Un cambio radical

Se hacía llamar hermano Pablo, pero no era pastor ni religioso, quizás lo hacía por moda o para llamar la atención. Lo cierto que tenía una verba increíble y siempre tenía seguidoras dispuestas para escucharlo. En ese entonces acaba de cumplir 18 años, y me parecía un chavo guapo y serio. En realidad era dos años mayor que yo, pero se comportaba como alguien de 35. Así de formal era. Cuando me lo presentaron, quise darle un beso en la mejilla pero rehusó de golpe y me extendió la mano. En ese tiempo me consideraba una chica independiente, rebelde y para nada sumisa. Después de varios meses y un montón de pláticas comenzó mi cambio. Debes ser agradable y no responder. Además te conviene ser atenta y servicial, me dijo más de alguna vez. Luego en tono enérgico, me llamo la atención cuando en una ocasión me vio con una falda corta y una blusa para el calor. Debes cubrirte, mujer. Que andar desnuda no trae nada bueno, dijo. Con el tiempo y la confianza encontré un tipo bastante conservador y perturbado que reprimía sus sentimientos y sus deseos. Eres virgen, le pregunte en una ocasión y se puso a la defensiva. No, me contesto con una voz fuerte y firme. He tenido muchas mujeres pero quiero conservarme para casarme bien, agrego. Eso significa que era virgen pensé. Pero no lo era. En más de alguna ocasión había notado que una chica muy joven, quizás de unos 15 o 16 años lo seguía a todos lados. Al principio pensé que eran hermanos o familiares, pero después supe que entre ellos había algo. Ahí comencé a conocer su verdadero carácter. Sus perversiones. Pero ya era muy tarde, pues él había despertado en mí el interés que toda chica tiene con alguien guapo. Así que empecé a coquetearle, y ponerme celosa siempre que podía. Eso dio paso a que un día tuviéramos intimidad. Sus prácticas eróticas incluían la dominación. Y al principio me saco de onda, tantas ordenes y gritos, pero al poco tiempo, mi cuerpo reacciono y estaba más que dispuesta. Había tenido dos orgasmos puros, sin penetración, solo con dolor. Así que de pronto me vi envuelta en una vorágine que cambio mi vida. Deje de usar ropa sexy y provocativa, casi me convertí en una cuarentona conservadora que vestía al estilo de los años 30. Deje de frecuentar sitios “de dudosa reputación” y asistir a fiestas y discotecas. La bebida y el cigarro ya no fueron bienvenidos. Todo ese cambio era por órdenes directas del hermano Pablo. Por eso mis padres lo querían mucho, encantados que alguien por fin me ayudará a madurar. Pero claro, no tenían idea de todo lo que me hacía y tampoco podían imaginarse tanta perversión en alguien tan simpático.  Conservador de apariencia, muy buen bebedor y excelente dominador en la intimidad. Todo eso trastoco mi vida afectiva, mi sensibilidad y mi sexualidad. Al principio pensé que valía la pena. A mi corta edad descubrí que me excitaba el juego fuerte, que me humillaran y hacer todo lo que me pedían sin reservas y sin límites formaba parte de mis deseos sexuales. Todo eso lo llevaba bien, estaba sexualmente satisfecha. Fuera de eso, la vida cotidiana, las reservas para todo y sobre todo el control sobre mis actos me sentaba fatal. Esa contradicción me llevaba a  tener sexo con la chica joven  que acompañaba a Pablo a todos lados, pues era una forma de complacer sus fantasías, así como acepte los golpes, la cera caliente, el sufrimiento y un sinfín de juegos perversos. Era una especie de ritual que me provocaba los mejores orgasmos que jamás nadie me había dado, a pesar de mi corta edad, estaba tocando el cielo con las manos, hasta que me queme en el infierno.

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