Un hombre decente.

Los chicos de mi clase y de mi edad me parecían más que sonsos, tontos. Así que comencé a pensar que las cosas estaban mal conmigo, cuando me emocione, por nada, con un señor mayor.

Era un amigo de mi madre, divorciado, con dos hijas de mi edad quién me atraía bastante.

Una mañana observe que salía a correr por la colonia, así que al otro día me enfunde un pants negro y me fui tras de él.

Hola, buenos días le dije cuando lo alcance.

Hola nena, fue su respuesta.

Lamentablemente era el primer día de ejercicio para mí, y mi estado físico dejaba mucho que desear. Así que a los pocos metros me sentí desfallecer. Mi respiración se complico y mi corazón estaba a punto de estallar.

Siéntate, descansa un poco, dijo con un tono de preocupación. Creo que tengo un calambre le dije para despistar un poco el nerviosismo que me provocaba y el cansancio que llevaba.

No te preocupes, donde es, pregunto gentilmente. Y tomo mi pierna y empezó a frotar y estirar. Me quito el zapato y sus dedos se fundieron en mi calceta que deslizo con sumo cuidado para dejar mi pie expuesto entre sus manos, de tal manera que mi cuerpo tomo otras angustias menos tormentosas.

Por un momento sus dedos me frotaron mi pie desnudo, y ese instante fue lo más cercano al placer que tuve por años con aquel señor. Nunca lo olvide.

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