Un cualquiera

Una noche me destape y deje de ser la que era. Mis amigas me apodaban “la casi virgen” y me lo decían tanto que me lo creí. Era una chica buena, de las que ya no hay, hasta ese día que estalle. Tuvimos una discusión con mi madre y termino echándome de casa. El mundo se me vino encima, pero orgullosa como solo yo, me fui. Claro a tres casas de ahí, alquilaban un pequeño apartamento de una habitación y sus servicios, que me lo dieron al instante pues resultaba que la dueña era mi tía. Me instale esa noche, pensando que mi vida sería diferente. Lo primero que hice fue una fiesta. Total, el colchón donde dormía era móvil y podía dar espacio para la conga. Esa noche quería amanecer con alguien, pero en cambio me gano la borrachera. Al despertar, en aquel diminuto cuarto varios de mis amigos y amigas estaban medio desnudos tirados sobre unos catres improvisados. Era obvio que habían tenido sexo, dada la cantidad de condones regados por todos lados. Al principio pensé que tal, y me enojé tanto conmigo, pensado que dado mi estado no lo había disfrutado, pero no, me respetaron, no pasó nada, nadie se aprovechó de mí. Estuve a salvo todo el tiempo. Entonces pensé que, si las cosas seguían así, mi vida sexual estaría condenada al fracaso. Así que la siguiente noche salí de puta, me vestí con lo más corto que encontré y la más sexy que podía usar. Me pinté los labios de rojo extravagante, me puse unos zapatos de tacón de punta y un diminuto hilo que efectivamente podía parecer una cualquiera, pero tampoco la hice. Hasta que un cualquiera me hizo el favor de sacarme de esa letanía.

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