Valió la pena

Mi amiga me lo contó así:

Carolina volvió con dificultad del estado en el que estaba sumida tras el orgasmo. El hombre de los tatuajes se los había trasladado a su cuerpo, dejando la seña de aquella noche mágica.

Ahora solo sentía el calor de Miguel junto a ella. El se regocijaba de su respiración agitada.

—Quítame la venda —murmuró con dificultad. Parpadeó un par de veces antes de abrir sus ojos verdes a la luz sensual de la enorme sala, donde todo parecía estar a años luz de allí.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Miguel, jugueteando con los dedos por la línea de su cadera.

Carolina compuso un gesto de extrañeza. Percibía todo con una claridad y una nitidez extraña. Sentía que sus percepciones estaban exacerbadas y se giró hacia Miguel con movimientos pausados.

—Desátame.

Claro, pero como te sientes, volvió a preguntar Miguel.

Mientras él deslizaba la seda por sus antebrazos para deshacer los nudos que la mantenían inmovilizada, paladeó en su boca el recuerdo de la última vez que había degustado la piel de Carolina.

El aún escuchaba su respiración, ya más pausada, y ahí donde la tocaba le dejaba una estela de fuego sobre su piel desnuda.

Miguel, le dijo, valió la pena.

Entonces se fundieron en un abrazo eterno.

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