Sobre aviso no hay engaño

Mi madre me advirtió el asunto. Si vas al pueblo, no se te ocurra ir a esas fiestas que hacen por estas fechas. Las cosas ya no son como antes, me dijo. Y tú, que llamas tanto la atención, segura después van andar hablando cosas.

Al llegar al pueblo lo primero que hice fue buscar a Sofía. Conmigo iban Ernesto y Helen, dos amigos que pasarían la semana santa conmigo en el pueblo. Todos quedamos para ir a esa fiesta.

Como toda fiesta de pueblo, el salón municipal resulta siendo insuficiente para la cantidad de gente que llega. Vienen de las aldeas y de los pueblos vecinos, nos explica Sofía, y la cosa se pone buena, después de las 10. No sé por qué se lo ocurrió decir eso. Yo a pesar que había vivido en el pueblo era la primera vez que asistía a una fiesta.

Lo normal cuando llevas años sin visitar tu pueblo, es que nadie te reconozca. Así que nos instalamos a la par de donde vendían el licor y frente a la pista de baile. La discoteca rodante iluminaba el ambiente y te dejaba sordo por el volumen de sus bocinas.

Al poco tiempo de haber llegado, un chico llego para sacarme a bailar. Sorprendida, acepte con gusto, pues ni Ernesto, ni Helen eran de bailar. Lo vi bailar y me pareció un excelente bailarín.

Al principio me costó seguir el ritmo, pero al poco tiempo, congeniamos muy bien. Sabe moverse y lo mejor sabe como llevarme. La música era un crisol de ritmos, así pasaba de salsa, a merengue, a baladas, quebraditas y hasta el infinito.

Al principio disfrute su compañía. Como todo experto en esas artes, sus pasos me daban cierta confianza, me agitaba de tal manera que siempre terminaba en sus brazos y su sonrisa no dejaba de provocarme. Eres bueno le dije, como cumplido y el me respondió, y tú, eres linda, como piropo.

El tiempo se esfumo rápidamente. Nosotros no dejábamos de bailar. Cada vez se pegaba más y nuestros movimientos se convirtieron en un baile sensual a quién mucho miraban con gusto. En una de esas me giro con una mano y luego me jalo con fuerza, su pierna se entre cruzo con la mía y por primera vez sentí que me restregó su pene en mis partes y me sentí incomoda, pero no le dije nada.

En eso pusieron pégame tu vicio y los dos comenzamos a cantarla. Pégame tu vicio, hmm, el vicio de tus labios. Ven pégame tu vicio papi, el vicio de tus labios. Oh oh oh, dame dame dame mambo, hey hey hey, le decía al oído y yo me movía como poseída con el ritmo de ese chico.

Entonces antes de finalizar me dio un beso. Un beso que sentí bien, que no me provoco mucho más que una forma de retribuirle todo lo que me daba con su baile. Fui consciente de ese ímpetu y respondí a ese impulso, materializando así aquel festín que iniciamos unas horas antes.

Pero una cosa es que dejes que te besen y otra cosa es que pienses que puedes llevarla a la cama así de fácil.  A partir de ese gesto mío, el chico me trato como su objeto.

Me puso su mano derecha sobre mi culo y con fuerza comenzó a presionar, con la otra mano me sobajeaba manteniendo el paso del baile. Sus ojos se fijaron sobre mis pechos y por primera vez sentí su pene erecto. Entonces pretendió continuar con sus besos y estos se transformaron en una especie de jaloneo que me dejaba saliva por todo mi cuello, dejando por un lado el buen rollo y el ritmo ahora importaba poco.

El juego de luces que dejaba a oscuras por un momento todo el salón, lo aprovechaba para meter sus manos entre mis piernas y tocarme el culo con tal descaro que me asuste. Sus besos ya no me supieron a premio y fue entonces que lo separe. Ya para, le dije.

Vamos, estoy cansada. Pero su reacción fue contraria a lo que esperaba. Me tomo de la cintura y me condujo a donde vendía las bebidas. Me pidió una cerveza, se sentó a mi lado y me tomo del cuello para besarme de nuevo. Qué haces, le dije. Suéltame. Entonces se puso pesado. No te la lleves de santa, por que se que eres una cabrona, dijo con una seriedad que me dio miedo.

Ernesto y Sofía llegaron. Ha sido un gusto conocerte y le dije. Nos vemos. Pero el tipo no acepto eso y se quedo ahí. Tú te quedas aquí, nena, dijo sin soltarme el brazo. Sofía llego con su esposo y el los saludo con mucha confianza.

Ernesto no daba crédito a lo que escuchaba. Helen llego y le dijo que me dejara en paz. Tiene que tomarse una cerveza conmigo, dijo con autoridad. Ya se la pagué. El esposo de Sofía pidió calma y nos recomendó tomar la cerveza ahí.

Mi amigo le pidió educadamente que me soltará el brazo. Yo furiosa lo maltrate. Sus amigos llegaron y la seguridad de la fiesta también. De pronto, aquello que comenzó con una pareja bailando, se transformo en una pesadilla.

Esta cerota me calentó los huevos toda la noche y ahora me quiere dejar así, le dijo al  esposo de Sofía, que trata de interceder por mí. El señor de la seguridad exigía que nos fuéramos del local para evitar confrontación adentro. Tú serás mía, me dijo desafiante.

Me solté y le dije a mi amigo que nos fuéramos. Uno de la seguridad nos advirtió. Con cuidado, esos tres son mala gente. Mi amiga había llamado a unos amigos para que nos recogieran en el lugar. Mi madre tenía toda la razón.

Afuera de nuevo los tres. Mira perra, hoy te vas conmigo, me dijo, a las buenas o a las malas. Igual vamos a partirle la cara a tu amigo, agrego. El esposo de Sofía calmo a los dos amigos, mientras el tipo agarro un hierro para golpear a Ernesto.

Estaba mal por aquella situación y me puse peor al saber que Ernesto iba a resultar en medio de una pelea, por la culpa de un estúpido machista de mierda. Lo que ese tipo no sabía era que Ernesto era un experto en artes marciales mixtas. Así que mi amigo pronto le partió la cara y le dio una lección que jamás olvidará.

Esa misma noche salimos del pueblo. Su padre y unos matones nos andaban buscando.

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