Noche de baile y de hombres

En ese sitio había pocas mujeres. Parecía bien un bar de hombre. Entonces cuando mirabas a todos lados, solo encontrabas miradas desorbitadas de hombres altos, delgados, gordos y ebrios.

Los labios rojos de los negros me encantaban. Las panzas pronunciadas de los hombres altos me daban morbo, especialmente por conocer el tamaño del pene entre sus piernas y su abdomen.

También me imaginaba aquellos que tenían un cuerpo atlético, en su desempeño en aquellas competencias de complacencias.

Al final, me fije en unos ojos grises que tenía una mirada indescifrable. Sus cejas tupidas y su cabello con color de trigo.

Yo estaba escondido atrás de una vieja rockola que estaba en ese sitio como adorno inútil de mejores tiempos.

El amigo con quién iba se dio cuenta de mis ansiedades y me invito a saciarlas. Así que cuando ese hombre se fijo en mí, yo sudada y reía a carcajadas como loca.

Después de unas horas los tres nos fuimos a un cuarto a comer, tomar y drogarnos sin miramientos.

En esas ceremonias del apareo, me di cuenta que la mirada de esos ojos tan lindo merecían verme desprovista de todo perjuicio. Así que mis senos, mis nalgas y mi pubis se mostraron ante sus sorprendentes ojos.

Fue el epilogo de una noche de placer y deseo.

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