Vestida y alborotada

Lo conocí por casualidad, pero me atrajo por convicción. Fue así de sencillo. Un breve encuentro fue suficiente para despertar el deseo por aquel desconocido. Pero esa noche solo logre un beso en la mejilla y una promesa que llamaría al siguiente día. Lo cual no paso.

Después de unas semanas, la casualidad volvió hacer su parte en este enredo. Nuestra conversación fue amena e interesante, mientras él hablaba yo pensaba morder sus labios, sentir sus manos sobre mis pechos y meter mi lengua en todas las partes íntimas de su cuerpo.

De nuevo solo fue una amena conversación, hasta que le propuse tomar un café después, y para fortuna mía acepto. Así que por la tarde nos encontramos y como siempre me sucedía con aquel hombre, mis nervios denotaban mis deseos por tener ese cuerpo masculino finamente cuidado. De repente dijo que tenía que irse y nunca tuve oportunidad para ofrecer mis ganas y mis deseos por él.

Al cabo de unos días, me enteré que había una fiesta donde este chico llegaría, así que me vestí para la ocasión. Todo lo tenía planificado y sabía que esa noche lo llevaría a mi cama y lo haría mío.

Todo iba bien, salimos de esa fiesta contentos, dispuestos a explorar nuestros deseos. En el camino pasamos por una gasolinera, y mientras yo compraba unas bebidas él pedía una caja de preservativos en el mostrador. Eso me dio una pista de las cosas que pasarían esa noche.

Pero una llamada de última hora provoco un vuelco inverosímil a la aventura. Un accidente me dijo cuando yo estaba de pie, lista para darle el beso que nos llevaría a la cama del motel cercano y las únicas camas que compartí esa noche eran las de un hospital. El accidente de un amigo modificaron los planes.

Ante tantas vicisitudes tire la toalla. Pensé que ya no había caso y me fui a casa sola. Triste y sin ganas de nada.

Tres meses después supe de él nuevamente y comprobé que los deseos estaban intactos. Así que lo llamé varias veces y platicamos abiertamente sobre el sexo, el erotismo y mis deseos. Tan abierta fue nuestra platica que una noche decidí llegar de sorpresa a su apartamento.

Nuevamente me vestí para la ocasión. Un vestido corto negro, ropa interior fácil de quitar y unos zapatos de meter, eran los mínimos accesorios de la noche.

Llegue en punto de las 10 y toque el timbre insistentemente.  El principio pensé que no estaba, pero luego escuche ruido adentro y después luces. Al cabo de unos minutos por fin abre la puerta. Era él, casi en una escena de película.

Al fondo el amigo accidentado estaba desnudo, observando quién llegaba. Su silueta era la mejor evidencia que la suerte no existe, todo lo demás es pura casualidad. Y de nuevo, me quede vestida y alborotada.

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