Mi vida controlada

La presión de mi familia se volvió insoportable. Después de incidente con mi virginidad, las cosas se volvieron represivas en casa. Mi madre estaba siempre encima de mí, registrando todas mis pertenencias. Mi padre, además de ignorarme, profería una serie de insultos sobre la hija puta, que daba el culo a todo aquel que se lo pidiera. El problema no era mi vida sexual, ni mis preferencias, ni nada por el estilo, era simplemente su “honor”, el qué van a decir de ellos, ni siquiera de mi. Así que mi madre se trazo como meta fundamental convertirme en una chica libre de pecado y odio hacia los hombres. La mejor manera fue convertirme en sierva de Dios. Y para lograrlo, no pudieron conseguir mejor promotor que un pastor joven, que se sentía profeta. Más autoritario que mi padre, mas déspota que mi madre y más hijo de puta que el peor de los pederastas que pudiera existir. Así era el hermano a quién le encargaron la tarea de cuidar mi vagina y mi cuerpo para que nadie más que mi esposo pudiera gozar de eso. De pronto me convertí en la sierva del pastor, la sirvienta de su mujer, la que se encargaba de la limpieza del templo y la que en los momentos cumbres de la reunión de jóvenes, daba mi testimonio, de cómo Dios habría obrado en mí y como mi pastor me había salvado de una vida de pecado. Mi tarea era reclutar chicas inestables para que el pastor pudiera sobijiarlas antes de convertirlas en sus nuevas siervas.  A los ojos de los fieles estaba redimida, aun cuando nunca se enteraron del motivo de mi escarnio. A los ojos del pastor, como mi salvador, era quién gobernaba mí cuerpo. Pero sobre todo estaba a su merced. No podía hacer nada si no llevaba el permiso de él, mis padres así lo habían decidido.  Yo cumplía a cabalidad con todo. Estudiaba por la mañana, por la tarde iban al templo hacer la limpieza y si me daba tiempo, pasaba a casa del pastor para apoyar en las tareas de su casa. Regresaba a casa después de la cena, que debía servir en casa del pastor. Ahí hacia la comida, compraba las tortillas, lavaba los trastos, la ropa y cuidaba a sus hijos. Siempre bajo la supervisión de su esposa quien me recitaba pasajes bíblicos sin contexto, para ayudar en mi recuperación, según ella. Cuando el pastor regresaba a su casa todo debía estar nítido. El me sermoneaba por unos instantes y luego se portaba algo cariñoso conmigo, tomándome de la cintura, tratando de ser un padre y dándome consejos no solicitados para luego darme un par de besos en la mejilla que yo sentía como falsos y lujuriosos. A veces se me insinuaba, notaba su perturbación cuando por su insistencia me tocaba, y como es natural se excitaba. Quizás por no tener espacio a solas, nunca paso a mas. Pero a decir verdad, el tipo era un falso. Su mujer era una déspota y me di ola impresión que tenía impulsos lésbicos, pero nunca se atrevió a nada conmigo, pero sospecho que si con otra chica que llegaba a su casa. Me trataba como su sirvienta, hasta llego un día a sugerir que le hiciera masajes en los pies, a los cual le dije que no. Eso fue otro escándalo. Ella se quejo con el pastor y este llamo a mis padres para contarle que yo le había faltado el respeto a su esposa. Mis padres le creyeron a él, entonces el pastor tuvo más poder sobre mí. Decidía todo lo que podía y no podía hacer. No había actividad que no tuviera su aval. Mis padres perdieron el control total. Mis notas, mis tareas, mis amistades, todo era supervisado por el pastor. Incluso él, como dueño del colegio en donde estudiaba, hacia presión para que las maestras me controlaran más. Eras una chica lujuriosa y sometida, me dijo una vez. Sabes que te estamos ayudando para que seas una mujer de Dios, dijo, no la puta que eres en este instante. El era directo y a veces hasta abusivo. Así que siempre me dijo puta. A su modo, era una forma de salvarme de la vida fácil y de las garras del diablo. Tanto en el colegio, como en la iglesia, los únicos dos lugares en donde podía estar, ningún muchacho se me podía acercar. Yo los debía rechazar de inmediato y contarle al pastor sobre el asunto. En la iglesia, no podía platicar con ellos, a no ser que estuviera acompañada de otra chica. Era un constante asedio a mi forma y mi desarrollo biológico, al desarrollo de mi sexualidad, en fin, a todo lo que tuviera que ver con el cuerpo y el sexo. Dios te va castigar puta malagradecida, si no me obedeces, me decía la mujer del pastor que pasaba todo el día contando dinero de la ofrenda y viendo televisión, cuando no estaba en el salón y comprando ropa. Yo era la muchacha de la casa, del templo y del cielo. Afortunadamente nadie abuso de mí, más allá de esos abusos que ahora relato. El pecado original,  borro dos años de mi vida. Hasta que por fin me gradué. Después de eso, supe que el pastor dejo a la mujer, por una chica más joven. Este fue expulsado de la iglesia y la mujer con otro señor se quedaron a cargo de los feligreses. Dicen que viven en convivencia divina. El otro se fue a predicar a Huehuetenango y le va bien, en términos de que las chicas por allá son mas dóciles, según dicen los hermanos.

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