Reencuentro

Fue por casualidad y el hecho me dio mucha emoción. Roberto, el Beto, fue mi compañero de escuela e instituto en el pueblo. En ese tiempo fuimos novios. Después cada quién siguió su camino, hasta que después de tantos años nos encontramos de nuevo.

Yo viaje a Quetzaltenango, por motivos de trabajo. En el hotel en donde me hospedé, hay un restaurante y por azares del destino coincidimos en la cena. Yo iba con mi asistente y otro compañero de trabajo. El iba con unos amigos, según me dijo. Pero eso no impidió para quedar con él para el siguiente día, en el mismo lugar a la misma hora.

Yo debía regresar a la capital en la mañana del otro día, pero les dije a mis compañeros que me iba a quedar un día más. El Beto vivía ahí, según me conto. Llegó temprano, me avisaron en la recepción del hotel que me esperaban. Así que baje de inmediato. Nos pusimos al tanto de nuestras vidas.

Él se había casado y al poco tiempo se divorció. Le conté que estaba casada con tres hijos y que tenía un puesto en la administración pública. Te he visto, me dijo, algunas veces en la tele. Le reclamé por no haberme contactado antes. En fin, fue una plática muy amena.

Los temas de la conversación se fueron dando, uno tras otro, hasta que llegamos al punto de nuestro noviazgo. Te acuerdas aquella vez, me dijo, cuando tu padre me regaño por regresar tarde contigo. Si, claro le conteste. Nos fuimos a Champerico sin permiso y nos dejó el bus, replique.

De pronto me dejo ir, te ves tan bonita. Conservas una excelente figura, añadió. Ante mi silencio, preguntó si hacía ejercicio. Claro, tú sabes que he sido deportista toda la vida, le conteste. Se nota, dijo con una sonrisa pícara.

De pronto me comenzó a decir Princesa. Siempre me llamó así, cuando éramos novios, casi nunca me dijo mi nombre y fue eso lo que más me gustaba de él. Tú también te ves bien, le dije. Pero en verdad, tenía sobrepeso, lo normal a los 43 años.

Terminamos de comer y pedimos un café. Yo quiero un café moca, dijo y para la Princesa un café latte.  Te acuerdas, le dije. Eso hicimos cuando fuimos novios.

Aún recuerdas mis gustos, dije. Nunca te he olvidado, me respondió y entonces provoco en mí una extraña sensación. Pero continuamos platicando y nos llevaron los cafés al poco tiempo.

Vamos al parque, damos una vuelta, y tomamos unas cervezas en Tecún, agrego. La noche tenía unas estrellas lindas, apenas daban las 9 y todo el cielo estaba iluminado con la luna de Xelajú. Vamos insistió. Y acepte.

Le dije que sí, entonces me tomó la mano y me condujo a su auto, en el estacionamiento del hotel. En el trayecto me dijo que tenía vivos los mejores recuerdos de nuestra relación. Le agradecí sus palaras y me recosté sobre su hombro. Su reacción fue inmediata y me dio un beso. Mi demostración de afecto fue confundida y para él fue una señal de mi parte.

Tampoco puse resistencia cuando me beso, pero vio que no era mi intensión y me había puesto incomoda. Pude notar que se agito y su respiración era más constante. Nuestras miradas se encendieron y de nuevo acerco su rostro para besarme de nuevo.

No creo que este bien, le dije.

Solo quiero sentir tus labios una vez más, por favor, Princesa.

Me sentí confundida. Mi cuerpo se estremeció y ahora yo tenía la agitación. Me tomó de la cintura y con firmeza me humedeció los labios, sin que yo lo detuviera. Sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo y mi cuerpo decidió sentir aquella descarga que me provocaban sus caricias.

Me puse al límite. En cuestión de minutos pase de decir no, a invitarlo a subir a mi habitación.

Él se sorprendió, pero acepto de inmediato. En el trayecto, en el ascensor comenzó a buscar mi entrepierna y las sensaciones que me provoco me dejaron muy excitada. Cuando ingresamos a la habitación, de inmediato busque por encima del pantalón para frotar su miembro y el quedo sorprendido nuevamente, al igual que lo estaba yo.

En aquella relación siempre fui tímida, sin iniciativa y durante los tres años que fuimos novios, casi no tuvimos relaciones, por mi resistencia.

Ahora sentirás mis labios, sin límites y nunca más los vas a olvidar, le advertí.

Lo desnude por completo y pegué su pelvis a mi trasero, esperando que me besara el cuello mientras tanto. Entonces pude sentir su erección en toda regla. Me di vuelta para observar su pene y me gusto. Nunca antes lo había visto de esa manera. En realidad, ese noviazgo no había tenido una vida sexual plena.

Entonces, comencé a tocar su pene y el se puso en posición pasiva, observando y disfrutando. No me importo. Lo introduje en mi boca, de donde no saldría más, hasta eyacular. Era mi regalo, después de tantos años, por unos tiempos maravillosos.

Estaba tan excitada que no pude parar hasta exprimirlo. Empecé a escuchar sus gemidos sofocados, sus piernas temblaban y mis manos no dejaban de tocar sus testículos, mientras de mi boca entraba y salía de su pene.

Después de terminar, no dijo nada. Se quedó quieto y me acaricio con ternura el pelo. Pero yo seguía excitada y no me conformaría solo con eso. Su pene estaba tibio y comenzó a deslucir. Con delicadeza comencé a lamer de nuevo su pene. De arriba abajo, chupé sus testículos y luego me golpeaba los cachetes con el, que comenzaba a reaccionar.

Cuando se puso firme nuevamente, volvía a lamer su pene por completo. Eso me provoco de nuevo y de nuevo, y casi de inmediato parecía enloquecer con lo que le hacía.

De mi parte, estaba super excitada. Podía sentir la humedad entre mis piernas. Él no me había tocado en lo absoluto. Pero aun así me sentía en la gloria. Disfrutaba tanto lo que le hacía que ni siquiera la incomodidad de estar en esa postura me frenaba. Solo quería vaciarlo. Beber toda su humanidad. Y paso de nuevo. Quizás fueron unos tres o cuatro minutos, cuando sentí que su cuerpo comenzó a reaccionar y su pene a hincharse dentro de mi boca. A los pocos segundos sus líquidos estaban de nuevo en mi garganta.

– Oh, oh, oh que delicia – exclamó.  ¡Princesa!

Cuando termino hice una pausa para disfrutar el espectáculo de ver esa maravillosa erupción de placer. Lanzó un par de gotas se semen, que fueron recibidas con entusiasmo por mi lengua. Estaba tan complacida de haberlo hecho terminar dos veces, que sentí que todo estaba hecho. Ya no había necesidad de nada más.

Me levante por un vaso de agua, mi garganta sentía aquellos líquidos pegajosos que aún no bajan del todo. Nos dimos un tiempo, así desnudos en la cama. Quizás se durmió unos minutos, no estoy segura, pues yo también me relaje.

Como a eso de las once, mi marido me llamo y conteste en el baño, algo incomoda por la presencia de mi ex en la cama. Hablamos un buen rato, mientras mi amante dormía. En ningún momento me puse nerviosa, pero mi marido insistía en decirme cosas de amor, algo raro en él.

Se despidió con un beso y me dijo que me extrañaba. Loveyou, le dije antes de cortar.

Regrese a la cama y el bello durmiente se despertó. Quién era, dijo. Mi marido, le conteste. No dijo nada, por un momento. Después quiso articular alguna pregunta, pero lo interrumpí, no te preocupes, que no vendrá. Podemos seguir, si quieres.

Si logras que tenga otra erección con gusto, dijo entre apenado y con muy pocas ganas de retomar el asunto. No te preocupes, yo puedo intentar le dije.

Pero fue en balde.  Lo intente de varias maneras, pero no lo logró la erección. Entonces se me ocurrió que podía tener alguna pastillita azul, pero fue una mala idea, incluso solo el hecho de plantear semejante cosas le molesto.

Entonces le dije que no se preocupara, que yo estaba satisfecha.

Pero su ego lastimado se resintió y broto de inmediato el machismo que llevaba dentro.

Es mi turno dijo. Y comenzó hacerme sexo oral. Claro que no era experto y mi mente comenzó hacer comparaciones entre lo que sentía y lo que mi marido me provocaba cuando me daba sexo oral. Así que de inmediato supe que eso no iba a funcionar. Fingir, para que todo termine rápido puede ser una opción. Y así paso.

Ya de madrugada le dije que tenía que marcharse. No quería, pero lo obligue. Vengo mañana para desayunar me dijo. Ya cansada respondí de mala gana, como quiera. Como a las nueve esta bien, agregue.

Al otro día, me levanté temprano y antes de la 7 estaba en camino, no lo quise esperar. En el trayecto tenía un sentimiento entrecortado de culpa y satisfacción. Lo cierto era que le había dado placer a un ex novio a quién quise tanto y que, en su momento, no quise hacerlo. Así que me sentía redimida. Y eso había valido la pena.

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