Un novio fatal

Con Ernesto duramos casi el año de novios. Es un chico tímido y no sé porqué termine enrollada con él, si en serio no me gustaba de nada. Siendo alto y delgado yo parecía su llavero. Pero una cosa me llamo la atención y fue lo que me engancho: su pene y la forma de hacer el amor.

Su pene era grueso y un poco más grande de lo normal. Quizás más largo, pues no era un pene enorme, pero si grueso. Pero además, tenía  a su favor que el pene lo tenía circuncidado, lo que le agregaba un aspecto bastante bonito, lo que me provocada mucha fascinación por el juego previo.

Ahí existió una relación idílica con aquel pedazo de musculo que cuando se estiraba, me podía provocar los orgasmos más dulces y sonoros que jamás me hayan provocado. Y eso no era porque el fuera un experto en la cama, ni nada que ver. Por su condición introvertida, solo le gustaba, o quizás este mal dicho, le fascinaba hacer el amor por detrás, sin mirar el rostro de la otra persona.

Así que la posición favorita era que yo estuviera en la cama y el parado, para dar con la altura correcta, penetrándome por atrás, generalmente en mi vagina, pero a veces también por el culo.

En ambos lados, me hacia venir dos o tres veces, antes que el acabara. Era una sensación de éxtasis que nunca alcance en otra postura con él. Quizás así encajaba de maravilla, y el roce me provocaba esos extraños y ricos orgasmos, a veces detrás de uno otro, múltiples veces, o bien, porque su movimiento cadencioso y rítmico, lo hacían más fácil de lograr. Lo cierto que esos dos motivos fueron la principal razón para duráramos tanto tiempo.

 

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