Vacilada

Todo empezó cuando regresaba de la universidad. Era una tarde con unos celajes hermosos, típicos de la época. Venía caminando para mi casa y decidí acortar el trayecto pasando en medio de un parque en donde a esas horas se mantienen los chavos de la colonia drogándose.  No me importo, estaba cansada y a todos, o casi todos los conocía. Yo llevaba el pelo agarrado, las uñas pintadas de negro y blanco, con un pantalón de lona roto y mi chupa de cuero por el frio, acompañada de una bufanda típica. De pronto lo vi, el sobresalía entre todos, porque nunca antes lo había visto ahí. Lo observe con disimulo, si pude fijarme en su figura y grabarme su imagen. Debía continuar mi camino, no podía permanecer en aquel descampado que los vecinos mayores evitan por la tarde noche y que me traería mala fama. Uno de los chavos de esa esquina me llamo. Vos, qué putas haces aquí, me dijo, vení, me grito desde ahí. Yo seguí caminando, y solo le hice gestos como quién lo llamaba. Así, en una bici californiana llego rápido, me saludo de besito y de nuevo me pregunto qué putas. Aquí vos de la U, le conteste. Se me hacía muy incomodo quedarme platicando con él. La noche estaba entrando y la gente llegaría a casa, para contarle a mi madre. Seguí caminando y el acompañándome. Hasta que llegamos al final y no resistí preguntar. Mira, y quién es ese chavo. Ah¡¡¡ cabrona, ya sabía que andas en algo, me dijo. Sabes que te lo conecto, pero dame 10 varas. Puta vos, tan urgente es tu onda. No nena, lo que pasa que les debo a esos majes. Pero mira pues, a las 8 llegan a la cancha, por los partidos, llégate y te lo conecto. Va. Cuando le conté a Cristina, la desilusión afloro de inmediato. No nena, no seas tontas, ese chavo es gay. Anda con Antonio y también quería con mi hermano. El tico de sangro.

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