitos, envueltos cada quien con sus calores. Hasta que una noche, terminamos desnudos, cubiertos por el mosquitero y con ganas de que nuestros cuerpos se estremecieran por el mar bravo de esos días. Una semana después, había conseguido trabajo y deje al chico con ganas de más.

Afortunadamente aprendí la lección y comencé en el bar de la competencia por un sueldo y un lugar para dormir. Era un hotel camping que se ubicaba frente al changarro anterior. Así que cuando podía le quitaba clientes y empleadas al tipo, hasta que colmado de sus pérdidas llego amenazarme con matarme si no dejaba de chingarlo. Eso me asusto mucho, pero no me amedrento. Así siguieron los meses siguientes hasta que un día conocía a un surfista gringo que de inmediato lleve a la cama. Eran tan guapo y tan tímido que me aproveche de sus inseguridades.

Después de una semana mi nuevo amigo tenía que marcharse. No fue problema, ese mismo día llegaron dos alemanas que recorrían el país en medio de una combi Volkswagen. De inmediato hice amistad con ellos. Eran tan guapos, ambos, y tan diametralmente opuestos al gringo perdido, que me sentía atrapada por el carisma de los dos.

Uno me propuso irme con ellos al Petén e Izabal, recorrer Puerto Omoa y llegar hasta las islas en Honduras. Al otro día, le dije adiós al dueño del hotel y me fui con mi nuevo amigo en una camioneta VW de la década de los 70.

Durante una semana viajamos conociendo diversos lugares, aldeas y parajes del oriente y norte del país. Y claro a lo largo del viaje, disfrutamos los ríos para bañarnos y fue así como descubrí que me gustaba andar desnuda y mostrar mi cuerpo y saber que alguien o muchos me ven como morbo. Hice el amor con los dos tipos. Un día con cada uno. Fue sensacional, saber esa experiencia, experimentar las diferencias, conocer mi cuerpo y descubrir las diferencias entre los hombres me pareció un acto de libertad y amor propio.

Durante el trayecto me acostumbre andar desnuda. Ellos también estaban así. Y eso nos reforzó a los tres. El sexo se convirtió en algo de primera necesidad en aquella travesía, que ya duraba tres semanas.

Nunca llegamos a Izabal. Nos quedamos atrapados entre El Petén y Alta Verapaz. Una finca refugio de hippies y tipos nómadas que buscan diversidad de aventuras en plena selva. El sexo con ambos alemanes fue eso, sexo de descubrimiento. Ahora, en aquel lugar se abría la posibilidad de ampliar mis horizontes.

Eso me llevo a una comunidad de locos y locas en la selva de Peten. Era una comunidad de extranjeros, que vivía de paz y amor, protegidos por un hotel camping, que nos daba trabajo, cobijo y lugar para el desmadre. Ahí empecé a explorar la sexualidad con más intensidad. Probé con frecuencia el sexo más inusitado que jamás me imaginé.

Comencé a trabajar ahí, sirviendo tragos, haciendo la limpieza y atendiendo a los nuevos inquilinos. Cuando mis amigos alemanes se marcharon, comencé a dormir en hamacas, al aire libre, o sobre un petate lleno de aromas y sabores. A tener placer a toda hora. A sentirme dispuesta a disfrutar mi sexualidad y mi cuerpo. A disfrutar de mis relaciones y de mis amistades, respetando la diversidad y la disposición de cada quién.

La gente que llegaba se queda en promedio unos 15 días, no más. Los fines de semana había juerga que comenzaba el viernes y terminaba casi el lunes al medio día. En medio de la nada había una pequeña laguneta, un pequeño campo nudista y un espacio para acampar.

Ahí conocí a un noruego que me llamo la atención por el tamaño de su pene. Él era guapo, alto y con barba, y solo eso era suficiente para que cualquier chica se fijara en él, pero su pene era enorme. Y como andaba como Juan por su casa en el campo nudista, desnudo todo el día, nunca pude dejar de fijarme sobre semejante pene.

Al final, él se dio cuenta y nos conectamos. Estuve un tiempo con él. Me cogía como loco y me disfrutaba como niño. Fueron 13 días de sexo interminable. Tenía unas energías enormes y mis ganas se juntaron con su rendimiento.  Pero pronto me di cuenta que esos noviazgos, no funcionaban en ese tipo de comunidades, en donde la comunión entre todos los miembros es la regla. Así que comenzó a cogerse a otras dos chicas y mi mentalidad puritana de guatemalteca de bien, pudo más y me enfureció. Creí que aquello sería amor eterno.

Así que comencé a involucrarme en relaciones bisexuales, lésbicas y me convencí que estaba teniendo aventuras fantásticas. Pero a veces sentía también que estaba al borde del pánico. Sin embargo, siempre existía el sentido de la curiosidad por esas experiencias intensas, así que siempre busque nuevos horizontes para romperlos.

Eso me llevo de vuelta a mi casa, dos años después, ya con 21 años. Aún mantengo contacto con el noruego lindo y con uno de los alemanes con quién establecí una bonita relación. De lo demás no recuerdo más que sus rostros, sus gestos, sus ganas de explorar mi frágil y diminuto cuerpo.

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