Un experimento más

Al principio de mi matrimonio, una cosa me causó mucha incomodidad. Mi marido siempre me lamia el culo con mucha intensidad. Le gustaba, según me dijo, le daba mucho placer.

El sexo oral es fantástico, me ponía muy excitada, pero al terminar, pasaba su lengua por el ano y me lo besaba por un buen tiempo. Al principio me sentía mal, luego comencé a poner atención en mi higiene, hasta que le pregunté por qué lo hacía.

No te gusta, me pregunto. Bien, le dije, para no hacerlo sentir mal, pero es incómodo, agregué. Se sintió mal. Un poco disgustado y sentí que cuando lo hacíamos no ponía el mismo empeño.

Después de varios meses, continuamos en las mismas. El insistía y yo accedía para no quedar mal. Hay que experimentar, me dijo varias veces. Está bien, dije siempre. Hagámoslo. Así se pasó el tiempo y su obsesión por mi ano lo fue absorbiendo a tal grado que solo se enfocaba en eso.

Si me ponen a escoger, claro que selecciono lo normal, lo que más placer me provoca, pero para complacer los gustos de mi marido, accedía, pero cuando se convirtió en algo obsesivo, no me gusto. Ahora la enfadada era yo.

Un día pase a una tienda de productos sexuales a comprar lubricante y preservativos. La señorita que me atención fue muy amable y me comento sobre los nuevos productos y las formas de usarlo.

Bueno, le dije a mi esposo esa noche. Tu que insistes tanto en experimentar, ahora me toca mi turno de hacerlo contigo. Esas palabras lo pusieron super excitado. Así que continúe con el procedimiento que me explicó la chica de la tienda, pero antes le dije que le vendaría los ojos para que fuera más intenso.

Con unos lazos amarre sus piernas a la cabecera de la cama y posteriormente le unte aceite por todo el cuerpo. Luego le hice sexo oral, untándolo con chocolate y crema batida que compré en ese lugar. Mi marido gemía de placer y estaba muy a gusto.

Cuando estaba por terminar, una ya sabe cuándo su marido se vendrá, entonces lo frenaba y lo golpeaba para que retrasar la eyaculación y después de unos instantes continuaba con mi ritual. El gritaba de placer y me consta que lo estaba gozando. Nena, me dijo varias veces, que rico se siente.

Para no cansar con el cuento, llego el momento que sentí que era inevitable que eyaculara, así que me preparé de inmediato para el acto final. Un juguete que compre en la tienda pondría el colofón de esa noche. Era un pene largo y grueso, emulando un pene de negro, pues el látex era de ese color.

Le unte todo el aceite que pude y cuando estaba delirando, se lo deje ir en el culo. Mi marido grito, no sé si de dolor o de placer, pero grito. Ese pene enorme entro sin complicaciones. Y acto seguido lo comencé a mover, afuera y adentro, con un ritmo infernal, hasta que mi marido comenzó a chorrear semen a diestra y siniestra. Sus gritos dejaron lugar a los gemidos más mesurados y yo le frotaba su verga para exprimirle todo el líquido que tenía contenido.

El pene grande y negro se quedó adentro por varios minutos, mientras mi marido, después de eyacular, quería retomar su poder y despojarse de mí. Pero tuvo que contenerse.

Cuando todo concluyo, me escucho repetir sus frases de experimentar, mientras el rumiaba enojado por mi atrevimiento. Su molestia se sentía en el ambiente y cuando cenábamos, era peor, pues el pobre no podía sentarse cómodamente, mientras en mis adentros me la gozaba.

Te gusta? Comparte

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *