Una historia de amor

Recién llegada a la ciudad intente devorar el mundo y sus habitantes. Llevaba años sufriendo las desdichas de un pueblo pequeño con un infierno grande.

Quería conocer diversidad de personas, hacer nuevos amigos y tener novio.

Pero ni uno, ni lo otro. Entonces me dio por tener sexo compulsivamente.

Pero no tuve el valor inicial, ni tampoco los medios para lograrlo.

Primero porque no conocí a muchas personas, la gente de la ciudad es más cerrada que la de los pueblos. Segundo, porque me relacione con personas bastante conservadoras, religiosas en muchos casos, que tenía una cosa en mente, mantener las apariencias hipócritas que le impone la sociedad.

Y tercero y más importante, me enamore de entrada de un chico muy lindo, que me abrió la mirada y me llevo por un camino lleno de espinas y rosas, hasta alcanzar la verdadera libertad.

Entonces el amor llegó de la mano del sexo. O más bien, una cosa condujo a la otra. La felicidad broto, como sinónimo de alegría. Sin hipocresía, sin control, sin más reclamo que vivir y dejar vivir.

Y todo surgió precisamente de mis miedos, de mi drama y sobre todo de mis angustias. El sexo, uno de los tantos tabúes con los que creces dejo de ser un problema y se convirtió en una solución.

Pero esta no es una historia romántica, ni mucho menos cursi. Es más bien, una confesión. El sexo llego hacer tan bueno, porque atrás de nosotros había un sentimiento que lo nutría y permitía explorar la intimidad de una manera más profunda.

Hacer el amor se convirtió en parte de nuestras vidas. Compartir nuestros cuerpos, tan naturales como la propia naturaleza, nos hizo entender que el orgasmo es una forma sublime de expresar nuestra identidad.

Te gusta? Comparte

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *