Pelea de novios

En la primera cita con Javier, me puse una falda corta, tenis y una blusa blanca con tirantes rosas. Mi madre al salir me dijo que parecía una niña pupis de esas que salen en las revistas chic.

Estaba en la esquina esperando, cuando de pronto la bocina de un auto me confundía con una puta. Vamos, me dijo el cerote del carro, preguntándome cuando cobraba. Vete a la mierda, dije enojada. En esos instantes me sentí como una prostituta.

Javier no llegaba, así que decidí esperarlo en el Burger. Al entrar unos tipos me abrieron la puerta, pero uno de ellos me intentó tocar. Entonces puse el grito en el cielo y los maltraté. El guardia de seguridad, en lugar de defenderme, me pidió que me fuera del local.

Javier llego después, tarde como siempre. Estaba emputada. En el trayecto no dijo nada, ni se disculpó y a mí no me pasaba el desaire.

De pronto puso su mano sobre mi pierna y no supe si abrirlas o quitarlo de inmediato. Me contuve, no dije nada, pero le retiré la mano. Deja, le dije, no tengo ganas de nada.

Cuando llegamos, me dijo que me había comprado un regalo. Era un juego de noche, no de niña, sino de puta. De esos con encajes negros y rojos, con ligas y todos los accesorios necesarios para parecer más grande de lo que realmente eres.

Entonces sí, parecía más que puta, era una puta. Y me fui furiosa. No por mi apariencia. Más bien, por mi disposición a no ser puta.

El sin entender mi enfado, me alego. Qué no cobro estúpido, le dije.

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