Mi locura

A los 25 años cumplí una de las principales metas de mi vida. Me propuse graduarme joven y disfrutar la vida posteriormente. Mi título de abogada sería un regalo y un sueño hecho realidad.

Cuando lo logré, me sentí libre, dispuesta a tragarme el mundo y sentir todo de una sola vez. Comencé a salir, parrandas, noches intereminables, amigos, independencia. Todo llego de un solo. Mi auto estima resaltaba mi estado de animo. Era feliz. Tan feliz que no sentía la necesidad de tener nada más.

Pero todo cambio de pronto. No sé explicar cómo paso. La culpa de todo la tiene Javier.

Javier fue compañero de estudios. Nunca tuvimos una amistad, pero compartimos muchas cosas en la Universidad. Después de 4 años, me invito a salir y acepte.

Al principio fue tan tierno, que me sentía bien. Y eso llevo a que al poco tiempo aceptará ser su novia. La vida iba bien. Nuestra relación evolucionó, tanto que al me propuso matrimonio y en dos meses me estaba casando en una iglesia con todas las de ley.

Aquí hago una pausa para reflexionar. Fueron dos los hechos cambiaron mi vida para siempre.

El primero fue aceptar la influencia de otra persona en nuestras vidas, y luego el carácter fuerte de Javier en la intimidad.

Debe decir que nadie me había hecho lo que Javier me provocaba hacer. Y eso, sexualmente me gusto.A la par un amigo de mi esposo comenzó a influir en nuestro estilo de vida, a través de la religión.

De la noche a la mañana pase de ser independiente a co dependiente. Deje de trabajar y pase a formar parte de las amas de casa.

La influencia del amigo de Javier fue fundamental para el cambio de vida.Y eso fue una contradicción en si mismo.

Mi sexualidad experimento un cambio drástico. A Javier le gustaba la penetración anal, los golpes y tener un dominio absoluto sobre mi cuerpo y mis sensaciones. Eso me gusto, hasta el grado de pedir más sometimiento.

Orgasmos más orgasmos. Eso me provocaba. Gritaba de placer y de dolor. Pero lo que mejor llevaba era esa obediencia que recomponía mis lazos afectivos y lo hacía amar con idolatría. Debes bañarme, debes cocinarme, debes lamerme el culo, tragarte mi semen y ser mi sirvienta. Eso y más sucedía en la intimidad.

En la vida real, nuestra presencia estaba controlada por el amigo religioso de Javier. El ordenaba que vestimenta usar, a dónde podía ir, con quién y la hora de regresar. De no hacer eso y más, Javier reparaba con dureza contra mi. Así que los dos ejercian una presión absoluta contra mi.

Mi marido era una pervertido en la cama y un santo después. El otro tipo era un maniatico del control en la vida, y un morboso después. Ambos me provocaban más placer de lo que yo podía controlar y les entregue mi vida. Y los dos fueron mis amos.

Hasta que un día, me dijeron que estaba enferma y tuve que ir de urgencia al psicólogo.

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