Un tipo maldito

Estaba sentada en un rincón de la biblioteca, concentrada en la lectura, cuando de manera inesperada se apareció Juan. Con un hola a secas me sorprendió. Qué haces aquí, le increpe.

Nada, respondió con sarcasmo. Bueno, vengo ayudarte, dijo nuevamente con mucho morbo. Sabía que no era cierto su ofrecimiento. Es un vago para el estudio. Pero seguro que quiere cerciorarse de ser incluido en el trabajo final, pensé. No puede perder otro curso y yo soy su salvadora.

Ok, le conteste, entonces siéntate aquí y me ayudas. Se sentó a mi lado y por un instante pensé que era cierto que llegaba a trabajar, pero estaba equivocada.

Primero me observo bien las piernas. Un poco molesto que no quito su mirada de mis piernas. Era algo extraño, creo que era la primera vez que me miraba así. Yo me puse nerviosa. El dijo algo, pero igual no importaba. Habla de muchas cosas incoherentes, hasta que me tomo del brazo.

Qué haces, dije algo contrariada. Te digo algo y no me pones atención, dijo algo serio. Lo siento, es que tu no ayudas, dije. Entonces levante la cabeza para mirar sus ojos y me encontré con su rostro muy cercano. Eso me puso más nerviosa. Entonces, con su mano derecha me despejo el pelo de la cara y con la otra me dio un cariñito en la mejilla.

Eso me desarmo. Eres muy bonita dijo. Yo no exprese nada, pero no deje de mirar sus labios, tan rojos y carnositos que me dieron ganas de morder.

Entonces se acerco más y sus labios rosaron los míos. No reaccione, y eso fue algo atrevido de mi parte. Entonces me beso de nuevo y su lengua mojo todo a su paso. Mis manos no sabía qué hacer, porque mi cuerpo estaba a su merced.

El supo que estaba dispuesta a todo. Entonces con sus dedos me abrió los labios y su lengua entro con fuerza y me abrió hasta el alma. Suspire. Dos chicas miraban al final del pasillo disimulando con la lectura en aquella enorme biblioteca.

Eso duro unos pocos minutos. Estábamos en la biblioteca, pero me daba igual. Hasta que sus manos dejaron mi rostro y se metieron entre mi blusa para tocar mis pechos. Los estrujo con fuerza y sin contemplación. Tampoco reaccione, lo deje que hiciera lo que más quisiera.

Fue ahí cuando se dio cuenta que podía conmigo, más de lo que se había podido imagina y sus manos tocaron mis piernas por primera vez y un escalofrío recorrió mi cuerpo y me hizo estremecer. Entonces toco mi vagina, ya húmeda y sus dedos intentaron por todos los medios penetrar mi calzoncito rojo de encajes.

Lo separe, no sin antes dejar que sus dos manos tomaran mis piernas con determinación. Para todo esto, las dos chicas del fondo ya no disimularon nada y observaban nuestro encuentro. Quizás alentando para que continuara y envidiosas de las cosas que se podían hacer en aquella biblioteca.

Qué haces, le dije. Estamos en la biblioteca. Y qué importa, dijo. Mientras su lengua avanzaba sobre mi cuello y mi piel se erizaba.

Entonces le pregunte: y tu novia. Entonces paro. Es cierto, dijo. Me espera en la cafetería, con todo el cinismo del mundo. Quieres venir, tomamos un café. Tas loco, le respondí. Antes de levantarse, metió su mano entre mis piernas y me dio un beso. Ambas cosas las hizo con suma facilidad, pues yo estaba dispuesta a sus deseos.

Pero solo lo hizo para marcar su territorio. Era la primera vez que me daba un beso, pero sabía que yo estaba dispuesta, para cuando el quisiera, sin importar que la novia estuviera esperándolo.

Te veo en la noche, dijo. Paso como a las 9 por tu casa. Pero qué te crees, le dije. Que soy tu desagüe, que después de coger con tu novia, vas a llegar por mí. Se sonrío, me jalo de la cintura y de nuevo, sus besos fueron el preludio de una noche de sexo de amantes.

Antes de irse, me dejo su número de carné y se cercioró de ser incluido en el trabajo. Te lo voy agradecer mucho. Lo despedí con un maldito.

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